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Año V, No 001, Enero - Junio,
2001
La Transición Económica Y Política Del Estado
Mexicano En El Umbral Del Siglo XXI: Del Estado Empresario Al Estado De
Empresarios
José G. Vargas-Hernández, M.B.A.; Ph.D.
1. INTRODUCCIÓN.
México es un país altamente centralizado
en un gobierno poderoso bajo el principio de no reelección y hasta
recientemente una competencia política abierta y fuerte. Desde la
independencia de México y durante los últimos dos siglos, el sistema político
dominante ha sido presidencialista autoritario. A partir de los gobiernos
surgidos de la Revolución Mexicana (1910-17), se establece una dictadura de
partido dominante que monopoliza la representación política y un
presidencialismo deformante, que Krauze llamó Presidencia Imperial, la cual
debilita las facultades del
poder legislativo y somete al poder judicial. Las formas del poder patriarcal
representaron otro elemento del gobierno mexicano antes y después de la
Revolución Mexicana.
2.
EL ESTADO-EMPRESARIO MEXICANO PRI-PRESIDENCIALISTA.
El nacionalismo mexicano emergió como
resultado de promover el capital mexicano privado y público para evitar las
inversiones extranjeras, principalmente de Estados Unidos. El Estado mexicano
se caracterizó por una desconfianza histórica al capitalismo y una creencia
en la habilidad del gobierno para intervenir y regular los asuntos económicos
por un mandato constitucional explícito. (Grier and Grier, 2000: p. 245). Sin embargo, el modelo de
industrialización basado en la sustitución de importaciones (ISI) favoreció
las inversiones mexicanas y se sobre entendió la provisión de beneficios a la
población, desde los treinta y hasta los setenta. El sector público mexicano
creció con la formación de
corporaciones de propiedad pública. En 1982 las empresas de propiedad
estatal produjeron el 14% del producto nacional bruto, recibieron
transferencias netas y subsidios iguales a 12.7 por ciento del PNB y
representaron el 38 por ciento de la inversión de capital fijo.
En nombre de las grandes conquistas de
la Revolución Mexicana, durante los tiempos del Estado de Bienestar Mexicano,
se formaron organizaciones que agruparon corporativamente a los militares,
campesinos, obreros y sectores populares que evidencia el control político de
la burocracia del partido de Estado en el poder y de los líderes “charros”.
El “charrismo” somete a los
trabajadores a las reglas del partido oficial bajo presiones y amenazas de
reducciones salariales y pérdidas de empleos, crédito agrícola, tráfico de
pobreza urbana y rural, etc.
para garantizar una reserva importante de votantes.
A pesar de que desde 1929 todos los
presidentes mexicanos surgieron del Partido Revolucionario Institucional
(PRI), la continuidad de la política económica no siguió un patrón de
comportamiento regular y coherente de formulación de políticas. Sin embargo,
durante el período de la hegemonía del PRI (1929-2000), el gobierno cultivó
cierto grado de consentimiento social para evitar niveles altos de represión,
de tal forma que ha sido denominado como la “dictadura perfecta”. En línea con los llamados poderes
meta-constitucionales, el Presidente de México fue también la verdadera
cabeza del Partido Revolucionario Institucional y tuvo como su facultad la
designación de líderes nacionales y candidatos para la elección popular. El Presidente
mexicano tenía al mismo tiempo el poder extensivo constitucional y el poder
no escrito supraconstitucional o meta-constitucional, y el compromiso de la
retención de su poder político durante su mandato y la continuación de su
poder requerido para seguir el “ritual” de elegir a quien sería su sucesor.
El Presidente en turno designaba a su sucesor generando expectativas mediante
fenómenos conocidos como el “tapadismo” y el “dedazo” para señalar quien sería el elegido.
Como partido político hegemónico, en el
sentido de que hegemonizó la vida política del país, el PRI se mantuvo en el
gobierno del ejecutivo federal por 71 años y se convirtió en el centro del
sistema político mexicano mediante mecanismos de control político de las
organizaciones y sectores obrero, campesino y popular, tales como el
caudillismo, corporativismo, etc., y mecanismos de control institucional de
los procesos electorales. El corporativismo del PRI apostó a obreros y
campesinos a quienes promovió pero no los liberó garantizándoles los derechos
patrimoniales y con el pretexto de institucionalizar la Revolución Mexicana,
se identificó mañosamente con las causas de democracia y justicia social. Sus
logros en ambas asignaturas son muy pobres, aunque mantuvo la estabilidad social.
Analistas como Abascal y Macías
(2000b) reconocen tres etapas en la evolución del PRI: Hegemónica,
bipartidista y pluripartidista. La etapa hegemónica que va de 1929 a 1976, el
PRI predomina sobre las demás fuerzas políticas sobre las que era
infinitamente superior y mantiene un control total del poder político. En la
etapa bipartidista que va de 1979 a 1985, el PRI mantiene un dominio sobre
los partidos políticos de oposición pero pierde posiciones en los gobiernos
municipales y estatales frente al PAN. En la etapa pluripartidista que va de
1988 al 2000, se abre la competencia política entre el PRI, el PAN y el PRD y
comparten el poder en municipios y gobiernos estatales.
La eficacia de la “dictadura perfecta”
según Vargas Llosa, la Presidencia Imperial de acuerdo con Krauze, o de la monarquía presidencial (Ortiz
Pincheti, 2000) tuvo una etapa de prosperidad que coincide con el período de
desarrollo estabilizador, de 1940 a 1970 y el período de desarrollo
compartido de 1970 a 1980, en donde hubo grandes avances en materia de
política social, si bien no se eliminaron la pobreza y la desigualdad social,
surgió una clase media fuerte que reclamaba espacios de participación
política. La “dictadura
perfecta” se apuntaló mediante el derramamiento de sangre de los menos
favorecidos. El modelo de Estado que distribuye el poder surgido de la
Revolución Mexicana entra en crisis y genera violencia institucionalizada.
Después de 22 años de
estabilidad monetaria y crecimiento sostenido en el final del período de
Echeverría (1970-76), el peso se devaluó, se presentó una crisis económica y
las constantes tensiones con los empresarios se agudizaron, quienes fundaron
el Consejo Coordinador Empresarial para la defensa de sus intereses frente a
un Estado interventor. En 1982, el Presidente López Portillo nacionalizó la
Banca en medio de una crisis económica generalizada provocada por la caída de
los precios del petróleo, la devaluación del peso, el incremento de las tasas
de interés y el país se declaró prácticamente en suspensión de pagos. Esta
decisión fracturó el pacto entre el Estado y los empresarios.
3. LA TRANSICIÓN DEL
ESTADO MEXICANO: REESTRUCTURACIÓN NEOLIBERAL PRI-PRESIDENCIALISTA.
La mayor parte de
Latinoamérica experimentó crisis financiera en los ochenta y la mitad de los
noventa. En México, grandes crisis económicas ocurrieron en 1976, 1982, 1987
y 1994-95. Por lo mismo, estas crisis económicas se volvieron repetitivas y
se intensificaron, con intervalos de periodos que experimentaban rápida
recuperación económica. Los mexicanos sufrimos períodos dramáticos de alta
inflación, déficits en la balanza de pagos, devaluación, fuga de capitales,
desempleo creciente y poder de compra declinante.
Ante las presiones
de los acreedores de México para garantizar el pago de su deuda externa,
desde principios de la década de los ochenta se instrumentó el denominado
“Consenso de Washington” que impone la regla neoliberal infalible de libre
mercado y sistema democrático con elecciones libres. Así la “agenda
neoliberal” que propuso los programas de ajuste estructural y estabilidad
económica se impusieron como condiciones para negociar las “crisis de la
deuda” mexicana de 1982, 1987 y 1994-95 por los organismos financieros internacionales
como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y el Banco
Interamericano de Desarrollo.
.
Así, después de la crisis de 1982, México
entró en un período doloroso y controvertido de reestructuración del Estado,
que implicaron la reorganización económica, apertura del mercado nacional,
eliminación de barreras comerciales, eliminación de controles de precios y
subsidios, privatización de las empresas públicas y propiedad del Estado,
reducciones al gasto de las políticas sociales, libre cambio de la
moneda, así como amplias
reformas políticas y una modernización administrativa. Se abandonó el modelo
de sustitución de importaciones y se pone en entredicho al Estado interventor
en la economía.
El principal propósito de las reformas
impulsadas en México fue el de desarrollar una amplia base competitiva del
sector exportador de bienes no tradicionales. México ingresa al GATT
en 1986 y se convierte en un exportador de manufacturas. La reducción del tamaño del Estado, la
privatización de las empresas propiedad del Estado (EPEs) y la desregulación
económica fueron las estrategias adoptadas para el diseño del Estado mexicano, como lo fueron también para
otros Estados.
A partir de la implementación de
estas reformas al Estado mexicano, este empieza a perder sus capacidades y
funciones de Estado-nación, a pesar de que mantiene altos índices de
intervencionismo para que las reformas beneficien a los dueños del capital.
Estas reformas a la estructura del aparato del Estado mexicano dieron sentido
a su transición y cambio de un modelo de Estado Benefactor a un modelo de
Estado Neoliberal, transición y cambio que son entendidos en los términos de
Roitman como “formas de comportamiento, pérdida de la centralidad de la
política, pérdida de la construcción de la ciudadanía plena, la
transformación de la política en una técnica electoral, en un problema de
mercado, en la pérdida de la ética y los principios como el quehacer de la
política y lo político evidentemente se dieron en México a partir del
gobierno de Miguel de la Madrid, continuó en su momento con Salinas de
Gortari, también con Zedillo y ahora con Fox” (Avilés y Velázquez, 2000).
Pero la crisis del 82 también fue
significativa por la “crisis de hegemonía” que se presenta a la vieja alianza
entre el Estado y los empresarios, representantes del capital nacional y los
beneficiarios directos de las políticas económicas basadas en el modelo de
sustitución de importaciones. La nacionalización de la banca fue el evento
que provocó la ruptura del bloque político y empresarial hegemónico y sus
representantes, los políticos y
gobernantes del partido de Estado y las fracciones del gran capital, que al
decir de Fazio (2000a) vivían en un “tortuoso amasiato” de “turbios enjuages
subterráneos y la tupida red de complicidades”.
Con la nacionalización de la banca, los
capitalistas mexicanos que se sintieron “traicionados” rompieron la alianza con la burocracia política
y redefinieron la estrategia para su recomposición. Bajo el impulso de un
Estado interventor pero con una
fuerte orientación tecnócrata neoliberal para beneficio de los dueños de los
grandes capitalistas, se inicia la reinvención del Nuevo Estado mexicano con
base en un “proceso de negociación neocorporativo entre los empresarios y el
gobierno, fincado en compromisos e intereses mutuos”.
A. El impacto económico y político de la globalización en el Estado
Méxicano.
Bajo el influjo del PRI, el Estado
mexicano inició la modernización económica y su inserción en los procesos de
globalización. Como respuesta a las tendencias de la globalización económica
de los mercados y la revolución tecnológica que avanzaron en las dos últimas
décadas del siglo pasado y con el pretexto de sanear la economía, el Estado
mexicano ha privatizado empresas estratégicas del sector público, muchas de
las cuales han sido adquiridas por inversiones extranjeras que han penetrado
ya en todos los sectores de la economía. La alta concentración del capital en
pocas corporaciones mediante los procesos de privatización de empresas
públicas ha desencadenado el
fenómeno de la privatización política.
En 1987 la
inflación alcanzó el 159 por ciento y un crack en la bolsa devoró a
ahorradores. En el interior del PRI, un grupo disidente forma la Corriente
Democrática que luego se escinde para formar un nuevo partido el Frente
Democrático Nacional. El Presidente Miguel de la Madrid es el primero que
soporta interpelaciones en su sexto y último informe de gobierno. El 6 de
julio de 1988 Salinas alcanza el poder en medio de una crisis generalizada de
legitimidad y el descrédito total por la caída del sistema que controlaba los
resultados de la contienda electoral presentándose irregularidades y fraude
electoral.
Con Salinas se
profundizan las reformas neoliberales: se liquidan las empresas
paraestatales, se acelera la apertura de la economía, se firman tratados de
libre comercio con Chile,
Estados Unidos y Canadá, Venezuela
y Colombia, Costa Rica,
Nicaragua, y Bolivia. Las reformas al Artículo 27 constitucional permitieron
las inversiones en el campo mexicano. El activismo del Estado mexicano
durante el salinismo permitió la transferencia de empresas públicas a
determinados grupos financieros que sostenían vinculaciones de complicidades
políticas.
Los programas de privatización de las
empresas paraestatales en México han sido vastos en sus alcances y hasta
cierto punto, exitosos en la reducción del papel de un Estado que era
intervencionista en la economía. México es el segundo privatizador de América
Latina en la década de los noventa cuando el gobierno transfirió a
particulares activos por 31 mil 458 millones de dólares, que representan 20.4
por ciento de la venta total de empresas propiedad del Estado (EPEs) en
Latinoamérica. Las privatizaciones alcanzaron un monto de tres mil 160
millones de dólares en 1990,
para aumentar a 11 mil 289 millones en 1991 y sumar seis mil 924
millones de dólares en 1992.
Para junio de 1992,
el gobierno había privatizado 361 de alrededor de 1200 empresas propiedad del
Estado. Las privatizaciones hechas en 1993 representaron dos mil 131 millones
de dólares, en 1994 fueron de 766 millones y en 1995 sólo de 167 millones de
dólares. En 1996 aumentó a mil 526 millones de dólares, en 1997 creció a
cuatro mil 496 millones y en 1998 la venta fue por 999 millones de dólares.
El informe del Banco Mundial señala que entre 1990 y 1998 las privatizaciones
de empresas públicas alcanzaron un monto de 154 mil 225 millones de dólares,
cantidad apenas inferior al saldo de la deuda externa total de México que fue
de 159 mil 959 millones de dólares en 1998.
El año que más ha
captado es 1991 con un total de 11 mil 289 millones de dólares, mientras que
en 1998, México captó 999 millones de dólares. México planea privatizar
bienes en aeropuertos, ferrocarriles y en el sector energético, la industria
petrolera y eléctrica.
El beneficio de las
privatizaciones no ha sido el mayor para los mexicanos a pesar de que sus
defensores tratan de demostrar lo contrario. Según datos del privatizador
Salinas de Gortari “las privatizaciones abrieron espacio presupuestal para
financiar el gasto social sin recurrir a déficit fiscal”. Los efectos no han
sido del todo satisfactorios. Los programas de privatizaciones en México han
reducido el empleo a la mitad mientras que la producción se ha incrementado
en un 54.3% a pesar de una significativa reducción en inversiones. Un estudio
anterior de Galal et al. (1992) analiza el desempeño después de la
privatización de doce compañías de diferentes países, incluyendo México,
documentando que hubo incremento del 26 % en las ganancias en once casos e incremento de los beneficios a los
trabajadores en tres casos.
El 17 de diciembre de 1993 el
Congreso de los Estados Unidos aprobó el Tratado de Libre Comercio con
México. Las reacciones no se dejaron esperar. El primero de enero de 1994,
fecha en que entró en vigor el Tratado, los indígenas del Estado de
Chiapaz, se levantaron en armas
como el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional. Rencillas de grupos políticos
al interior del PRI conducen a los asesinatos del candidato a la Presidencia
de la República y del Secretario General del Partido. A pesar de la situación
conflictiva y los graves problemas, la economía no se desquició y Salinas
rinde su sexto informe en 1994 con ánimo victorioso. Zedillo arriba a la
Presidencia con la mayor legitimidad democrática dada por mayor número de
votos a su favor en la historia de México, 17 millones. Pero repentinamente,
después de 21 días de haber tomado el poder el presidente Zedillo, se
enfrentó con la peor crisis económica en la historia de México, denominada el
“error de diciembre”.
Dos años después de la privatización del
sistema bancario mexicano , México era forzado a devaluar su peso en
diciembre de 1994, lo que repercutió en una crisis macroeconómica
caracterizada por una volatilidad creciente en la tasa de cambio, la
devaluación del peso seguida por una crisis del sector financiero y el
rescate para salir del apuro. La caída de la Bolsa Mexicana de Valores significó
la pérdida de la mitad de su valor, y los precios de las acciones para las
principales compañías mexicanas que cotizan en Wall Street cayeron el 75% en
pocos meses. Sin embargo, la crisis más profunda en los mercados financieros
ocurrió después de que se había resuelto la devaluación y la crisis de
incumplimiento de pagos. La mayoría de los créditos gubernamentales con grado
de no inversión (caso de México), se caracterizan por debilidades en la
gobernabilidad. Si las personas de la localidad y los inversionistas
extranjeros tienen temor a que se devalúe el peso mexicano, convertirán pesos
en dólares.
La restructuración de la deuda soberana
durante la crisis mexicana de 1994-95
ha sido ampliamente estudiada para comprender la forma en que los
mercados financieros, el gobierno y las instituciones multilaterales
responden a las cuestiones de gobernabilidad. La crisis mexicana dejó como
enseñanza la problemática de sostener tasas de cambio fijas en un entorno de
movilidad del capital internacional.
México no se recobró porque su sistema financiero débil se haya
fortalecido con la interevención del Fondo Monetario Internacional (FMI),
sino porque se benefició con el incremento de exportaciones a Estados Unidos
como resultado del Tratado de Libre Comercio de América del Norte y el
crecimiento acelerado de la economía vecina.
Las crisis económicas
recurrentes por las que ha pasado la economía mexicana aunado a las
debilidades institucionales para limitar los alcances en el tejido social han
sido las repercusiones de la aplicación de la política económica neoliberal y
los factores clave del deterioro de la gobernabilidad de la sociedad. Uno de
loa más perversos y perturbadores aspectos de la crisis económica ha sido su
efecto en los grupos de la población más vulnerables. En términos generales,
las políticas económicas implementadas en la mayoría de los países
latinoamericanos presentan rasgos coincidentes aunque con algunas diferencias
en el diseño de los paquetes.
Sin embargo, los motivos y
circunstancias de las diferentes crisis económicas por las que ha pasado
México desde 1976 hasta 1994-95 difieren aunque han sido precedidas por
períodos de elevado crecimiento económico que no se pudo sostener por los
desequilibrios que causaron.. La crisis de 1976 muestra las limitaciones del
modelo económico que consideraba que el crecimiento económico dependía de una
mayor intervención del Estado. La crisis de 1982 tuvo su origen en la
consideración de que el petróleo es la palanca del desarrollo económico
orientado por una política activa del Estado preparado para administrar la
abundancia, lo que derivó en altos niveles de endeudamiento externo y
expansión irracional del Estado.
Comparada con la crisis de la deuda de
los ochenta y con la crisis mexicana de 1994-95, también llamada el “efecto
tequila”, ambas son consideradas tener como raíces los imbalances financieros
del sector público, a diferencia de la crisis posterior (Asia, Rusia,
Sudáfrica, Brasil, etc.) que tiene sus raíces en imbalances financieros del
sector privado y que es la primera crisis financiera realmente considerada
como global que golpea a las economías de los mercados emergentes. La crisis asiática explotó poco
después de que las olas de la crisis del peso mexicano hayan bajado. Por lo
tanto, parece que las crisis financieras ocurren más frecuentemente en los
últimos años en las economías emergentes, como el caso de México.
Si se controla el desarrollo social democrático y el crecimiento
económico de las economías emergentes, éstos no son significativamente más
corruptos que los países más desarrollados. El paquete de préstamos del Fondo
Monetario Internacional a México en 1995, fue una recompensa a la corrupción
de los préstamos bancarios con más riesgos. Mientras más presten los
gobiernos de otros países a México, más seguridad tienen los banqueros de
otros países de recobrar sus créditos. En realidad la privatización de los
bancos a grupos financieros surgidos “al vapor” y con complicidades entre
inversionistas y políticos que aprovecharon el financiamiento de los
organismos internacionales destinado al rescate de la crisis de la deuda. Sin
embargo, sus deficiencias en el manejo de la crisis los llevó a fuertes
endeudamientos que lograron transferir facturas con cargo a la sociedad.
En México se inició
en 1995 un Programa de Modernización de la Administración Pública con
acciones enfocadas a la modernización y fortalecimiento de la capacidad
administrativa y a la eliminación de la corrupción, la descentralización de
la función pública y la reorganización de las relaciones intergubernamentales
dentro del sistema federal. El monopolio del poder y su uso discrecional que
mantienen algunos miembros en las estructuras de gobierno es la principal
fuente de conductas corruptas e impunes, por lo que se requiere de reformas
institucionales profundas.
El programa
pretende desarrollar mecanismos
para una mayor responsabilidad y rendición de cuentas de las agencias de
gobierno, en materia de administración de los servicios públicos, así como
asegurar una mayor disponibilidad para establecer asociaciones con las
organizaciones no gubernamentales. Hay que considerar que las organizaciones
no gubernamentales de derechos humanos, políticos, laborales y ciudadanos han
sostenido relaciones muy pobres con los gobiernos emanados del PRI, que
siempre trataron de corporativizarlos, cuando lo que deseaban es ser más
independientes, la base de su credibilidad e imparcialidad ante los
ciudadanos que representan.
En 1996, las inversiones públicas y privadas en México se
mantuvieron debajo de los niveles de los años setenta y ochenta. Los
resultados de los procesos de globalización en México, constatan que se ha
dado casi totalmente en una dirección: la entrada de empresas transnacionales
y multinacionales, ahora denominadas empresas globales o negocios
contemporáneos, las cuales en esencia, son foráneas, se han adueñado
legalmente de recursos naturales, tierras, etc. y dejan pocos beneficios. Por ejemplo, el valor de
mercado de la General Electric de 520 mil 250 millones de dólares es
equivalente al producto interno bruto de México. 23 de las más grandes
corporaciones transnacionales y multinacionales tienen ventas por valores
superiores al producto interno bruto de México. Los gobiernos neoliberales
han demostrado su ineptitud para reducir los daños de los procesos de
integración mediante negociaciones más favorables que permitan aprovechar las
ventajas comparativas y competitivas.
4.-
LA HERENCIA MALDITA.
Al término del período
comprendido entre los años 1982 y 2000 que marca el desarrollo e
implementación del Modelo de
Estado Neoliberal en México, los resultados en materia de desarrollo
económico son desastrosos. A pesar de los avances en crecimiento económico en
los últimos cuatro años, la economía mexicana muestra varios desequilibrios
estructurales que se expresan en su déficit fiscal. Como afirma Lomas
(2000a), la herencia del Presidente Zedillo “también incluye la gran presión
que el servicio de los pasivos del rescate financiero ejercerá sobre las
finanzas públicas en el mediano plazo…lamentablemente se prevé, la presente
administración habrá heredado al próximo gobierno una gran cantidad de
compromisos sobre las finanzas públicas y muchas insuficiencias en la
atención de las demandas más sentidas de la población”. La herencia de Zedillo asciende a más
de dos billones de pesos en deuda pública, incluyendo las deudas del malogrado
Instituto para la Protección al Ahorro Bancario (IPAB).
a. Injusta distribución del ingreso
El Presidente
Zedillo deja un país con grandes diferencias en la distribución del ingreso,
una alta concentración en una minoría y una mayoría en la pobreza, la cual
según estimaciones de la Cepal se incrementó de 40.5 a 45.5 millones de
mexicanos, de los cuales 26 millones, principalmente indígenas y campesinos,
viven en la miseria. Las contradicciones del crecimiento se polarizan, según
Boltvinik, experto en la pobreza y distribución del ingreso en México:
“Cuando el modelo económico seguido hasta ahora en México logra generar
crecimiento, lo hace acompañado de una creciente concentración del ingreso y
un incremento de la pobreza entre los estratos más pobres…la crisis del 94
produjo un empobrecimiento brutal de la población…a partir de 1996, cuando se
empieza a recuperar la economía, el ingreso se vuelve a concentrar…”. En un
período como el actual, en el cual la economía mexicana atraviesa por un auge
al acumular 18 trimestres consecutivos de crecimiento, los beneficios van a
un grupo muy reducido de personas: “hacia abajo sólo caen las migajas”
sentencia (González Amador y Castellanos, 2000).
La pobreza aumentó
del 36 al 38 por ciento del total de los hogares mexicanos en 1994 al 45 a 47
por ciento en 1998. Con datos de la Encuesta Nacional de Ingreso Gasto en los
Hogares (ENIGH) del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e
Informática (INEGI) Entre 1994 1998, los hogares mexicanos que viven debajo
de la línea de pobreza, con un ingreso mensual no mayor a 560 pesos a valor
constante de abril de 1994, aumentaron de 69 a 76 por ciento del total. En
términos generales, los investigadores coinciden en que la pobreza aumentó en
más del 5 por ciento durante el sexenio de Zedillo. Esto redunda en la
formación de una sociedad con grandes contrastes en la distribución del
ingreso, donde 20 millones de mexicanos (20% de la población total), viven en
condiciones de pobreza extrema y más de 40 millones (40% de la población),
viven por debajo de la línea de pobreza.
En los tres últimos
sexenios se ha privilegiado el control de la inflación por encima de los
aumentos a los salarios mínimos contractuales, y por lo tanto, del nivel de
vida de los trabajadores El
Banco Mundial presenta cifras en las que 42 millones de mexicanos tienen
niveles salariales por debajo de los veinte pesos diarios. Entre 1974 y el
2000, el salario real de los trabajadores tuvo un deterioro acumulado del
72%. Tan sólo durante el gobierno de Zedillo se presentó una fuerte pérdida
acumulada cercana al 50 por ciento de los salarios reales, registrándose el
poder adquisitivo más bajo de los últimos 18 años. Con datos de la
Organización de las Naciones Unidas, el 64.5 de la población percibe dos
salarios mínimos insuficientes para obtener los mínimos nutricionales; 40 por
ciento de los hogares mexicanos son sostenidos por las mujeres con ingresos
inferiores a los de los hombres hasta por un 20 por ciento (Jiménez, 2000).
Más de la mitad de mexicanos en edad de trabajar se emplea en el sector
informal de la economía.
El producto interno bruto
por habitante asciende a 7776
dólares anuales, con un crecimiento de 3.4 por ciento en promedio anual, en
el periodo 1964-1981. Sin embargo, después de que en l982 iniciara la
implementación del modelo del Estado Neoliberal en México, el crecimiento del
producto interno bruto cayó. Para el período del Estado Neoliberal
comprendido de 1982 al 2000, el producto interno bruto por habitante solamente
creció el 0.3 por ciento en promedio anual. La Encuesta Nacional de
Ingreso-Gasto en los Hogares, realizada por el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática
(INEGI) en el año 2000, reporta que la generación de la riqueza aumentó en
los últimos seis años, pero la distribución de la esta riqueza se volvió más
inequitativa, con niveles de deterioro alarmantes.
El 10 por ciento de
los hogares más ricos del país concentra 38.11 por ciento del ingreso
nacional. En el otro extremo, la
décima parte de los más pobres percibe apenas el 1.50 por ciento del total,
cuando en 1996 fue de 1.79 por ciento.
El ingreso mensual disponible en 10 por ciento de los hogares más
pobres es 26 por ciento inferior al de 1994, mientras para la décima parte de
los hogares más acomodados la reducción ha sido de 20 por ciento (González
Amador y Castellanos, 2000). El coeficiente de GINI para el ingreso monetario
en 1992 fue de 0.5086, en 1994
fue de 0.5137 y en el 2000 de 0.4889, el cual indica una tendencia a
una disminución de la concentración de la riqueza nacional, más sin embargo
sigue siendo alta.
El acelerado
crecimiento económico no ha repercutido en la mejora de los niveles de vida
de la población, debido a la inequitativa distribución del ingreso que impide
la transferencia de beneficios
macroeconómicos. Las altas tasas
de crecimiento que alcanzaron el
cuatro por ciento en promedio del producto interno bruto entre 1996 y el 2000, no han
contribuido al mejoramiento del bienestar y estándares de vida de la familia,
porque contribuyen en 2.4% real
del producto per capita. De acuerdo a análisis de El Financiero (2000), de
cada peso que se generó en la economía en el primer trimestre del año, 0.07
centavos le correspondieron a la población de escasos recursos, mientras que
la población con altos niveles de ingresos obtuvieron 50 centavos.
El desarrollo
regional también ha sido inequitativo y desequilibrado, sujeto a procesos de
desarticulación económica que han sido resultado de los procesos de integración
orientados hacia los mercados del Norte
que vive el país desde 1994 en que se firmó el Tratado de Libre
Comercio con Norte América.. Así, los mexicanos con más bajos ingresos per
capita se concentran en siete Estados del Sureste del país que representan
menos del 10 por ciento del producto interno bruto nacional, mientras que con
una población similar, seis Estados del Norte, generan el 23 por ciento de la
riqueza nacional. El modelo exportador de crecimiento basado en mano de obra
barata, sólo permite que un pequeño grupo de empresas se beneficien de los
tratados comerciales de México con otros países.
b. Las debilidades de la
gobernabilidad
La baja gobernabilidad en México,
por ejemplo, tiene sus antecedentes
en las debilidades de las políticas económicas, sociales, culturales,
educativas, etc. y en las
debilidades de sus instituciones a pesar de que en el pasado existía una
fuerte presencia del Estado mexicano en la creación de instituciones y de
políticas públicas. Se caracterizan como debilidades de la
gobernabilidad: la corrupción oficial y privada, el tráfico de influencias,
la corrupción e ineficiencia de los órganos judiciales, la influencia de los
carteles de las drogas, deficiencias en la seguridad interna bajo la forma de
grupos guerrilleros operando en áreas rurales y la violencia en las grandes
ciudades.
Los déficits de gobernabilidad están
relacionados con la legitimidad del sistema político, los cuales tuvieron su
origen en las políticas económicas erróneamente implementadas por las elites
que hicieron el diseño organizacional para la transición del Estado mexicano.
México ha vivido populismos centrados más en las expectativas de gobernantes
iluminados que en propuestas concretas de desarrollo nacional mediante un
desarrollo institucional. El Estado mexicano ha logrado mantener su
legitimidad mediante una política de protección social parcial y promesas
futuras de mayores beneficios que favorezcan a los diversos grupos sociales.
En la actualidad,
la forma en que se visualiza en México la implantación de la gobernabilidad,
se reduce a lograr la normalidad política, la cual es la preocupación por
subordinar la democracia electoral a la gobernabilidad del sistema y no
necesariamente la democracia tal y como se expresa en la Constitución
Política de os Estados Unidos Mexicanos, que la define "no sólo como una
estructura jurídica y un régimen político, sino como un sistema de vida
fundado en el constante mejoramiento económico, social y cultural del
pueblo" La democracia electoral no solamente tiene como condiciones
suficientes elecciones libres y justas, pero los procesos electorales tienden
a ser más libres y justos sólo cuando es la culminación de un proceso
democrático continuado y no cuando se le subordina.
c.
Inestabilidad política y seguridad de la propiedad.
Para el caso de
México específicamente, un factor del riesgo político consistentemente alto
(calificado como "BB", grado de no inversión, hasta que
recientemente ha cambiado el status) es "la calidad de la gobernabilidad"
que abarca "la calidad de las instituciones del sector público; la
eficiencia de los servicios gubernamentales y la capacidad del gobierno para
establecer la estabilidad macroeconómica. En un análisis de factores
dinámicos, la estimación del índice de riesgo nacional mensual es
determinante para las proporciones de las importaciones a las reservas y la
deuda a las exportaciones. En el riesgo nacional, la inestabilidad
sociopolítica es un importante componente.
Un aspecto
importante es determinar las incertidumbres involucradas en las
transferencias de los gobiernos regulares a fin de evaluar las posibles incertidumbres de la
elaboración de las leyes. Los cargos constitucionales del gobierno (como
resultado de las elecciones) se acompañan usualmente por grandes cambios en
las reglas y regulaciones que tienen un impacto en los negocios.
Con respecto a las
incertidumbres de la aplicación de la ley, es importante determinar si las
empresas tienen confianza en las habilidades de las autoridades del Estado
para proteger los derechos de propiedad y para garantizar un proceso judicial predecible. El robo y crimen son problemas serios
que pueden substancialmente incrementar los costos de hacer negocios. No se
tiene confianza en que las autoridades del Estado protejan a las personas y
su propiedad de acciones criminales. La
impredictibilidad de lo judicial presenta un problema mayor para las
operaciones de los negocios. La inseguridad pública en México ha colocado al
país en una situación cercana al caos, rebasando a las instituciones que
fueron los pilares de un sistema ya en descomposición, como el caso del PRI.
d.
Interfase gobierno-empresas.
En México, los
principales obstáculos para los empresarios son el crimen y el robo, seguido
por una inadecuada oferta de infraestructura, inflación, corrupción y
financiamiento. Sin embargo, existen empresas que no pagan impuestos, o bien
sus pasivos los han transferido a deuda pública mediante mecanismos de rescate a los bancos acreedores,
cuando éstos han tenido problemas financieros.
En resumen, los gobiernos priístas dejan
como saldos las “heridas abiertas en la conciencia nacional” por los conflictos indígenas de
Chiapas, niveles crecientes de pobreza, el aumento de la economía informal,
el incremento de la violencia y la inseguridad pública, corrupción e
impunidad, las condiciones precarias de la micro, pequeña, mediana y gran
empresa y el deterioro del sector agropecuario.
En suma, el problema actual de México es
tener una buena macroeconomía pero una mala microeconomía.
5.
LA TRANSICIÓN DEL RÉGIMEN DEL ESTADO MEXICANO: DEL ESTADO EMPRESARIO AL
ESTADO DE LOS EMPRESARIOS.
El modelo de partido de Estado, y más
concretamente del PRI-Estado mexicano se ha agotado. La caída del PRI del
gobierno federal y su pérdida de la mayoría absoluta en el Congreso de la
Unión en las pasadas elecciones es un acontecimiento que constituye una nueva
etapa que da lugar a la alternancia del PAN en el poder político mexicano. A
diferencia de las demás alternancias en el poder que ha habido en México,
ésta ha sido por la vía pacífica y en un ambiente de estabilidad política,
materializando la llegada de un partido contrario al que detentaba el poder.
Durante las últimas cuatro
administraciones no ha sido evidente la transferencia de poder bajo
condiciones de estabilidad económica y política. Era necesario la
desaparición del Estado-PRI. El último sexenio priísta coincide más con un
cambio de partido que con cambios de un régimen político centrado en un
partido de Estado y caracterizado por la hegemonía de un partido político, el
PRI, que detentó el poder por un período de setenta y un años, de 1929 a
2000, y que sirvió de sustento a un sistema presidencialista con poderes
meta-constitucionales, omnipotente sobre los otros poderes (legislativo y
judicial) y sobre las esferas de la vida económica, política, social y
cultural.
El cambio de gobierno implica reacomodos
acordados y no acordados entre los intereses políticos y económicos. En
primer lugar, la renuncia del presidente a los poderes y al sistema de
patronazgo establecido por el PRI a todos los presidentes que salieron de sus
filas. Sin embargo, el cambio de partido en el gobierno puede mantener las
mismas estructuras presidencialistas, cuyos antecedentes más remotos se
encuentran en el Huei Tlatoani, o máximo señor, jefe militar, civil y
religioso entre nuestros ancestros Aztecas, que luego derivó en una cultura
política. Para un verdadero cambio
de régimen político hacen falta muchas reformas y transformaciones
estructurales tales como acordar reformas a la Ley de Administración Pública
para cambiar la cultura política, reformas al régimen gubernamental, a
fortalecer el poder Legislativo, independizar al poder Judicial y acotar al
poder Ejecutivo, especialmente en sus atribuciones de jefe de gobierno y de
jefe de Estado.
En las últimas dos décadas, en medio de
grandes crisis financieras y con un proyecto neoliberal de política económica
se detuvo el crecimiento en la década de los ochenta y lo acelera en los
últimos cuatro años de los noventa, da como resultado grandes desequilibrios
y desarticulaciones en los procesos económicos y el desmantelamiento de los
mecanismos de defensa del Estado mexicano. En la etapa decadente del sistema
PRI-presidencialista aumentó la corrupción, se destruyó la cohesión social,
los niveles de pobreza aumentaron alarmantemente y concentró el ingreso “a
favor de una minoría que coincide en su composición y voracidad con las
elites criollas herederas y beneficiarias del sistema de castas de la época
colonial y del sistema porfirista.” Así que en parte la derrota del PRI como
partido hegemónico se debe a la repulsión colectiva a una política económica
que ha aumentado los niveles de pobreza, corrupción y violencia social. El PRI perdió su capacidad de respuesta
frente a una sociedad civil más activa.
El último Presidente del PRI,
Zedillo, “se cortó el dedo” que designaba a su sucesor y le heredaba el poder,
para abrir la elección del candidato tricolor. Sin embargo, no logró frenar
la maquinaria de compra y coacción del voto, pero disciplinó a los más
reaccionario para impedir que se volvieran a robar la elección y luego, al perder en la contienda
frente a los otros partidos, para dar paso a una transición democrática que
refuncionaliza el sistema. En pocas horas se ha pasado de un régimen de
partido hegemónico y gobierno autoritario, hacia un sistema más democrático,
concluyendo el proceso democrático de transición, entregando el poder en
condiciones de normalidad económica y sin incertidumbre acerca del cambio de
gobierno o de régimen.
La transición del unipartidismo a
la democracia. Sin embargo, hasta cierto punto, esta transición democrática
es muy cuestionada, porque lo que realmente se ha dado es un cambio de
partido en el poder. En cualquier transición, es evidente que la abdicación
total de aquéllos poderes que
tienen que ver con el control del proceso político, dejaron vacíos de poder
cuyas consecuencias han sido adversas. Todavía más, está por verse si el
sistema democrático mejora las condiciones de vida de los mexicanos.
Ciertamente, no hay un cambio de régimen político, sino la profundización de
la política económica neoliberal que ya se venía aplicando en México desde
mediados de los ochenta. Termina la era de 71 años del partido hegemónico del
PRI y se espera que también termine la era del presidencialismo mexicano.
El cambio del sexenio y de partido
político en el poder bajo el mismo régimen político, al igual que la forma de
acceso al poder político ha sido por la vía democrática, lo que ha modificado
las expectativas y desempeños del funcionamiento de la vida pública nacional.
En parte estos cambios han sido el resultado del hartazgo creado por el
partido político que venía gobernando. Sin embargo, as altamente cuestionable
la forma en que se apeló al “voto útil”, y no al “voto ético de los principios y los proyectos”,
condicionándose a los electores que en el PAN estaba el cambio y
construyéndose un espacio de mercado electoral sobre una falsedad que fue
aceptada aunque han explicado porqué y que “no significaba de ningún modo un
dique de contención al neoliberalismo sino sólo sacar al PRI de Los Pinos”
(Rodríguez Araujo, 2000).
Para algunos críticos escépticos lo que sucede
es un simple cambio en la forma de hacer las cosas, más que en el contenido
de las mismas. Por todos los medios viables a lo largo de tres años se satanizó
al PRI y se vendió a la juventud despolitizada la idea de la necesidad y
posibilidad de la alternancia en el poder político para crearles escenarios
en donde multiplicaban oportunidades de movilidad social, educación y
empleo.
El cambio de partido político en el
mismo régimen representa una ruptura del viejo sistema político mexicano y
una continuidad en los procesos de desarrollo conforme al modelo neoliberal
impuesto por los intereses del capital transnacional. Así, el cambio puede
ser significativo porque representa un balance final de un régimen
presidencialista y de su modelo económico neoliberal.
Con el cambio de partido en el poder
termina la era del PRI, ya conocida como la era de los dinosaurios, con 22
presidentes del mismo partido que cubren un período de setenta y un años,
miembros de la “familia revolucionaria”, con un estilo de gobernar
patrimonialista donde investidura y bienes públicos atribuibles al cargo
público se consideran propiedad personal, así como al paternalismo que
facilita el control político a través de las prácticas corporativistas,
clientelares y viciadas de quienes tienen menos recursos, pero amarrados a
cadenas de corrupción y complicidades. Los intereses corporativos que
condicionaban el voto de los ciudadanos también oprimían sus derechos
políticos y humanos. Resulta interesante analizar los cambios de los
antecedentes de las carreras de los presidentes, siendo los primeros
militares, quienes cedieron el poder a los abogados para luego dar
oportunidad a los economistas y finalmente arriba un empresario.
Al abrirse la alternancia a la
Presidencia de la República, el final del último sexenio priísta ha sido
diferente a los últimos cuatro sexenios que dejaron como herencia crisis
económicas y deterioro político, aunque todavía persisten las evidentes expresiones
de descomposición política, violencia y corrupción. En los dos últimos
sexenios, el de los Presidentes
tecnócratas que privatizaron la política, Salinas (1988-94) y Zedillo
(1994-2000), representaron políticamente a los dos grandes grupos locales de funcionarios
y empresarios con poder real. Los dos presidentes tecnócratas tuvieron como
característica gobernar en función de enfoques personales de las relaciones
sociales y de poder, dando lugar a la
emergencia de complicidades entre los tecnócratas y los empresarios
ampliando la relación capital-política, los hombres que detentan el poder
económico, sin respetar las reglas del sistema ni la correlación de fuerzas
sociales y política.
La tecnocracia mexicana ha sido
insensible e indiferente a los problemas sociales. Ambos, Salinas y Zedillo
pueden ser identificados más que como
gobernantes, como administradores o gerentes de la política económica.
La estrategia sobre la que centraron la implementación del modelo neoliberal
consistió en mantener un grupo reducido de economistas tecnócratas en una red de alianzas y
complicidades con grupos capitalistas, a los que Ortíz Pinchetti (2000a) denominó la
nomenklatura, con intereses financieros insaciables y que fueron los
principales beneficiarios del modelo. En la estrategia de Salinas, a través
de apoyos al PAN se apalancó políticamente a su grupo de interés empresarial
y financiero, en sus meganegociaciones cupulares con el grupo de Zedillo
(Soto, 2000) en la que victimaron al PRI. La descentralización del poder
iniciada por Salinas y profundizada por Zedillo consolidó la participación de
los grupos financieros que forman la nomenklatura.
Salinas primero y
después Zedillo, gobernaron con autoritarismo para implantar la política
económica impuesta por instituciones supranacionales y fueron flexibles en la
política donde ampliaron las libertades políticas con criterios pragmáticos,
siempre y cuando no contravinieran la política económica. Así se cumple el
principio de que toda reforma económica
sin la reforma política es insuficiente y origina peligrosas
contradicciones. El proyecto modernizador de los presidentes tecnócratas,
neoliberal y globalizador promovido por los gobiernos del PRI y que le costó
a éste el poder porque no ha sido capaz de entregar beneficios a la mayoría
de la población, se sustentó en un orden económico sustancialmente diferente
al que orientó a los gobiernos emanados de la Revolución Mexicana.
En el sexto informe de gobierno de
Zedillo, el Diputado de la oposición Batres lo acusa de pretender ser un
“Robin Hood al revés, toda vez que expropia a los pobres para darle a los
ricos…”. Los gobiernos neoliberales afirma, han actuado de manera “desalmada,
nada los conmueve y sus grandes obras son sus negocios, que en unos cuantos
años permitieron enriquecer a unos cuantos” (Rodríguez López, 2000). Pero lo
insólito fue que las mismas fracciones parlamentarias del PRI abandonaron la
vieja costumbre de salir en defensa de su presidente para criticarlo
reconociendo yerros e ineficiencias de su gestión. Sólo la inconformidad
social puede hechar a perder el proyecto de modernización neoliberal, la cual supone un período de
medidas de ajuste de 25 años durante el cual pretenden conservar el poder,
basado en el control del ingreso del trabajador y no del capital.
Si bien se privilegió la estabilidad y
la renovación del crecimiento económico con altas tasas del producto interno
bruto que alcanzaron el 7.8 por ciento en el primer trimestre del 2000, Zedillo
cierra el período priísta sin haber cumplido su promesa de campaña, el tan
anhelado “bienestar para sus familias” y deja también desmanteladas
instituciones públicas que promovían el bienestar social. Sin embargo, es
preocupante que las altas tasas de crecimiento del producto interno bruto
sean transitorias y provoque una más de las crisis con altos costos a las que
nos hemos acostumbrado en el pasado.
La descentralización del poder iniciada
por Salinas y profundizada por Zedillo, consolida un escenario de poder
compartido con gobiernos divididos formado por los avances electorales de
partidos opositores al PRI, los cuales constituyen contrapesos reales de los
gobiernos federal, estatales y municipales. La consolidación de este nuevo
proyecto modernizador fortalece al PAN, el relevo natural que “sólo pretende
reformas en el nivel de la administración política que debe suponer la
modernización neoliberal” de acuerdo con Montemayor (2000). Así el PAN avanza
el proyecto neoliberal globalizador y se da paso a una administración federal
y municipal acorde con la “modernidad”.
Así, el PRI sufre una involución por los
procesos de ajuste del proyecto durante estos últimos 18 años, entre los que
destacan su propia transformación ideológica para acomodarse a los principios
neoliberales, totalmente opuestos a la ideología revolucionaria y los cuales
convierte a la etapa moderna de la Revolución Mexicana. Montemayor (2000)
argumenta que el PRI apostó, por obediencia, contra sí mismo. El proyecto
modernizador “socavó su estructura y, sobre todo, los valores entendidos de
equilibrio de fuerzas y grupos que participaban en el anterior sistema
político mexicano”. Para los neoliberales, las medidas de ajuste tomadas
durante los últimos tres gobiernos de México son correctas y por lo mismo, los
conflictos del país sólo provienen de la corrupción e ineficiencia de los
gobiernos príistas.
Otra lectura de la caída del régimen del
PRI-Estado es la disfuncionalidad que alcanzó la burocracia del aparato
administrativo, con altos niveles de corrupción e ineficiencia, con una
estructura autoritaria y vertical que sólo respondía a las decisiones
presidencialistas pero mostraba su incapacidad para dar respuesta a las
demandas de la ciudadanía. A este tipo de organización de la administración
pública, según Barboza Rodríguez (2000) “obedece la generación de muchas
obras inútiles y un enorme dispendio. Y, no pocas veces, un sector construye
lo que otro destruye. Los mexicanos sólo sabemos de los “elefantes blancos”
por la danza de millones de pesos. Los beneficios tangibles son nulos o
pobres cuando los hay”.
El siglo XXI inicia en México con el
nuevo paradigma de gobierno empresario. El PAN gana las elecciones a la
Presidencia de México en el 2000 con el carismático Vicente Fox, el candidato
que con una campaña mercadotécnica orientada a enfatizar la contradicción
régimen-antirégimen, se sentía llamado a sacar al PRI de Los Pinos, la
residencia presidencial, dando así por terminado el fin del régimen del PRI e
iniciando un nuevo ciclo. En parte, la gente votó en contra del PRI más que a
favor de Fox. Fox ha dicho que su gobierno será de transición hacia el nuevo
régimen democrático. En su discurso del 2 de agosto cuando recibió su
constancia de Presidente Electo, Fox sostuvo enfático: “Encabezaré un gobierno
de transición plural e incluyente, capaz, con visión de Estado y con latos
estándares de honradez y calidad” (Macroeconomía, 2000).
La endogamia del Partido-Estado en el
poder durante 71 años había generando una estructura perversa con grandes
taras que la sociedad mexicana ya no toleraba. Fox fue el beneficiario del
voto determinante de los pobres marginados de los grandes centros urbanos y
de aquéllos de las zonas rurales e indígenas rezagadas que renegaron del PRI. Sin embargo, no se cumplió el
supuesto de que el “voto verde” de las zonas rurales y marginadas decidiría
las elecciones a favor del PRI, aunque este partido todavía obtuvo mayoría,
pero menor que en las pasadas elecciones federales de 1994. Este
comportamiento electoral no se
había manifestado anteriormente porque además los electores diferencian su
voto para no otorgar todo el poder a un solo partido.
En estas elecciones del 2000, por
primera vez en 71 años, el PRI pierde la presidencia de la República, evento
trascendente para la vida política del país porque se cambia radicalmente la
perspectiva política y las expectativas nacionales. Esta derrota del PRI como
partido político hegemónico en el poder, es resultado de “la destrucción
progresiva de la cohesión
social: aquéllas normas y pactos expresos e implícitos que nos mantenían
unidos a los mexicanos. Y esto se debió a la inclinación del gobierno a
favorecer a la oligarquía criolla y a la concentración monopólica del
capital” de acuerdo a Ortíz Pinchetti (2000).
Por su parte, Touraine (2000) argumenta que el
resultado de las elecciones que acaban de poner fin al largo reinado del PRI
habría podido preparar un refuerzo de la acción política y de la intervención
del Estado en un país cuyo crecimiento no ha reducido la desigualdad social.
La economía crece pero no reparte los beneficios del crecimiento, es decir,
genera riqueza pero también genera pobreza. Se anuncia lo contrario, la
reducción del peso del Estado, a pesar de que el sector público ha sido
tradicionalmente débil en México. La inserción de México en la economía
global limita las opciones del poder de cambio institucional del Estado.
Se abre y se desborda el sistema político
mexicano por movimientos que orientados por el cambio dan inicio a la
protesta y al debate público más que a un nuevo proyecto político, más sin
embargo, este proyecto democrático sólo se entiende desde una despolitización
de la política. En realidad, el proyecto político y económico de Fox da
continuidad al proyecto de los tecnócratas, más que ser una transición,
porque lo único que se da no es un cambio de régimen político sino de
alternancia de partido en el poder, aunque lo ideal hubiera sido la
alternancia con alternativa, la necesaria alternancia en el sistema
gubernamental, dadas las condiciones de los partidos. En todo caso, la
transición política ha sido posible gracias a que el mismo modelo neoliberal
ha desarticulado a la sociedad civil y a la ciudadanía. Lo que ha pasado en
México, según varios analistas es que “triunfó una democracia de tipo
caudillista ante una izquierda debilitada y en un marco de partidos políticos
débiles y desestructurados que
reflejan más bien elites decadentes y centralistas” (Muñoz, 2000). Sin
embargo, es altamente cuestionable hasta dónde se ha dado el tránsito a un
régimen democrático y la sepultura de un régimen presidencialista
dictatorial.
Más que continuidad, se profundiza el modelo
neoliberal con la llegada de Fox a la presidencia de México, quien representa
un tercer momento de la economía neoliberal impulsada por Salinas. No
obstante, los tecnócratas han sido golpeados políticamente por los
empresarios, la nueva clase política que emerge de las organizaciones locales
de pequeños y medianos empresarios principalmente del Norte, que han querido
liberar al país de la corrupción y del clientelismo del partido de Estado. El
Estado Empresario estaba siendo desmantelado desde el arribo de los
economistas tecnócratas al poder y ahora con un empresario como Presidente de
México, el Estado mexicano se ha convertido en un Estado de Empresarios, que
ven la democracia como un buen negocio, es decir, la Coca-colaficación de
México, en referencia a los antecedentes gerenciales de Fox en la
transnacional.
Según un líder empresarial canadiense,
para Fox, gobernar México no será lo mismo que dirigir Coca-Cola, pero su
experiencia empresarial le ayudará mucho a tomar decisiones (Inclán, 2000).
El analista Rubio (Jiménez Lazcano, 2000) describe el perfil de Fox como “una
persona evidentemente práctica, pragmática, que claramente se adapta las
circunstancias; (sic) tiene un sentido muy claro de sus prioridades y tiene
un sentido muy claro de cómo utilizar y para qué quiere utilizar a cada una
de sus gentes, y en ese sentido lo que debemos esperar es a una persona muy
poco ideológica, muy poco dogmática y muy adaptable al entorno que se vaya
presentando en cada momento."
Resulta paradójico que en un país donde
más del 60% de la población es pobre, gane las elecciones un partido de
derecha que postula la profundización del modelo neoliberal responsable del
aumento de la pobreza. La llegada de Fox al poder, según Fazio (2000a),
“coincide con la consolidación de un proceso de concentración y
oligopolización económica y centralización política en la toma de decisiones,
y expresa que las formas anteriores de representación clientelar y
corporativa fueron desplazadas por formas de representación directa que se
habían venido manifestando de manera larvada. Asistimos a un proceso de regresión neoligárquica, en el
sentido de que los grupos propietarios ejercerán directamente la dominación-
aunque lo hagan por medio del Estado-, remplazando a una parte de la alta
burocracia gubernamental y eliminando a la antigua mediación conciliatoria
representada por la “clase política” priísta”.
Con Fox el presidencialismo mexicano
transita del autismo al caudillismo democrático. La llegada de Fox a la
Presidencia de México, según Krauze (citado por Fazio, 2000b) fue el
resultado de “una búsqueda directa, inmediata, empresarial al poder. Vinos de
nueva mercadotecnia en viejos odres de caudillismo…un caudillismo
plebiscitario con ribetes mesiánicos, muy peligroso en un país al que le
costó mucho la separación entre la iglesia y el Estado” No obstante el
fantasma del presidencialismo no se ha alejado con Fox en la presidencia,
quien ha asumido actitudes de “caudillo” del pueblo debido a que todavía
están presentes los patrones de comportamiento que lo alientan, solapadas en
las lagunas existentes en la Constitución. Un verdadero cambio de régimen,
implica una profunda Reforma del
Estado con una nueva Constitución, y en
las que las diversas fuerzas políticas acote la actividad presidencial.
Fox es el primer presidente empresario
surgido de las elites locales que se revelan contra el centro del país,
representante de la opción de la “corriente electoralista” de las elites
empresariales dentro del PAN, especialmente la denominada de la fracción del
Norte o “Grupo Monterrey”, con el que tiene vínculos estrechos y que apoyado en la ideología de la
nueva derecha mexicana, se
expresa en la corriente
pragmática o neopanismo, opuesta a la doctrina y a la ortodoxia
tradicionales. Según el exlíder y dos veces candidato Panista, Pablo Emilio Madero, sobrino
del demócrata antirreeleccionista Francisco I. Madero, “El eventual triunfo
de Vicente Fox Quezada en la elección presidencial coronaría el acuerdo de un
grupo de empresarios que en 1982 decidieron, en una reunión en Cd. Juárez,
Chihuachua, infiltrar y controlar al Partido Acción Nacional (PAN) para
obtener intereses particulares. Un virtual ascenso del neopanismo al poder
constituye un grave riesgo para México porque imperaría el principio
pragmático del interés personal y no del bien común, y una vez como gobierno
los vencería la tentación del autoritarismo para eliminar a opositores, lo
que generaría desaliento nacional ” (Ruiz Meza, 2000).
La propuesta de cambio de
Fox es considerada imprecisa con respecto a la propuesta panista. Según
Loaeza (Rivera, 2000) “El PAN y las clases medias que se expresan en él no son reaccionarios, por el
contrario. Quieren un cambio político, les gusta la sociedad moderna, miran
hacia el exterior. Aunque por otra parte, tal vez estén por una menor
desigualdad social pero no por una igualdad absoluta, porque eso no les
interesa. Tienen una visión antiigualitaria de la sociedad, a ellos no les
interesa la igualdad sino la libertad. Libertad con orden, eso sí…La justicia
social no es un tema panista…”
A diferencia de la corriente
doctrinaria, la ideología del neopanismo, con ciertos atisbos de fascismo,
defiende el “changarro” de los ataques del populismo oficial. Con un enfoque
que dista mucho de la política socialdemócrata, con los llamamientos al “voto
útil” que no reconocen diferencias ideologías más que el simple impulso de
sustraer el poder del Partido del Estado, y bajo la presentación de un
“partido virtual de la unidad”, la clase política se recompone con el arribo
de los empresarios al poder formal. Así los empresarios arriban al poder
político desde los sindicatos empresariales a los que pertenecen,
principalmente del Norte del país, usados como plataformas de lanzamiento.
No obstante, que el neopanismo combate
el populismo oficial, la descomposición del sistema político mexicano fue la
principal causa de que con Fox surgiera un nuevo populismo antipartidos.
Según Touraine (2000), esta descomposición política va de la mano del avance
de los grandes conglomerados económicos mundiales, la que en el caso de
México además se expresa en una alternativa “a la mexicana” que difícilmente
pueda considerarse “como una vía real para la creación de una verdadera
democracia”. Pero en el desbordamiento de estos marcos políticos, al igual
que es peligroso dar prioridad a la caída de un régimen ya vacío de su
substancia, también es peligroso alentar de este modo la unión ya demasiado
fuerte entre un vago populismo y el liberalismo económico. La resistencia a
esta tendencia populista que ataca al mismo tiempo al sistema político y a la
capacidad interventora del Estado tiene que organizarse desde los movimientos
populares que tengan la capacidad para manifestar y expresar las demandas
populares de los sectores más desfavorecidos, de tal forma que realmente contribuyan
a la renovación de la vida
pública.
La transición al nuevo régimen no ha
sido tan tersa y suave. Los caciques que detentaban el poder político y
económico no se resignan a perder. El PRI herido de muerte ha entrado en
disputas internas por el poco poder que queda y los grupos políticos se
lanzan a la defensa de sus intereses y sus cuotas de poder con
enfrentamientos violentos Sin embargo, la tersura de la transición política
hace suponer que ha sido pactada por quienes mantienen el poder real.
6.
EL CAMBIO DE PARTIDO EN EL PODER: EL ESTADO MEXICANO DE LOS EMPRESARIOS EN EL NUEVO PERÍODO
PAN-PRESIDENCIALISTA.
El arribo de los empresarios al
Estado mexicano significa el desplazamiento de los políticos del poder
formal. En otras palabras, lo que cambia es el poder formal, porque el poder
real permanece inalterable. El Consejo Mexicano de Hombres de Negocios deja
de ser un grupo de presión ante el poder del Estado, para convertirse en el
interlocutor de los empresarios frente al gobierno federal, y para determinar
las decisiones económicas y políticas nacionales. Es decir, la toma directa
del poder político por los grupos conservadores que detentan el poder
económico hegemónico y neo-oligárquicos nacionales subordinados a los intereses
del capitalismo transnacional para ejercitar una nueva estrategia de
gobernabilidad que les permita el dominio y control directo de los medios
para el logro de sus máximos beneficios (eficiencia), sin tener necesidad de
recurrir a la intermediación de una clase política que se cobraba caro la
mediación de los arreglos de los factores de producción, entre capital y
trabajo, por ejemplo. Sin embargo, en la historia de la humanidad, el logro
de la eficiencia no ha traído consigo la justicia social.
El nuevo Estado de empresarios se
plantea administrar eficientemente el orden existente para garantizar al
capital globalizador transnacional las mejores condiciones para sus
inversiones en México. Ya el coordinador general en materia económica del
equipo de transición garantizó “cero discriminación” para el empresariado
mexicano. Por su parte, el dirigente de una de las más poderosas
organizaciones de empresarios augura que el gobierno de Fox “será más
amigable con el sector productivo, ya que tiene una visión clara de las
necesidades de una empresa, para que pueda crear riqueza y más fuentes de
trabajo” (Becerril, 2000).
Fox representa la alternancia en
el gobierno y ha advertido que el propósito de su administración pública es
eficientar la tarea del gobierno hasta un grado óptimo y eliminar así todo lo
que tenga que ver con errores y corrupción. “Acotaré las funciones que le
restan eficacia a la gestión gubernamental en perjuicio de toda la
sociedad…tenemos que ponerle fin al centralismo plítico y administrativo y
promover el fortalecimiento de nuestro federalismo para impulsar el
desarrollo de las regiones y la viabilidad de los municipios a partir de su
vocación, de sus recursos y de las expectativas de sus comunidades”
(Macroeconomía, 2000).
Su proyecto de reingeniería de la
administración pública federal sigue más el consejo del Banco Mundial basado
más en el pragmatismo de cambiar la administración sin cambios en las leyes,
se sustenta en estructuras más horizontales y flexibles y en criterios de
eficiencia, eficacia, oportunidad, pragmatismo y calidad (Abascal y Macías,
2000a). La estructura horizontal y flexible, articulada por una planeación
estratégica de alcance hasta el 20025 y que combina criterios empresariales
con experiencias del sector público, está formada por superasesores y
supergerentes que coordinen los trabajos en materia de desarrollo humano,
seguridad y justicia, igualdad de oportunidad y renovación de la institución
de gobierno, una coordinación general, Zares (anticorrupción y fronteras), y
Secretarios de Estado en gobernación, desarrollo social, trabajo, empresas y
desarrollo industrial, agricultura y hacienda.
Por su parte, los empresarios han
declarado (Becerril, 2000) que están convencidos que el nuevo gobierno será
“más amigable”, piden opciones para la participación de la inversión privada
en el sector energético (electricidad y petroquímica secundaria), rechazan
que pretenda retomar políticas populistas y confían en que la relación es de
cercanía pero serán críticos cuando se equivoque. Queda claro pues, que Fox
gobernará al Estado mexicano con un enfoque de la Nueva Gerencia Pública,
como si se tratase de la corporación “Mexico, S.A. de C.V.” que pone a remate la petroquímica y
el sector eléctrico a los capitales transnacionales globalizadores.
El acercamiento de Fox es franco y pragmático.
Madero califica a Fox como “pragmático, un hombre dispuesto a echarse
maromas, decir palabrotas, comprar votos, todo con tal de ganar las
elecciones…caía en el pragmatismo, y eso me preocupa que pudiera ser más
importante ese principio pragmático que el principio democrático…habría que
ver hasta dónde un gobierno panista con Fox ‘estaría dispuesto a respetar al pueblo de México por
opiniones en contra de quienes están en el poder’…ya como gobierno podría
hacer lo mismo, a sea eliminar a los que se oponen…” (Ruiz Meza, 2000). El discurso de Fox se caracteriza por
su estilo abierto y por el rompimiento con protocolos rígidos. Su franqueza,
estilo de hombre de negocios y su legitimidad democrática, son puntos a su
favor. Fox tiene la intensión de hacer de su gobierno un promotor dinámico
del desarrollo, vigilante de los derechos humanos y un administrador
pragmático de las políticas públicas domésticas. (Iglesias, 2000).
Como todo buen gerente, su pragmatismo para
resolver los problemas es su principal activo para lograr el “consenso” al
que aspira entre todos los sectores de la sociedad, pero también su punto
débil en las negociaciones: trata de concretar “puntos mínimos de arranque”
en donde todos los actores políticos se pongan de acuerdo, simultáneamente,
en los asuntos económicos y políticos, ya que sus propuestas podrán ser
cuestionados por una sociedad civil y un poder legislativo en el que no
existe una mayoría de alguno de los partidos políticos. Será más fácil que
lograr la cohabitación, construir el consenso necesario ante la falta de
control absoluto de un Congreso que no será incondicional. Fox ha dicho al
respecto que “mi gobierno no tomará decisiones, sobretodo en materia
económica, que atenten contra los intereses de las mayorías. Nada se hará sin
consenso y mucho menos a espaldas de la voluntad de los mexicanos”
(Macroeconomía, 2000). En este sentido, hay consenso entre las diversas
fuerzas políticas para acotar el poder presidencial mediante la supresión de
las facultades meta-constitucionales y la creación del servicio civil de
carrera independiente a la voluntad del ejecutivo.
Pero el pragmatismo de Fox no tiene
bases ideológicas, no se pueden esperar la postulación de valores liberales
sino un necesario escape de la jaula priísta, como bien sentencia Reyes
Heroles (2000). Fox ha declarado que su gobierno no será de rencores y lo
demostró retirando la demanda interpuesta contra quienes le acusaron de
recibir dinero del extranjero confirmando ciertos rumores que en parte
provenían del ex presidente Salinas de Gortari (Lomas M., 2000b).
El enfoque gerencialista del
Estado considera a los ciudadanos como clientes a quienes hay que satisfacer
con servicios de calidad total. El presidente intercambia la palabra cliente
por la de ciudadano, con una visión en la que por ejemplo, resulta impropia
para promover políticas de desarrollo comunitario indígena.
Irrespetuosamente, Fox les ha ofrecido “vocho, changarro y tele” como
respuesta a siglos de rebeliones por las injusticias cometidas en su contra
por el sistema capitalista. Para el neoliberalismo centrado en las fuerzas
del mercado, los indígenas no son consumidores y por lo tanto son desechables
y en el mejor de los casos una población a integrar o asimilar en las capas
más bajas de una fuerza de trabajo sin derechos y subordinada al capital,
como la propuesta para entrenarlos a ser “jardineros de los gringos” hecha
por Fox en campaña. Los analistas políticos coinciden en que “sus propuestas
han sido contradictorias, a veces retrógradas, a veces esperanzadoras, pero
carecen todavía de la coherencia que tendría un programa completo, tendríamos
que ser críticos ante una posible nueva versión liberal con algunas
atenuaciones” (Ortíz Pinchetti, (2000b).
Así, las fracciones que integran las
elites dirigentes se recomponen con los empresarios para garantizar la
continuidad del modelo económico, el dimensionamiento de una democracia
funcionalista que se aparea con la disciplina del mercado y la
refuncionalización estructural del sistema que permite una mayor reproducción
del capital y la profundización de los instrumentos de dominación para marcar
más las diferencias e injusticias sociales. Pero esta democracia auspiciada
por un sistema autoritario de
libre mercado es una ideología hegemónica de las elites del
capitalismo transnacional globalizador que impone las decisiones en su
beneficio. Sin embargo, el poder real permanece bajo el mismo control de los
intereses capitalistas transnacionales.
Por otro lado, el PAN en el
gobierno tendrá que afrontar el desgaste de la figura del Presidente como
gobernante. Hay evidencias de que el estilo de gobernar de Fox será menos
flexible en política y más autoritario en política económica que los
presidentes anteriores, aunque afirme que son prioridades la atención a los
pobres. Bajo esta nueva correlación de fuerzas diferente y con las mismas
reglas de separación de poderes que establecen su autonomía, los asuntos
públicos se manejan en forma más transparente. Los fraudes al sector público
y la violencia a los conflictos ahora tienen un tratamiento más apegado al
Estado de Derecho y la ciudadanía puede exigir el derecho a la rendición de
cuentas y a la transparencia. El establecimiento de las condiciones
materiales para el Estado de Derecho y el orden, será uno de los retos del
gobierno.
La
organización del nuevo sistema
político va a condicionar la política económica.
De acuerdo al análisis de Bendesky (en
Castellanos, González y Lomas, 2000) el auge macroeconómico del país en que
recibe Fox y que se ha prolongado por más de cuatro años “está sostenido por
factores coyunturales escondidos en la cuentas macroeconómicas como el
elevado precio del petróleo, la entrada de divisas que ha abaratado el dólar,
y la dinámica de la economía de Estados Unidos…puede cambiar su tendencia y
hacer pagar los costos a toda la sociedad mexicana cuando esté en curso el
gobierno de Fox.. Entre ellos estaría un ajuste del tipo de cambio, aumento
en la inflación, mayor desequilibrio externo e incapacidad para resolver el
tema de la pobreza”. Así que el reto es mantener la estabilidad económica,
incrementar el crecimiento económico y apoyar la competitividad e incrementar
la productividad de los agentes económicos.
La transición
política vendrá aparejada a una reforma económica pero no habrá un avance
social. Se necesitan reformas económicas estructurales para modernizar el
marco regulatorio de las actividades económicas en general y el
fortalecimiento de la estructura funcional del sistema financiero. Recortes
al gasto social en los rubros de educación y salud pública para adelgazar
paulatinamente la burocracia mediante la transferencia de éstas funciones del
Estado al sector privado. Fox a
dicho que reducirá el costo de gobierno, sometiendo a una dieta rigurosa pero
gradual a la administración pública federal en los próximos seis años.
Cambios para eliminar el candado del 51% a la inversión nacional para dar mayor apertura a la
inversión privada y extranjera y el fortalecimiento del sistema financiero.
El gobierno de Fox
estará comprometido con una reforma fiscal integral y el endurecimiento de la
disciplina fiscal. Sin embargo, el Fondo Monetario Internacional (FMI) recomendó
mantener una “prudente política fiscal para asegurar la continuidad de su
favorable crecimiento y evitar el riesgo de un sobrecalentamiento en su
economía”, (Reuters, Notimex y Afp, 2000). Una reforma fiscal que erosionaría
el principio de solidaridad, base del pacto federal que atiende a las
desigualdades de desarrollo regional, sustento del desarrollo nacional.
Privatizaciones y
apertura a la competencia del sector energético, especialmente a la industria
eléctrica y petroquímica, a fin de que según los mismos empresarios, “el país
funcione bien…los empresarios no quieren comprar Pemex o CFE. Como sector
privado lo que deseamos es que nos dejen competir, participar en ciertos
ámbitos de estas ramas productivas, para hacerlas competitivas al nivel
internacional…no hay que poner candados a la inversión extranjera para que
incursione en la electricidad e hidrocarburos. Las únicas reglas para los
capitales nacionales y extranjeros deben ser una economía de mercado,
apertura comercial y precios fijados por la competencia internacional”
(Becerril, 2000).
Reformas al
artículo tercero de la Constitución para introducir la libertad de la
enseñanza y con ello la posibilidad de dar la oportunidad a la educación
religiosa en las escuelas. Una racionalización de la legislación laboral es
también necesaria, una reforma al artículo 123 para introducir una Nueva Ley
Federal del Trabajo menos proteccionista de los derechos de los trabajadores,
etc. La creación de más empleos y mejores salarios, son algunas de las
propuestas del nuevo gobierno. En suma, la profundización del modelo del
libre mercado.
Bajo un enfoque de
la Nueva Gerencia Pública, el gobierno de Fox se propone profundizar en la descentralización
de las decisiones mediante el fortalecimiento del federalismo, un federalismo
post-PRI para transferir a los gobiernos estatales los recursos, facultades y
responsabilidades. En materia económica, esta acumulación de recursos,
facultades y decisiones dió lugar a lo que Zaid denominó “la Economía Presidencial”.
El proyecto de restructuración y reingeniería del gobierno federal se orienta
con un criterio eficientista al adelgazamiento paulatino de la burocracia a
fin de optimizar los recursos y reducir los costos de su funcionamiento.
El proyecto del
gobierno de Fox se ubica en 8 áreas estratégicas: reestructuración de la
Secretaría de Gobernación, modificaciones en la procuración de justicia y
seguridad pública, redefinición de funciones de la Contraloría, modernización
y reformas a la industria energética (petróleo y electricidad),
replanteamiento de objetivos de desarrollo social, continuidad del proyecto
económico y reactivación de la política exterior (Chávez, 2000a). En términos
generales no se rectifica la política económica neoliberal prevaleciente en
los últimos 18 años, sino más bien una profundización de la misma. Sin
embargo, su proyecto de reestructuración de la administración pública federal
asegura que “ninguno de los actuales servidores públicos se quedará en la
calle sin oportunidades de empleo” (Chávez, 2000b).
La Reforma del Estado, la
descentralización de las funciones y la reorganización de la burocracia
gubernamental son impostergables para mejorar la democratización,
gobernabilidad, administración pública e imponer el Estado de Derecho para la
legalidad y la impartición de justicia. El desafío para organizar al gobierno
consiste en estructurar un sistema de administración matricial multisectorial
de la gestión pública (Barboza, 2000), con un doble propósito: coordinar las
acciones sectoriales y distribuir en las estructuras de los gobiernos
locales, atribuciones y facultades que tengan como finalidad el
restablecimiento de la solidaridad y la cohesión social y que sean además
incluyentes de los sectores sociales excluidos de los beneficios del
desarrollo.
7.- Algunas implicaciones.
El reto principal
del nuevo gobierno será el de construir nuevas estructuras institucionales
que resuelvan los problemas de la nueva realidad que enfrenta el grupo
empresarial en el poder, como por ejemplo, aquéllas instituciones que impidan
las prácticas monopólicas y que sustenten la gobernabilidad de la sociedad
mexicana. Esta gobernabilidad debe ser considerada como un mecanismo
democrático que facilita las relaciones con los poderes públicos en los
procesos de toma de decisiones para la formulación e implementación de las
relaciones públicas, y establecer una relación armoniosa entre los tres
poderes. En materia política, destaca consolidar la madurez de los procesos
democráticos electorales, lograr la reconciliación política entre las
diversas fuerzas políticas, fomentar la pluralidad política e ideológica en
los órganos del Estado, impulsar los procesos de descentralización,
federalismo y desarrollo regional y municipal.
Las nuevas
instituciones que emerjan de esta reorganización descentralizada del gobierno
deben estar orientadas a satisfacer las demandas de la ciudadanía abriendo
canales para encauzar la participación social y ampliar la democracia
mediante el reconocimiento de su ámbito territorial y de estructuras propias
de organización pública, la elección directa de los representantes, la
asignación de facultades al gobierno municipal, la capacidad de coacción, la
disponibilidad de recursos no etiquetados y la gestión directa de servicios
locales.
Con una estructura
fiscal débil, el financiamiento de las funciones básicas del Estado no será
posible. Otras funciones del Estado serán transferidas a la sociedad civil y
al mercado. El gasto social
tendrá un margen de maniobra limitado para apoyar la política social
en materia de educación, salud, seguridad pública e infraestructura. Una
educación pública, laica, gratuita y basada en los valores y la calidad, será
el eje de la política social.
Fox tendrá que establecer programas y mecanismos que reduzcan la
pobreza y logren una justa distribución del ingreso, recuperen el ingreso
real y se traduzca en beneficios a las familias, mediante la generación de
oportunidades de empleo, fuentes de financiamiento, capacitación, etc., para
todos. Sociedades filantrópicas y la iglesia católica se encargarán de
desarrollar algunas de las funciones antes encomendadas al Estado Benefactor,
cuando precisamente existía la separación entre la Iglesia y el Estado, tales
como la asistencia social a los grupos excluidos y marginados.
La propuesta del modelo
capitalista democrático para las economías de mercado de los países
latinoamericanos necesita revisarse en función de los resultados expresados
en incremento de la pobreza. Recuperar la credibilidad en el gobierno y su
legitimidad son algunos de los principales retos que tiene la próxima
administración de Fox, al igual que reducir el alto índice de pobreza
mediante la creación de un millón doscientos mil nuevos empleos por año,
mantener el crecimiento económico y el desarrollo económico. Se requiere la
corrección de las desigualdades sociales a partir de una reorientación de la
política económica. Abordar políticas públicas que combatan la desigualdad en
materia de educación, de salud e infraestructura y de vivienda, es un tema
impostergable
Se requiere una acción rectora y
rectificadora del Estado para corregir las desigualdades, una economía que
sea social, una economía humana, una política humanística en el sentido
económico con un alto énfasis en el combate a la desigualdad. La política
económica debe orientarse a generar condiciones de vida humana y no
únicamente cambiar el sesgo que da al mercado una hegemonía indiscutida y
orientar ciertamente sobre bases productivas, pero responsabilizar al Estado
del combate a tales desigualdades. La política económica tiene que unificarse
para reducir la pobreza con medidas propuestas como el establecimiento de la
Banca Social para apoyar empresas familiares y asociativas, así como la
creación de un pacto salarial gobierno- patronal- obrero, que permita
recuperar el poder adquisitivo de los trabajadores.
Se requiere un sistema político que
transparente la gestión pública y se aplique frecuentemente la rendición de
cuentas, que permita a los gobernantes estar más cerca de sus gobernados y se
abra a la participación social el diseño y la implementación de las políticas
públicas. Sin embargo, el
discurso conservador panista y empresarial sólo reconoce la participación
social de organizaciones no gobernamentales de asistencia privada con fines
filantrópicos. No obstante que en esta coyuntura de alternancia de partido en
el poder, la sociedad civil que siempre había mantenido una relación
conflictiva con un gobierno que buscaba su control corporativo, ahora tiene
la oportunidad para participar en el diseño del proyecto de país bajo una
nueva relación con el gobierno.
Sin embargo, existe una fuerte preocupación
porque se han presentado ciertos signos de amenaza y peligro en los gobiernos
estatales de extracción panista, como en los casos de Jalisco, Chihuahua y
Nuevo León. Los gobiernos panistas en estos Estados han dejado antecedentes
negativos de represión a organizaciones civiles críticas relacionadas con la
defensa de los derechos humanos, laborales, políticos y ciudadanos, y una falta de respuesta institucional ante situaciones de
violencia cuando se buscaban compromisos. Esta huella hace suponer la
existencia de un perfil amenazador del gobierno de Fox.
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