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Año V, No 001, Enero - Junio, 2001 III SEMINARIO LATINOAMERICANO "EL ESTADO GERENCIAL EN AMÉRICA LATINA. IMPACTO Y CONSECUENCIA". EL ESTADO NEOLIBERAL Y LA DEMOCRACIA GOBERNABILIDAD E INGOBERNABILIDAD
III SEMINARIO LATINOAMERICANO “EL ESTADO GERENCIAL EN AMÉRICA
LATINA. IMPACTO Y CONSECUENCIA”. EL ESTADO
NEOLIBERAL Y LA DEMOCRACIA
GOBERNABILIDAD E INGOBERNABILIDAD
PABLO
CASILLAS HERRERA*
Profesor-investigador del Departamento de Estudios Ibéricos y Latinoamericanos, Universidad de
Guadalajara. INICIOS Y CONSOLIDACIÓN DEL ESTADO
NEOLIBERAL
La
impronta “democracia” en México, con el derribamiento de un partido imperial, y
el ascenso de uno de oposición, pero de derecha, creó expectativas política y
económicas de cambio, en el común de la gente. Sin embargo, esta apoteótica
realidad la de un “gobierno que parece de cambio sin serlo”, ha resultado ser
la suerte que América Latina ha corrido desde los ochentas, la del neoliberalismo.
De un
cambio que se dice político y económico, por decir lo menos. Pero basta preguntarse ¿Realmente hay
manifestaciones de cambios en las estructuras económicas, o del modelo
económico? ¿Realmente hay un cambio del estado neoliberal-capitalista?,
¿Ralmente hay un cambio en el régimen político?, o ¿Realmente se da la
gobernabilidad democrática entre gobernados y gobernantes? Analizar las nuevas tendencias, sobre el
futuro inmediato de México, sobre las nuevas y viejas instituciones, sobre el
arrivamiento del empresariado al poder político del gobierno, sobre los
millones de pobres y sobre los nuevos movimientos sociales, nos remite
inevitablemente a vincular el presente con el pasado, de lo contrario no se
puede explicar el cambio neoliberal tecnocrático-político por el cambio
neoliberal empresarial.
Las estructuras e instituciones políticas, hacia la mitad de los
años ochenta, experimentaron importantes transformaciones. Las reformas
políticas del Estado, el ajuste económico, la liberalización política y la
internacionalización de la política mexicana afectaron profundamente las normas
y reglas que regulaban tradicionalmente las prácticas y los procesos políticos
de México. Estos procesos no sólo impulsaron importantes cambios en las
demandas políticas de los diferentes actores políticos, sino también hubo un
creciente y diverso surgimiento de organizaciones no gubernamentales, de formas
creativas de acción social, rompiendo, así, con el modelo de regulación
Estatal. Proceso paulatino de descomposición del PRI en su carácter de partido
hegemónico de Estado, no obstante, del poder político presidencial, venido a
menos, que ya no era capaz de integrar económica y políticamente a las masas de
trabajadores al Estado -de crear equilibrios entre demanda y oferta de empleos,
como sucedió en el pasado con el llamado Estado de Bienestar, de satisfacción
regulada de demandas sociales sobre vivienda, salud, educación, créditos
populares, seguridad, aunque hubiese sido mediante el corporativismo-. Empero,
las nuevas políticas económicas y sociales del neoliberalismo, aplicadas con
tesonería y disciplina partidista, terminaron por acabar con el Estado
“desarrollista” de seguridad social del PRI. Durante las dos últimas décadas,
el Estado “social” se fue transformando
en un Estado neoliberal de fase superior,
el Estado actual, el de la internacionalización del capital y de la exclusión
social, en él “Estado capitalista de competencia” (Hirsch, 1996)[1]
en la lógica de la globalización. La derechización del PRI y del presidencialismo, entonces, no
proviene sólo de la adopción externa de las políticas económicas, sino
también de una profunda transformación del Estado Social, Interventor y
Regulacionista, que lo fue convirtiendo en un Estado de la globalización y de la
exclusión. Esto significa, que los postulados ideológicos y políticos del PRI,
heredados de Revolución Mexicana, de centro-izquierda, de democracia y hasta de
liberalismo social, en su última fase, nunca fueron ciertos, pero constituyeron
parte de la cohesión social. No obstante que fue autoritario y excluyente. En
su política nacional, corporativa, sólo el Estado podía tener el poder
presidencial, en un vínculo Estado-PRI, las organizaciones sindicales,
campesinas, urbanos y sociales perdieron su sentido de representantes sociales
y se convirtieron en apéndices del Estado corporativista, donde se realizaba la
distribución del poder de acuerdo a la fuerza y presencia política entre los
diversos actores políticos y la elite política. Esta lógica del poder, iba
acompañada por métodos políticos regulativos, de disciplina, lealtad y
obediencia. La traición era pagada con todo el peso de la maquinaria. Pero más allá del régimen político derechista que vivió México con
el PRI y el presidencialismo, hace dos décadas que presenciamos el surgimiento
y dominio de un nuevo Estado, el de la internacionalización del capital y de la
política mexicana, y en sus ajustes económicos la exclusión social, embalsamado
de un Estado desarrollista de bienestar. Esta contradicción tiene sus inicios
con Miguel de la Madrid, con su programa de “renovación moral” en un ajuste
económico y de privatización de las empresas paraestatales, y encuentra su
mayor contradicción con Salinas de Gortari, con un cambio político gradual,
explícitamente subordinado a los requerimientos de la reforma económica, del
surgimiento de nuevos actores como Alianza Cívica, de las concertaceciones
políticas con el PAN, de un semi-corporativismo desvaneciente con la creación
del Pronasol, y una apertura política externa, creando nuevos vínculos y
dependencias externas, provocó un proceso de autoliquidación política,
paulatina pero inevitable. La contradicción se agudizó en 1994, en el marco de
Colosio, con el enfrentamiento entre la vieja oligarquía prisita, los viejos
políticos del sistema y la tecnocracia. De esta manera, logró la tecnocracia
permanecer en el poder y mantener el modelo económico, el neoliberal. Mismo que
con Zedillo se radicaliza, se crean los desencuentros entre el presidencialismo
y el PRI, la cohesión política se debilita alarmantemente, y la competencia
política de la clase política propia del PRI que en el pasado constituía la
centralización de poder político ahora constituye una visa para los partidos de
oposición, el robustecimiento de la
macroeconomía engrandece al empresariado mexicano y extranjero, y engrandece el
porcentaje de pobres. Cobran mayor presencia otros actores económicos en la
esfera del poder: los financieros transnacionales y los narcotraficantes. De
esta manera se conformaba una nueva elite: el poder narco-técno-financiero,
bajo el mando del partido de Estado y del presidencialismo. Las pasadas elecciones del dos de julio, ser arriba con una
transformación del gobierno, el
neoliberalismo ha echado profundas raíces. Había emergido con fuerza en los
años noventa un nuevo Estado-capitalista cuyo proyecto fundamental era vializar
un nuevo patrón transnacional de acumulación de capital y debilitar las
instituciones nacionales del viejo Estado: el ejido, los sindicatos nacionales,
el ejército, la universidad pública, las políticas sociales, etcétera. El poner
en el centro la valorización política del capital, sobretodo del capital
financiero mundial, llevó a que la burocracia política liquidara los últimos
restos del agotado e histórico compromiso con los trabajadores, aceptara la
exclusión social, el desempleo estructural y la pobreza de las mayorías a
cambio de buscar una inserción dependiente y subordinada a la mundialización
del capital vía NAFTA, ALCA, Banco Mundial, Estados Unidos, Fondo Monetario
Internacional, etcétera. Este tipo de Estado neoliberal ya dominaba en México
en los años noventa, mucho antes del dos de julio del 2000. La estructura del
Estado estaba labrada. Con la derrota electoral del PRI y el triunfo de Fox y
del PAN se abre un proceso natural de continuidad y consolidación del nuevo
Estado. No tenemos cambios claros de lo contrario. LA NUEVA
ELITE DEL PODER
Por ende, no es con Fox que la derecha asciende al poder, ya desde
el deslizamiento del modelo neoliberal la derecha ha tenido una mayor
presencia. Fox recogió los frutos de una larga trayectoria de lucha del PAN.
Pero su triunfo no fue resultado de un convencimiento conservador de la mayoría
de la sociedad mexicana, no fue una consecuencia de que la ciudadanía se
hubiese convertido al oscurantismo clerical y al tradicionalismo familiar
cristiano, como Carlos Abascal Carransa hubiese deseado, sino, entre otros
factores, mediante una vía de mercadotecnia que fue vendida la idea de un cambio,
de la posibilidad de una modernización política y de una nueva cultura
ciudadana. Montada en una campaña de promesas como las de resolver la pobreza y
la marginalidad creciente, de concluir con la guerra de Chiapas, y de lograr un
crecimiento del PIB del 7 por ciento anual, entre otras veleidades. Esta
estrategia fue desarrollada hacia un fuerte rechazo a la imagen autoritaria y
presidencialista del antiguo régimen priista, tendiendo fuertes vínculos, en
cambio, con los intereses y las causas que tradicionalmente han sido
abanderadas por la derecha. Es decir, uno de los principios ideológicos del
Foxismo ha sido la idea de llevar la cultura empresarial al gobierno de los
asuntos públicos, la concepción de que el desarrollo de la sociedad depende de
la libertad para que los individuos puedan desplegar su iniciativa personal.
Libertad entendida por los empresarios como el dispositivo del desarrollo de la
empresa para el desarrollo de la sociedad. Así, se vincula gobierno foxista y
empresa, desde el management, donde
algunos conceptos de los sistemas gerenciales de “flexibilidad” productiva se
aplican al gobierno foxista, tales como control de calidad, productividad y
polivalencia o multifuncionalidad para los trabajadores, con una cultura del
trabajo de autogestión, que se aplican estratégicamente para un control del
trabajador sobre la producción, y tienden sus vínculos en una red con el
mercado, es decir con el consumo. Dicho de otra manera, los ciudadanos, como
los trabajadores, constituirían las figuras autogestionarias, de ahí la noción
del changarro, regulados por un dispositivo de control de calidad y
productividad del Estado-empresarial. Así podemos observarlo en el eje de la
propuesta económica foxista: la privatización, la desregulación y la
apertura. La privatización de segmentos claves del área de generación de
energía eléctrica y del sector energético como la petroquímica, parece
iniciarse no sólo con la designación de Raúl Muños Leos en la Dirección General
de Pemex, empresario de la DuPont en México, sino con la de la decisión de Fox
para la composición del Consejo de Administración de Petróleos Mexicanos con
empresarios de alto nivel, como Carlos
Slim, del grupo Carso y Telmex; Lorenzo Zambrano, de Cemex; de Alfonso Romo, de
Pulsar y Savia; y de Rogelio Rebolledo, de Pepsico y Gamesa; que se
beneficiarían debido a que sus empresas tienen una relación comercial directa
con Pemex, vendiéndole o comprándole bienes y servicios. La des-regulación del mercado laboral implica la disminución de
las tasas de sindicación en México, paulatina desaparición del corporativismo
–así lo observamos con la pérdida de presencia de la CTM, no obstante que siga
siendo una interlocutora junto con la COPARMEX y el Congreso del Trabajo, y la emergencia, por el contrario, de la
Unión Nacional de Trabajadores (UNT)-, asimismo, una pérdida de la
representatividad laboral, y una nueva forma de contratación: ya por
productividad ya por competitividad del trabajador; posibilidades de
desaparición de los contratos colectivos de trabajo siendo sustituidos por
innovadores mecanismos de autorregulación empresarial; las políticas de
localización de las empresas continuarán basándose en criterios de fuerza de
trabajo calificada, con mejores accesos geográficos y relativa o nula presencia
sindical; bajas tasas arancelarias, etcétera[2].
La tendencia de esta desregulación va encaminada a una unilateralidad
empresarial[3],
así lo propugnaba Carlos Abascal, Secretario de Trabajo y Previsión Social,
cuando era presidente de la COPARMEX y así acaba de afirmarlo el actual
presidente de la CONCAMIN, Javier Prieto de la Fuente, el pasado martes en su
toma de posesión como director de la misma[4];
pero sobre todo, se ensayará un cambio político de largo aliento con base en
socializar las ideas culturales de la derecha cristiana respecto a la libertad
sexual, el aborto y la moral pública entendida en el más estrecho sentido del
término. Así parece configurado en el gabinete de Fox, una concepción
empresarial de la política, donde los políticos de carrera no aparecen, salvo
algunas excepciones como Javier Usabiaga de procedencia priista. En esta
contradicción, entre empresa y gobierno, entre lo privado y lo público, entre
gobernabilidad e ingobernabilidad, constituye la reticencia central para
incorporar al aparato estatal a políticos de carrera. No obstante que entabla
vínculos de reforzamiento político, con Ernesto Ruffo Appel y Rodolfo Elisondo,
pero son puentes con el PAN, no con el
PRI. Está, entonces, el grueso
del gabinete estatal compuesto por empresarios, en manos y decisiones de la
nueva elite del poder, la empresarial, que constituye ahora la cultura
empresarial del gobierno, con más del cincuenta por ciento del presupuesto
programable de la administración pública central, más las ganancias de NAFINSA
y Petróleos Mexicanos[5],
se tienen por la tanto condiciones históricas reproductivas del capital en el
gobierno. Esa configuración del gabinete presidencial se puede observar, por
ejemplo con las secretarias de perfil
de “Crecimiento con Calidad”, con Francisco Gil Días, en la Secretaría de
Hacienda y Crédito Público, ex-director de Avantel; Ernesto Mertens, en la
Secretaría de Energía, ex-director de CINTRA; Víctor Lichtinger, en la
Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales, asesor de empresas mexicanas
y extranjeras; Leticia Navarro, en la Secretaría de Turismo, ex-presidenta
internacional de Jaffra, etcétera. Sólo por mencionar algunos, pues en el
Gabinete con perfil de “Desarrollo Humano”, se encuentran como Xóchitl Gálvez,
Oficina para el Desarrollo para los Pueblos Indígenas, empresaria en la
construcción de los llamados edificios inteligentes vinculada al consorcio de
CEMEX. Asimismo en el área de “Orden y Respeto”, y otros nombramientos de
empresarios en el gobierno de Fox. Con este telón de fondo, de un nuevo Estado-empresarial, de la
internacionalización del capital y de la exclusión social, poco podemos esperar
referente a políticas económicas sociales, que permitan la recuperación del
gasto público, de la recuperación del salario, con una pérdida del 250 por
ciento, según el Banco de México, de crecimiento de la pequeña y mediana
industria, y de solución de demandas sociales, es decir, la política se separa
de las necesidades de la sociedad para servir preferentemente al capital
financiero transnacionalizado. GOBERNABILIDAD
E INGOBERNABILIDAD
Presenciamos, en mi opinión, por el
perfil del gobierno empresarial de Fox, la recurrencia de una agudización
social por las contradicciones entre sociedad y Estado-capitalista. Es decir,
estamos en la antesala de la generación de un conflicto social por la
polarización entre gobernabilidad e ingobernabilidad, cuando los nuevos movimientos sociales, las ongs,
los ecologistas, los travestíes, los urbano-popular, los grupos indígenas, los
feministas, los pro-abortos, los contra-violencia y los anti-narcos, etcétera,
con apoyos internacionales como los monos blancos, los globalifóbicos, los
greenpace, los intelectuales, los partidos europeos, los movimientos sociales
internacionales, los sindicatos europeos, etcétera, contra posiciones
conservadoras y radicales como los pro-vida, los movimientos religiosos, las
copetonas de Polanco, etcétera. Esta contradicción, se agudizará debido a la
inalcanzable gobernabilidad “democrática” que Fox y cualquier sistema de democracia
liberal pretendan. Inalcanzable porque la relación gobernantes y gobernados no
se legitimará entre las ofertas y las demandas, por ser polarizantes, y donde
la ecuación entre democracia y gobernabilidad no se alcanzará, porque la
democracia será reducida a las contiendas electorales, en una visión puramente
pro-occidemental, que refleja que los nuevos liberales siguen amarrados al
viejo temor liberal que buscó impedir que desde la política se cuestione el
orden de la economía. La promesa de la gobernabilidad “democrática” del
gobierno foxista aparece como un manifiesto de buenas costumbres, pero irreal.
Es así la cara del Estado-capitalista de una utopía, la de la “transformación
productiva con desarrollo social”, en donde uno no termina por descubrir dónde
se encuentran las bondades del capital. Pero ¿Qué hace realmente gobernable o ingobernable una sociedad?
La eficacia, la legitimidad y la estabilidad constituyen los tres componentes
de la gobernabilidad. Los que gobiernan deben cumplir de manera adecuada con
mandatos sociales y los de abajo otorgan su anuencia y su consenso. Sólo que
estos postulados teóricos de la democracia liberal presentan un problema no
menor. El que las nociones de eficacia, legitimidad y estabilidad no son
socialmente neutras. Efectivamente, el proyecto de gobierno foxista se pretende
legitimar, por una parte, en una elite del poder, la empresarial, y por otra,
en satisfacer ciertas demandas sociales pero por presión de los propios
movimientos sociales. Es decir, la gobernabilidad está asociada de manera
conflictiva a la noción de democracia en razón de que responden a lógicas
distintas: una a la estabilidad y al poder, y otra a la igualdad. Pero también
el conflicto entre democracia y gobernabilidad esta signado por la diferenciación
institucional, se concibe a la institución como la normatividad y legalidad, en
una noción vertical, donde la sociedad está dividida en una jerarquía de poder,
y la de autonomía es concebida en esta fragmentación, en la división de
poderes. En esta lógica racional-occidentalista las demandas de los movimientos
sociales, el de los indígenas, por ejemplo,
en el caso de la autonomía, no cabe, no coincide con la del logos
occidental, por significar una forma de gobierno distinta, de usos y costumbres
de territorio, baile y pensamientos diferentes, de un discurso distinto al
racionalista pro-occidental. Pero esa manifestación de la diferencia y
autonomía, no se encuentra sólo en los indígenas, se encuentra también en los
demás movimientos sociales, de derechos humanos, de derechos individuales, de
derechos sociales y de derechos a la vida y la autodeterminación. Es aquí donde
la gobernabilidad se presenta como democracia restringida, y opuesta a los
intereses sociales. Presenciamos entonces, una desigualdad estructural, que
atraviesa los espacios institucionales y las formas de hacer política. Esta
última se construye sobre el imaginario de igualdad y desarrollo que proyecta
cada ciudadano, reducido al derecho de un voto, pero ahora es concebido, bajo el
proyecto económico foxista, como productores autogestionarios, aunque
socialmente desiguales. Observamos, pues, que el discurso predominante sobre
gobernabilidad “democrática” integra en una síntesis contradictoria
ingredientes del discurso democrático y del liberal. Las reformas estatales en
marcha y el sistema político que se construye admiten un espacio de
representación demasiado estrecho para las ebulliciones sociales y para la
magnitud de actores sociales que la propia modernidad capitalista ha ido
creando. Por ello, la crisis de representación, incapacidad
estructural de cualquier sistema de democracia, constituye uno de los aspectos
recurrentes de ingobernabilidad en el plano político[6]. Finalmente, podemos afirmar que las fórmulas que ha descubierto el
capital global en el plano económico y las soluciones políticas en torno a
democracias gobernables o restringidas, constituyen los principales factores de
ingobernabilidad en la América Latina de nuestros días. Los desafíos a los que
nos enfrentamos, entonces, son los de revertir un gobierno-empresarial, donde
las tendencias de hacer política son
precisamente la conclusión de éstas, pero que curiosamente será el escenario de
una mayor agudizaciones de las contradicciones sociales, con el estado capitalista
global y de exclusión. Es aquí donde la suerte de nuestras identidades, las
diversidades culturales, las autonomías, los sistemas políticos incluyentes y
mejores condiciones de vida y autodeterminación, están en juego. * Profesor-investigador del Departamento de
Estudios Ibéricos y Latinoamericanos, Universidad de Guadalajara. E-mail:
pacahe_2000@yahoo.com [1]
“Globalización, capital y Estado”,
UAM, Xochimilco, 1996. [2]Salvador
Corro, “Escenarios del sindicalismo para el 2001”, en Revista Proceso. E-Mail: http:
//www.proceso.com.mx/laborum/109/estructura.html. [3]Enrique
de la Garza “La política laboral la fijaran los empresarios”, Revista Proceso.
E-Mail: http: //www.proceso.com.mx/laborum/109/estructura.html. [4]
Roberto Garduño y David Zúñiga, “Los empresarios elogian el esfuerzo del
mandatario para buscar la paz”, Diario la Jornada, martes 27 de marzo del 2001,
política, p. 9. [5]
Ricardo de la Madrid “El andamiaje de la presidencia”, Revista Nexos, febrero
2000, No. 278. Pp. 54-60. [6]
Jaime Osorio, “Lo gobernable e ingobernable de la democracia en América
Latina”, en Despolitización de la ciudadanía y gobernabilidad, UAM,
1997. |
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