Año V, No 001, Enero - Junio, 2001


Editorial

 

La crisis actual salvadoreña y la búsqueda del rumbo a tomar exigen

 una buena dosis de creatividad y democracia


 

  

A pesar de los discursos optimistas que profusamente emanan principalmente de la presidencia de la República, de algunos ministerios, y de ciertos analistas económicos, el peso de la realidad lleva a cualquier individuo a reconocer que actualmente en El Salvador se vive una situación de crisis social generalizada, dominada por la depresión económica, la destrucción causada por los sismos, la pérdida de los cultivos agrícolas por la sequía, el desempleo, el alto costo de la vida, la delincuencia, la desorientación del Estado, etc. Aspectos que filtran todas las dimensiones de la realidad nacional, creando una compleja maraña de problemas.

 

Naturalmente, este panorama inquieta sobremanera a los salvadoreños, porque afecta en menor o mayor medida a todos los habitantes del país, en cuanto supone inseguridad social, descenso en la calidad de vida, un círculo vicioso cada vez más agudo de la crisis, desmotivación y pérdida de sentido humano. Tales aspectos son razón suficiente para que se imponga el pesimismo, si bien debemos procurar que éste no nos paralice y nos encierre en un callejón sin salida. En todo caso, lejos de optimismos ingenuos o de pesimismos ciegos se necesita de un realismo visionario.

 

Sin duda alguna, los problemas existentes requieren buscar con urgencia rumbos que puedan sacarnos de la crisis, pero de forma sostenida. Prescindir una vez más de esta perspectiva hará que cada vez que ocurran problemas nos veamos obligados a salir a pedir ayuda al exterior y tomar medidas a la ligera, siempre paliativas; pues, más bien es necesario ponernos a pensar sobre nuestros problemas y diseñar nuestras propias alternativas. Al respecto, de cara a la coyuntura actual, las únicas propuestas  que se han presentado y difundidas ampliamente por los medios de comunicación, son las de FUSADES y ANEP, pero falta más creatividad, especialmente de parte del Estado, de las universidades, de la izquierda, de la derecha, de los gremios de economistas y sociólogos, etc.

 

Sin restar méritos a los esfuerzos hechos, las dos propuestas referidas contienen primordialmente la visión y los intereses de los grupos dominantes, lejos de ser resultado de una convergencia de intereses de los diversos sectores del país, incluyendo los medios y bajos, justo lo cual hace que se conviertan en proyectos que no logren una amplia identificación social. Algo que tampoco responde coherentemente a los anhelos de construir una cultura democrática.

 

Desafortunadamente, se ha vuelto tradición que los sectores medios y bajos sean relegados a simples espectadores y a ser tan sólo receptores de las pretendidas “soluciones” que puedan llegarles de arriba, ya sea en forma de políticas estatales, leyes o acciones empresariales. Pero, hay que decir que ni el Estado ni la gran empresa privada tienen la capacidad, como lo han demostrado largamente, para lograr por sí solos las soluciones más atinadas.

Esta democratización requerida implica a la vez educar y enseñar a pensar a los campesinos, a los micro, pequeños y medianos empresarios, para hacerlos creativos y que puedan volverse protagonistas de sus propias soluciones.

 

Sin embargo, si queremos soluciones sostenibles debemos crear las condiciones para la creatividad y la democracia, ya que éstos son algunos de sus prerrequisitos fundamentales.

 

 

 



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