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Año V, No 001, Enero - Junio, 2001 2000 UNIVERSIDAD DE EL SALVADOR.
MODERNIZACION NEOLIBERAL DEL ESTADO SALVADOREÑO, CONFLICTO SOCIAL, Y CULTURA DE PAZ. (Análisis Crítico del Carácter Neoliberal de la Modernización del Estado Salvadoreño, Desde el Caso del Conflicto en el Instituto Salvadoreño del Seguro Social, a Partir de la Teoría de Cultura de Paz).
Tito Alfredo Jacinto Montoya.
San Salvador, Enero del 2001. A los trabajadores del STISSS, Los médicos del SIMETRISSS, Y el Colegio Médico de El Salvador.
"Sólo la verdad es revolucionaria" (Antonio Gramsci).
PRESENTACIÓN. INTRODUCCIÓN I. LA CONCEPCION NEOLIBERAL DEL ESTADO CAPITALISTA
Del Estado II. NOTAS ESENCIALES DEL TIPO DE ESTADO EN EL SALVADOR III. ELEMENTOS PARA FUNDAMENTAR UN CONCEPTO CRITICO DE CULTURA DE PAZ IV. MODERNIZACION NEOLIBERAL DEL ESTADO SALVADOREÑO Y CULTURA DE PAZ
Neoliberal de la Salud Pública Y la Asistencia Social Del Sistema de Salud
VI. PRIVATIZACION DE LA SALUD, CULTURA DE PAZ, Y CONFLICTO SOCIAL
VII. CONCLUSIONES Referencias Bibliográficas Bibliografía General PRESENTACION. En las líneas que van adelante intentamos investigar los procesos propios de la Cultura de Paz y su relación con el carácter neoliberal de la modernización del Estado salvadoreño. Nos proponemos como objetivo general de este estudio analizar las causas esenciales por las cuales la modernización neoliberal de nuestro régimen político dificulta el desarrollo de una Cultura de Paz que nos viabilice como nación luego de los Acuerdos de Chapultepec. Hemos querido desarrollar esta investigación desde el análisis de uno de los fenómenos concretos en los que, a nuestro juicio, se expresa dialécticamente la dimensión neoliberal de los esfuerzos modernizantes así como también el concepto y la vivencia de la Cultura de Paz. Nos referimos a los procesos de privatización del Sistema Nacional de Salud. Nos anima la convicción de que desde la teoría propia de la Cultura de Paz se puede tener una mejor comprensión de los retos de la modernización del Estado y, consecuentemente, poder aportar al esclarecimiento de la acción social científico-ética necesaria para construir un real Estado moderno y plenamente pacífico. En el primer capítulo se trata de precisar la concepción neoliberal del Estado capitalista como marco general en el cual se inscriben los esfuerzos neoliberales por modernizar nuestro tipo de Estado. En el segundo capítulo nos damos a la tarea de analizar las notas esenciales del tipo de Estado en El Salvador, siempre aludiendo, ya en este nivel del análisis, al carácter neoliberal de la modernización del Estado. En el tercer capítulo planteamos algunos elementos necesarios para fundamentar críticamente un concepto de Cultura de Paz. Lo cual es de suma importancia en un momento como este en el cual parece imponerse una especie de sentido común que identifica la paz con la mera ausencia de guerra militar, con el agravante de que todo esto se hace acompañar de una lectura interesada que pretende fundar la paz en el poder. En el cuarto capítulo analizamos más en propio el asunto de la modernización neoliberal del Estado salvadoreño y la Cultura de Paz. El Capítulo quinto lo dedicamos a una de las cuestiones centrales de este proyecto investigativo. Ahí nos damos a la tarea de poner en la evidencia la lógica neoliberal que esta presente en todo el esfuerzo gubernativo por modernizar el Sistema Nacional de Salud, y en especial lo referente al Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS). Ya para el capítulo sexto nos encontramos en posición de poder estudiar el carácter neoliberal del Sistema de Salud. En primer lugar, analizando su situación concreta en el período investigado y, en segundo lugar, estudiando el conflicto específico entre los titulares de salud, tanto del Ministerio de Salud como del Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS), y los trabajadores de ese sector. Investigamos lo que en los hechos ha supuesto la modernización neoliberal de la salud y el conflicto social para la construcción de una sociedad según los principios fundamentales de la Cultura de Paz, visto desde el Estado de Derecho, la Seguridad Jurídica, y el modo como el gobierno del Presidente Francisco Flores ha manejado el conflicto en el sector salud. Es de la evidencia que en este proceso investigativo no pretendemos ser dogmáticamente terminantes. Sólo hemos querido precisar las líneas fundamentales de la problemática que nos reta para dar un modesto aporte para tener una mejor comprensión del fenómeno, y darnos a la práctica concreta por la construcción de una sociedad que se niega a perder el horizonte utópico de una paz como plenificación de la condición humana.
I. INTRODUCCIÓN.
Como lo ha dicho Luis Armando González "la idea de modernidad nos remite a la fase histórica dominada por el capitalismo clásico, desde los siglos XIV y XV hasta mediados del siglo XX, que es para algunos autores el momento de transición del capitalismo liberal –el capitalismo de la libre competencia- al capitalismo de intervensionismo estatal en la economía(...) Como fase histórico-social, la modernidad estaría caracterizada por el nacimiento y consolidación de la burguesía como clase dominante, así como por la afirmación de los tres ideales con los que la burguesía legitimaría su dominación: el individualismo, el racionalismo, y el utilitarismo"(1). Este es el contexto histórico de la constitución de la idea moderna de lo real, cuyas notas características son las siguientes: a). Confianza en el desarrollo de la ciencia y de la técnica para el logro de la felicidad humana. b). Fundamentación de la confianza y la autonomía de la razón. c). Superación del ámbito religioso como fundamento último de sentido y legitimidad. d). La historia es concebida como un proceso lineal y ascendente de permanente emancipación humana. e). Los pensadores de la modernidad proponen un enfoque esperanzador del proceso del mundo, buscan el modo de fundamentar en la ciencia las posibilidades de un mundo mejor(2). Norberto Lechner Propone la distinción entre el concepto de modernidad y modernismo: "El año 1989, bicentenario de la Revolución Francesa, quizá signifique la culminación de una onda larga de desarrollo histórico en que el capitalismo se afianza como formación socioeconómica predominante en el ámbito mundial. Como quiera que definamos el ‘capitalismo’ actual, está fuera de duda el proceso de globalización; en particular, la internacionalización de los mercados, del dinero (crecientemente autónomo de la esfera productiva) y, en especial, del desarrollo tecnológico. Los aspectos mencionados expresan, todos ellos, la universalización de la racionalidad técnico-instrumental. Propongo denominar las transformaciones impulsadas por este tipo de racionalidad como modernización, contraponiendo este proceso a la modernidad"(3). Nosotros nos moveremos en el marco teórico del concepto riguroso de modernidad arriba expuesto. Este es el contexto en el que se estructura el concepto moderno del Estado. Dicha idea del Estado es la que surge luego de la firma de la Paz de Westfalia, en la Europa del siglo XVII. Tanto el tipo de Estado Absolutista como el Constitucionalista intentan encarnar la idea de una forma de organización social del poder que lograra vertebrar al conjunto de la sociedad permanentemente amenazada por lo que se consideraba la tendencia natural de los hombres determinados siempre a la búsqueda del provecho individualista por encima del interés general(4). De tal forma que el rasgo esencial del Estado Moderno es el de la salvaguarda del interés general por sobre la disolvente individualidad. Sin embargo, hay que precisar que, por ejemplo, Locke y Montesquiau siempre consideraron que el fundamento último del poder del Estado era la libertad individual y la soberanía, la cual residía en el pueblo(5). El punto es entender que en la idea moderna del Estado siempre estuvo presente la preocupación por el logro de la felicidad del hombre por la vía de la organización de un poder como medio para tal propósito; esto es así a tal punto que según Kant la deshumanización consiste en convertir al hombre en un medio, en lugar de hacer de el un fin en sí mismo(6). En el siglo XX, Luego de la segunda guerra mundial, con la implementación de la revolución económica keynesiana, el Estado adquiere un perfil nuevo superando las tesis ortodoxas del liberalismo clásico que negaba la participación del Estado en los terrenos propios de la sociedad civil. Keynes habrá de proponer un papel más protagónico del Estado en la gestión estrictamente económica con el propósito de paliar la crisis de realización de plusvalía que aquejaba, no solo a las economías hegemónicas, sino también a las formaciones sociales dependientes y subdesarrolladas. Hacia los años 60’s, los estrategas de las potencias hegemónicas de la trilateral (Estados Unidos, Japón y Alemania) proponen la implementación de un modelo económico, político, y social desarrollista con miras a bajar el perfil de la conflictividad social para frenar el desarrollo de la protesta popular organizada que amenazaba con descoyunturar la institucionalidad propia de la lógica del capital. Así, el Estado habría de asumir una funcionalidad que le permitiría incidir directamente en la economía como reactivador de la demanda social por la vía de la generación de empleo; para ello era necesario que se desarrollara todo un plan tendiente a la inversión. Además, el Estado debería procurar la formación de mercado interno de tal modo que pudiera dinamizarse la circulación de mercancías e impactar positivamente en el campo de la producción al reactivar los niveles de la demanda. Del mismo modo también el Estado, que luego dieron en llamar "Estado de Bienestar"(7), habría de jugar un papel preponderante como satisfactor de las necesidades sociales, tales como la salud, la educación, la vivienda, etc. Es de la evidencia que se partía del supuesto de la pertinencia del Estado para lograr altos niveles de eficiencia en relación con la macro-tarea de garantizar las condiciones suficientes para la reproducción ampliada del sistema capitalista como tal. Había en esto la idea de que era propio de la naturaleza del Estado el fomento de la libertad individual y la iniciativa en el acrecentamiento de la riqueza y el desarrollo de las naciones e individuos. No hay que perder de vista que estos elementos formaban parte de la concepción moderna del Estado. Así, se conectaba con la clásica concepción moderna de Hobbes, Locke, Rousseau, Montesquiau, y otros, en el sentido de que el Estado estaba llamado a fundamentar la sociedad, la búsqueda del interés común, más allá de los propósitos individuales que podrían sumir a la sociedad entera en una peligrosa situación de caos(8). Esta manera de conceptuar el Estado estaba ligada a una vertiente ética en tanto que se concebía a la organización social del poder como fundamentada en la libertad y la voluntad soberana del pueblo. Jamás se pensó que el Estado era un absoluto situado por encima de la libertad de los sujetos individuales existiendo como ciudadanos. Todo lo contrario. El Estado tenía la clara función de coadyuvar en el proceso de ciudadanización de la existencia social de los sujetos; es decir de la construcción de la dimensión política de la existencia de los sujetos. El llamado Estado de Bienestar, como un tipo específico de Estado capitalista, hizo crisis no tanto por virtud de la naturaleza política de la organización social del poder, sino más bien por el carácter necesariamente contradictorio del poder político en el marco del sistema capitalista. Este tipo de Estado fracasó no tanto porque todo Estado está condenado al fracaso en función de su inherente ineficiencia y corrupción, sino por el tegumento capitalista del mismo. No ignoramos que incluso los Estados propios de los modelos de socialismo real también han corrido la misma suerte al burocratizarse y distanciarse de la savia vital del interés de la nación. Pero el fracaso de estos Estados tiene relación más bien con el paulatino abandono de los principios estrictamente socialistas y revolucionarios que un día formaron parte del imaginario colectivo de dichas sociedades. A finales de los 80’s, con la ruptura de la bipolaridad mundial y la construcción de un mundo unipolar gravitando en derredor del capital transnacional, se impone la visión neoliberal del mundo, y con ella una nueva manera de concebir el Estado. En tal sentido, Alejando Serrano Caldera precisa que "El neoliberalismo es un pretendido modelo universal que se aplica a todo el mundo a través de políticas financieras transnacionales que diseñan un modelo social a partir de un modelo financiero"(9). El mismo autor puntualiza que "Esto está modificando las bases jurídicas y políticas de la modernidad, fundamental en la teoría de la soberanía y del Estado-Nación"(10). Por su parte, Héctor Samour considera que "Actualmente, el neoliberalismo es una forma de pensar y actuar sobre la organización de la economía nacional e internacional, que a su vez implica una forma de pensar y actuar sobre las realidades políticas y sociales correspondientes. Su surgimiento y predominio en estos años se puede interpretar como una confirmación práctica de las doctrinas, ampliamente difundidas de L. Von Mises, M. Friedman y de otros economistas de la escuela de Chicago, de la ‘economía del lado de la oferta’ (Feldtein, Laffer), de la ‘teoría de las expectativas racionales’ (Sargent, Wallace) y de la ‘teoría de la elección pública’ (Buchanan).A ellos hay que añadir los aportes intelectuales de F. A. Hayek, R. Nozick y de Karl Popper para reconstruir los fundamentos del pensamiento liberal que hoy se presenta como alternativa distinta del socialismo y del capitalismo mercantilista"(11). En el contexto de la idea neoliberal de la realidad, el Estado no fundamenta su legitimidad y legalidad en la soberanía de los sujetos políticamente constituidos como ciudadanos con una libertad inherente a su naturaleza humana. La identidad propia del Estado neoliberal viene dada por:
Así, un Estado es legítimo en la medida que se finca en los mecanismos eleccionarios trazados y definidos por la misma institucionalidad del Estado. "En realidad –dice Lechner-, la democracia no descansa solamente en una ‘legitimidad por legalidad’ (Weber)o una ‘legitimidad por procedimiento’(luhmann). Los procedimientos formales son condiciones necesarias, pero no suficientes"(12). La idea neoliberal del Estado rompe con los ideales emancipatorios de la ilustración, y este aparece aquí como factor de opacidad de la convivencia social; en el sentido de que los procesos de administración del poder político mediatizan en extremo la convivencia cotidiana de los individuos. En esta nueva manera de entender las cosas, el Estado no tiene por que jugar una función ligada al logro de la felicidad humana, sino más bien aparece relacionado con la salvaguarda de los procesos propios de la regularidad que opera desde las leyes del mercado. El Estado está ahí para garantizar la operatividad de las leyes del mercado. El modo neoliberal de enfrentar la tarea modernizadora está relacionada con los dictados de los centros financieros internacionales y los grandes acreedores mundiales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial(13). Ellos son los que dictan las medidas de ajuste para las economías dependientes. En la lógica neoliberal de la modernización del Estado capitalista hay un reduccionismo privatizador. Esto se ve claramente en el caso del proceso modernizador del Estado salvadoreño luego de los Acuerdos de Paz. Modernizar ha venido a ser sinónimo de privatización. También desde la óptica neoliberal que intenta implementarse como modelo modernizador de nuestro Estado aparece la idea de la descentralización de la gestión gubernativa, y la preocupación por la consolidación de un Estado de Derecho, muy relacionado con el logro de una plena seguridad jurídica. Pero en uno y otro caso se atiende más a las formalidades del proceso que a la sustantividad del mismo. En el primer caso, la descentralización no ha implicado, por las razones que sean, la real participación activa, organizada, y consciente de la población; en la práctica, la descentralización se ha reducido a un ejercicio de desconcentración de algunas funciones públicas pero sin el necesario delegamiento del poder decisorio. En el segundo caso, se ha pasado por alto el hecho de que el modelo económico neoliberal no permite, ni puede hacerlo, la constitución de un poder político que se legitime realmente desde la puesta en práctica de los fines del Estado consignados en nuestra Constitución Política. El gran contradictor de las posibilidades de un proyecto de nación en función de la persona humana tal como lo preceptúa el Artículo 1 de nuestra Carta Fundamental es justamente el modelo económico; el cual, al parecer, es intocable. La modernización del Estado salvadoreño ha estado relacionada más con los varios acomodos de la administración del poder político. Y más puntualmente con la privatización de los activos del Estado. Pero no se puede modernizar verdaderamente el Estado, como instancia política, única y exclusivamente mirando lo político. Los esfuerzos modernizadores tienen que tomar en consideración la base material que hace posible la vida como nación: la estructura económica. Pero esta es justamente una de las debilidades del modelo neoliberal de la modernización del Estado. Sobre todo porque, como ya dijimos, hay un reduccionismo privatizador por parte del Estado, y además porque la clase dominante ha logrado instrumentalizar el poder político utilizándolo casi de manera exclusiva para sacar adelante sus intereses inmediatos y estratégicos. Este proceso modernizador, así implementado, no ha hecho más que erosionar las esperanzas y los mecanismos de participación ciudadana abiertos con los Acuerdos de Paz firmados en l992. Nos hayamos en camino de un proceso de agudización de las contradicciones sociales, del cual no puede salir otra cosa que más violencia. La paz no puede continuar siendo entendida como la mera ausencia de guerra. Ni siquiera como la mera ausencia de conflicto. Positivamente la paz tiene que ser entendida como la construcción real de unas condiciones que hagan posible arribar a mayores y mejores niveles de humanización de la vida de los hombres. Esto, tanto en el plano de la existencia individual y la convivencia cotidiana, como también en el ámbito de las estructuras institucionales de nuestra Formación Económico-Social. No puede haber paz sin desarrollo sostenible y eficientemente socializado. Tampoco puede haber paz sin participación ciudadana en las distintas formas de la administración del poder político. En este sentido, el modelo de democracia al que debemos apostarle debe implicar el rescate de la idea ilustrada del poder que dimana fundamentalmente de la soberanía y la participación popular. El reduccionismo privatizador nos ha sumido en una contradictoriedad social que se advierte al observar los altos niveles de violencia social y privada en la que nos hayamos sumergidos. De este modo, el conflicto desarrollado en el Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS) a partir de Noviembre de l999, articulado con la problemática generalizada en el Sistema Nacional de Salud, encuentra su contexto inmediato en la aplicación de una serie de políticas de ajuste estructural por parte del gobierno. Justamente lo que ha desencadenado el conflicto laboral en el ISSS es, en primer lugar, el intento de los titulares de la institución por privatizar los hospitales Amatepec y Roma, y, en segundo lugar, el incumplimiento del Contrato Colectivo con el Sindicato de Trabajadores del Instituto Salvadoreño del Seguro Social (STISSS). El conflicto en el sector de salud provocó la reacción, directa o indirecta, de distintas formas de la organización de nuestra sociedad tocando de esta manera la dimensión económico-político-social que nos constituye como sociedad que recién sale de una guerra civil. Dicho conflicto, considerado como proceso social, logró tocar algunos dinamismos y estructuras de nuestra sociedad tales como la seguridad jurídica, el estado de derecho, la tutela de los Derechos Humanos, el gasto público, la protesta y gestión de los trabajadores como miembros de la sociedad civil, y otros; todos ellos relacionados directa o indirectamente con las posibilidades para la construcción una Cultura de Paz tan necesaria para nuestro desarrollo integral como nación. Hay que tener en consideración que el concepto de modernización del Estado no es algo que debe ser entendido necesariamente sólo a la manera neoliberal. La idea neoliberal de la modernización del Estado pertenece científicamente a la cosmovisión post-moderna del capitalismo tardío. Modernizar el Estado implica la recuperación de los ideales emancipatorios propios de la visión de mundo de la modernidad. Marx, Weber, Descartes, Kant, Locke, Hegel, por citar solo algunos, son pensadores de la modernidad(14). En virtud de esta sucinta reseña del carácter neoliberal de la modernización del Estado salvadoreño nos preguntamos: ¿Cuáles son las causas por las cuales la modernización neoliberal del Estado salvadoreño en el ramo de Salud dificulta el desarrollo de la Cultura de Paz en el contexto de la implementación de los Acuerdos de Chapultepec en el período de 1992-2000?. Para nosotros, como sociedad que recién salimos de una guerra civil, la cuestión de la vivencia plena de la paz y el análisis científico de todo aquello que la haría posible o bien que la dificultaría, es algo que toca, de manera directa, nuestro interés. Y no podría ser de otra forma si consideramos que la experiencia concreta de la muerte violenta de miles de compatriotas ha avivado, por vía negativa, la conciencia de la urgente superación necesaria de ese estado de negación de la vida como valor fundamental, y, de manera extendida, de todo aquello que amenaza la existencia pacífica de los hombres y mujeres de esta patria. Somos una sociedad que ha padecido y padece mucha muerte y violencia, y, como decimos, quizá por ello tenemos una alta conciencia de la vida y de la paz necesaria. De otra forma no podríamos explicarnos los altos niveles de organización y de lucha de la sociedad civil para su defensa y promoción. Sabemos que la guerra represiva y contrainsurgente no ha sido la única forma experimentada de negación de nuestros valores fundamentales. Cada vez hay más clara conciencia de que la misma ha sido producto del desarrollo de una situación de violencia estructural que se vertebra desde el modelo económico pasando por las formas objetivadas del ejercicio del poder hasta globalizar el todo de la existencia cotidiana. En la década de los 70s, que forma como la proto-historia inmediata de la guerra, se había desarrollado un modelo económico-político-social altamente excluyente con su contrapartida necesaria de concentración y centralización de la riqueza. El régimen político era el propio de un tipo de gobierno militar y fascistoide, y desde el se buscaba imponer por la fuerza una cohesión social, a la manera de la clásica pax romana, de una sociedad altamente polarizada y explosiva. Ello obligó al conjunto de la sociedad a desarrollar unos propósitos y métodos que pudieran superar tal situación opresiva y construir un modelo social global alternativo a la lógica del capital. Ya sabemos que la conformación de nuestra Formación Económico Social respondía dialécticamente a la dinámica propia de la internacionalización del capital y a la manera como se constituía la organización transnacional del poder. En la década e los 80s, la bipolaridad mundial se resolvió a favor del modelo civilizatorio del capital. Los Estados Unidos vinieron a constituirse como el paradigma de la societalidad y pasaron a ser, asimismo, los guardianes internacionales del orden recientemente establecido. Para nosotros, la década de los 80s representó una dinámica de muerte y resurrección. Muerte, por la vía de la represión sistemática, la persecución política, el hambre y la pobreza, la desaparición forzada, en fin, por todos esos granados frutos de la anti-cultura de los que absolutizan los privilegios de la riqueza. Parecía que la paz había muerto. Pero había resurrección, por la vía de la resistencia organizada y combativa, por el mantenimiento de la esperanza, por el sacrificio cargado de donación generosa de la vida, por la praxis ética, por la utopía. En una palabra, por la defensa y la promoción de la vida en medio de tanta muerte. La paz jamás murió. Con los Acuerdos de Chapultepec se pretendió abrirle espacio al desarrollo de las formalidades de la democracia en los marcos de la lógica de un capitalismo mutagénico que ahora se nos ofrecía en su versión neoliberal. Los firmantes de tales acuerdos quizá consideraron posible la democratización del orden establecido por la vía del afincamiento de la institucionalidad liberal, o neoliberal, pero, en todo caso, capitalista. Ahora sabemos que ello no ha sido posible. Y no podía serlo. No obstante, hay teóricos y analistas de todas suertes que, contra la evidencia de los sucesos, hablan, aún ahora, de transición hacia la democracia, generando la idea de que ello sería posible precisamente por el sistema de posibilidades abiertas por los Acuerdos de Paz. Han inaugurado una racionalidad que, tras clausurar, explicita o solapadamente, la utopía, nos propone dirigir nuestros esfuerzos en dirección de asuntos como la "democracia posible", la "paz posible" (imperfecta, suelen llamarle). Han redefinido la praxis política como "el arte de lo posible". Hoy, en lo que va del año 2000, nominado por la Organización de Naciones Unidas (ONU) como "Año Internacional de la Cultura de Paz", hemos podido darnos cuenta que el sistema de posibilidades para la democratización presuntamente abierta por los Acuerdos de Paz está cerrado. Las supuestas posibilidades para la vida democrática en el marco del neoliberalismo implementado dogmáticamente entre nosotros están cerradas. El desarrollo de la modernización neoliberal del Estado ha implicado, de hecho, una exacerbación de los niveles de conflictividad social, al propio tiempo que se desarrolla una lógica de desnacionalización y pérdida de la soberanía. La búsqueda del bien común habría de caer en el campo del mercado, y el Estado tendría que reducirse cada vez más a la función de mero vigilante de la mejor manera de cumplir los dictados de la oferta y la demanda. Monsieur Le Capital, como le llamaba irónicamente Marx, se impone en todos los ámbitos de la vida alentando a una praxis pragmática de espaldas a los clásicos valores de la modernidad occidental. No obstante, desde la óptica gubernativa, la modernidad del Estado implica necesariamente la puesta en práctica de la cosmovisión del neoliberalismo, a tal punto que han llegado a identificarlos como la misma cosa. Según ellos, no hay otra forma posible de alcanzar los valores constitucionales de la justicia social y el bien común. A tal punto que, quienes se oponen a ello, son rápidamente descalificados como enemigos del Estado de Derecho. En la racionalidad instrumental y pragmática del gobierno, de este gobierno, la privatización del Sistema de Salud es lo que mejor vehicula la democratización de la salud y el desarrollo con equidad en este terreno. Sin embargo, es justamente el desarrollo de los esfuerzos específicos de modernización privatizante en donde se muestra el carácter auto contradictorio del gobierno. En suma, la dimensión neoliberal de los ejercicios modernizadores del Estado por parte del gobierno ha generado mayor conflictividad, más anti-vida. Todo ello milita en contra de los anhelos por parte de la sociedad de construir una paz plena. Constituirnos como pueblo en y desde la vivencia de una autentica Cultura de Paz implica necesariamente tener clara comprensión de los procesos de la realidad que la hacen posible así como también de los que la dificultan. Y esto es cabalmente lo que justifica nuestro modesto esfuerzo investigativo. Como decimos, la relevancia del estudio que ofrecemos aquí consiste en que puede ayudarnos a entender la relación que hay entre los dinamismos de la modernización neoliberal del Estado, analizados desde la consideración del proceso de privatización de la Salud Pública, y las posibilidades reales de la construcción de una Cultura de Paz en el contexto de los procesos de democratización abiertos por los Acuerdos de Paz de 1992. Hay que tener en cuenta que no hay, hasta hoy, un estudio de la modernización neoliberal del Estado en el ramo de salud que ponga en perspectiva el problema tratado en su relación, tanto con la cuestión de la Cultura de Paz, como con la complejidad del resto de practicas y estructuras de nuestra Formación Económico-Social. Precisamente por ello es que, siempre yendo de lo abstracto a lo concreto, en los primeros capítulos planteamos el contexto global en el cual se inscribe la problemática puntual de la privatización de la Salud Pública, para tratar, en los capítulos finales, el modo como se concreta el proceso de modernización neoliberal del Estado Salvadoreño en los manejos institucionales del Instituto Salvadoreño del Seguro Social y el conflicto laboral a que ha dado lugar. Consideramos que es de primera importancia para el desarrollo de nuestra democracia poner en la luz la manera como la cosmovisión neoliberal del Estado se constituye en una especie de eje transversal de nuestra vida como nación que pone en grave riesgo los espacios conquistados por los Acuerdos de Paz para la construcción de una sociedad justa y pacífica. Quizá nuestro estudio pueda ayudar a generar un mayor nivel de conciencia crítica sobre los riesgos que entraña la implementación dogmática de la visión neoliberal de la vida en la práctica institucional del gobierno del Presidente Francisco Flores que desnaturaliza la razón de ser de nuestro Estado. Ello es lo que se manifiesta tanto en los esfuerzos gubernativos por privatizar los servicios de salud como también en los niveles de violencia social a los que se ve sometida nuestra población. Como lo ha señalado acertadamente el Msc. Francisco Quintanilla "El proceso de reducción del Estado como puede observarse no solo ha implicado irle quitando las obligaciones y deberes que tiene el Estado con respecto a la persona humana, sino que además lo ha ido maniatando para que sea incapaz de intervenir y sancionar aquellas relaciones económicas deshonestas que lesionan el bienestar de todos los ciudadanos(...) es decir que tal modernización y reducción del Estado gira al rededor del beneficio del gran capital en detrimento de la mayoría de habitantes de esta República"(15). Desde la óptica de la lucha de la clase subalterna, el análisis de las jornadas de protesta desarrolladas por los trabajadores de la salud y otras formas de organización de la sociedad civil puede ayudarnos a visualizar las posibilidades reales de la protesta social en el marco del tipo concreto de democracia representativa estructurada luego de los Acuerdos de Chapultepec. Es desde el análisis científico de estas jornadas de lucha concreta que la clase dominada y explotada puede y debe hacer un balance para diseñar sus estrategias y métodos en la búsqueda de mayores niveles de eficacia en el logro de sus objetivos inmediatos y estratégicos. También en esta línea consideramos que nuestra investigación puede proporcionar un modesto aporte. Por ultimo, hay que señalar que como la Cultura de Paz es un movimiento social vivo al que corresponde consecuentemente también una teoría en permanente evolución, la consideración del fenómeno concreto de la modernización neoliberal del Estado en el ramo de Salud Pública puede favorecer el enriquecimiento de los enfoques tradicionales sobre los elementos esenciales de dicha teoría; misma que está inextricablemente unida a la cosmovisión de la vida que parte de los Derechos Humanos.
Marx ha señalado en El Capital que "en el análisis de las formas económicas de nada sirven el microscopio ni los reactivos químicos. El único medio del que disponemos, en este terreno, es la capacidad de abstracción"(16). Esto es así por razón del objeto de estudio: la materia social. Ahora es casi de la evidencia que la realidad social tiene particularidades distintas de las que tiene la realidad natural y que precisamente por ello exige que se le trate metodológicamente de un modo distinto. Sabemos que la realidad social no existe en absoluta independencia de los procesos físicos, químicos, biológicos, esto es, naturales, pero que lo propiamente social viene dado por las particularidades de la praxis, de la acción estrictamente humana. Por ello ha dicho Antonio González que "en realidad, no hay percepción de los sentidos que no vaya unida a una interpretación por parte del observador"(17). Esto es así porque si bien es cierto que en el campo de la consideración de las realidades naturales hay un mayor nivel de independencia de los procesos de los fenómenos respecto del análisis humano, en el terreno de la vida social las cosas no ocurren de esta manera. Guardando las reservas del caso, hay que decir que la realidad natural existe cronológicamente antes que haga su aparición el hombre, su acción y su sistema de intereses, lo natural es aquello que existe en sí mismo y desde sí mismo. Hay en lo natural una regularidad interna que opera por virtud propia, de tal modo que los hechos naturales son como la actualización de lo que ya estaba potencialmente determinado. Un hecho natural es justamente la actualización de unas determinadas potencias. Más o menos a la manera como Aristóteles explicaba el movimiento de la Phycis, en el Siglo II A. De C. Por esta misma razón, la regularidad interna de los procesos naturales son susceptibles de expresarse en leyes. Las leyes expresarían la necesidad de los procesos; ya sabemos que necesario es aquello que es y no puede no ser, o viceversa. En todo caso, los procesos naturales nos aparecen como siendo siempre idénticos a sí mismos. Por ello, los procesos naturales no ofrecen variabilidad significativa; por lo menos en períodos de tiempo relativamente cortos. Esta condición de los fenómenos ha motivado a diferentes pensadores a proponer distintos marcos epistemológicos muy variados. Considérese cómo Comte, uno de los fundadores de la Sociología, pretendía que su nueva ciencia se denominara "Física Social", y recomendaba que había que estudiar los fenómenos sociales con el mismo espíritu que lo hacía el naturalista, ateniéndose a la supuesta objetividad de los mismos y además despojándose de todo prejuicio(18). Esto mismo propone Emilio Durkheim en las Reglas del Método Sociológico(19). En todo caso, siempre se parte de la idea de que el análisis social, al igual que el propio de la ciencia natural, debe buscar la objetividad más pura, y para lograrlo hay que enfrentar los fenómenos desde una posición de neutralidad valórica, libre de "prejuicios". Por una parte, sabemos que esto no es posible, y, por la otra, desnaturalizaría lo propio del análisis social. Con la mordacidad que le caracteriza, Marx, hablando de una ciencia evidentemente social como la Economía Política, afirma que "en Economía Política, la libre investigación científica tiene que luchar contra enemigos que otras ciencias no conocen (el subrayado es nuestro). El carácter especial de la materia investigada levanta contra ella las pasiones violentas, más mezquinas y repugnantes que anidan en el pecho humano: las furias del interés privado"(20). Hay que considerar que la ciencia social no puede reducirse tímidamente a describir, ni siquiera explicar los procesos de la regularidad interna (leyes) de los fenómenos; tiene que comprenderlos. En este punto tiene razón Max Weber(21), otro fundador de la Sociología Clásica, al proponer que la racionalidad sociológica es un discurso interpretativo de la acción social con sentido. La Ciencia Social no sólo debe explicar, debe también comprender el sentido de los sucesos. Hay un enfoque positivista de los fenómenos sociales que pretende analizarlos como si fueran hechos naturales en-sí y desde-sí mismos; que pretende hacernos creer en un paradigma compuesto de verdades absolutas y plenamente objetivas. Este positivismo que busca colarse en el campo investigativo de las ciencias sociales, se mueve en el campo de lo que Karel Kosik ha llamado la pseudo concreción(22). Pretendiendo dar por concreto lo que no es más que la práctica social fosilizada, objetivada, imponiéndoseles a los sujetos, que son los creadores de esa realidad. Según este positivismo, la realidad es in transformable, es lo plenamente objetivo porque es lo que existe. No hay lugar para la praxis transformadora. Por ello es que dicho positivismo tiene un papel ideologizador de encubrimiento de los verdaderos procesos de la realidad a favor de aquella clase social que domina y es dueña de los privilegios de la vida enajenada. La realidad social es mucho más compleja que la simple secuencialidad de unas leyes mecánicas que discurrirían permanentemente siempre yendo de la causa al fenómeno pero en donde la causa queda inalterada por el movimiento de los fenómenos. Por ello nosotros consideramos que la utilización del método Hipotético-Deductivo, que por cierto tiene mucha pertinencia para explicar lo propio de los fenómenos naturales, debe ser manejado dialécticamente si lo queremos utilizar en el estudio de los problemas sociales. Por ejemplo, es muy diferente mantener una linealidad mecánica de los movimientos de las variables en el análisis de los proceso de la realidad social cuando en la práctica concreta hay fenómenos que no obstante presentarse en un primer momento como causales, son, al mismo tiempo, efectos de otros procesos. En una palabra, hay que dialectizar, y hacerlo bien, el juego de las relaciones de causalidad y dependencia entre las variables independiente y dependiente. Como decimos, en el mundo dinámico y cambiante de la realidad social, un fenómeno independiente (causal) puede quedar afectado, modificado y/o transformado, por otro fenómeno que en un primer momento se nos presenta como dependiente. Por otra parte, en este propósito de dialictizar el análisis, nosotros no podemos, ni debemos, adoptar una ascepsis de neutralidad valórica (por demás hipócrita). También tenemos nuestras preferencias y visión de la realidad, nuestra utopía (lo imposible que guía lo posible). Lo importante es hacerlo concientemente y procurar que nuestros "prejuicios" sean elementos fértiles en el análisis y la síntesis de la consideración de los procesos. Después de todo hay que tener en cuenta que hay un elemento de eticidad en la investigación. Nuestros modestos esfuerzos deben estar al servicio de la plenificación del hombre. Consideramos que el fundamento de todo derecho, y en general de la acción social, debe ser la consideración de la dignidad de la persona humana. En este punto, no podríamos menos que tener presente el primer artículo de nuestra Constitución Política considerar que: "El Salvador reconoce a la persona humana, como origen y fin de la actividad del Estado, que está organizado para la consecución de la justicia, de la seguridad jurídica y del bien común"(23). La cientificidad no debe resguardarse hipócritamente en una presunta neutralidad arbitral. Por lo menos no la cientificidad social. No podemos permitir la extensión abusiva de los paradigmas de la racionalidad científica de la ciencia natural al terreno de la ciencia social. En fin de cuentas, nuestro modesto esfuerzo investigativo, que trata de una cuestión eminentemente social, utilizará como método general la dialéctica materialista. No podemos adoptar el inductivismo como método general absoluto porque este procedimiento se adecua más al tratamiento de las ciencias naturales. Aquí, en el método inductivo, siempre hay que partir de los fenómenos particulares para llegar a la consideración de la totalidad. El problema es que jamás puede garantizarse con certeza que el resultado responderá siempre a las particularidades de todos los casos posibles. El paradigma inductivista puede formularse sintéticamente así: si en una amplia variedad de condiciones se observa una gran cantidad de "A", y si todas las "A" observadas poseen sin excepción la propiedad "B", entonces, todas las "A" tienen la propiedad "B". La conclusión del inductivismo es incorrecta, porque jamás se podrá afirmar, partiendo de la coincidencia de fenómenos parciales que toda "A" posible posee la propiedad "B". Sólo se puede afirmar, con propiedad, que la cualidad "B" se encuentra presente en las "A" observadas. En esto consiste la gran limitación del método inductivo que guía la investigación de la ciencia natural(24). Los procesos analítico-deductivos, propios de la ciencia del pensamiento, como la matemática, no hacen más que explorar in extenso lo que ya está presente en el sujeto de análisis. Decimos esto porque es sabido que, de acuerdo con este método, las formulaciones científicas se nos dan en la forma de juicios predicativos de la forma S es (o no es) P. El planteamiento de que 3+2=5 es un juicio predicativo en donde el sujeto (5) ya contiene de manera latente el predicado (3+2). Este método nos proporciona conocimientos exactos con rigor lógico y validez universal; pero no aumenta el conocimiento de la realidad. Esta fue la crítica kantiana de la matemática. Nuestro objeto de estudio es eminentemente social; por ello no podemos seguir ni sólo el camino inductivo, ni sólo el camino deductivo. Necesariamente tenemos que combinar dialécticamente ambos procedimientos intentando capturar en todo momento, la complejidad propia del fenómeno investigado. El método dialéctico materialista busca siempre los móviles materiales (el mundo de los intereses concretos de la dinámica social) para analizar cómo estos intereses están incidiendo dinámicamente en los fenómenos propios de la conciencia, del pensamiento. También hay que estar combinando tanto el análisis como la síntesis en la investigación de los fenómenos. En el mundo de la matemática 2 siempre será mayor que 1; pero en el campo de las Ciencias Sociales, 2 no es necesariamente mejor que 1. Nuestra investigación, por la naturaleza de la materia que trata, y por las condiciones prácticas en las cuales se desarrolla, habrá de ser de tipo documental. De tal suerte que al preguntarnos por el carácter neoliberal de la modernización del Estado salvadoreño en el ramo de salud y su relación con la Cultura de Paz consideraremos como indicadores, como referentes concretos, los planteamientos hechos por algunas instituciones y gremios que podrían representar tanto la opinión gubernamental como también el pensamiento de la sociedad civil. En tal sentido, habreos de considerar la posición de las siguientes fuentes:
Hablamos aquí de planteamientos públicos escritos en diarios, revistas, y otro tipo de materiales siempre impresos. El procedimiento que habremos de utilizar es el siguiente: Primero: Para el análisis del proceso de modernización neoliberal del sector salud en general, tomaremos como referentes:
Segundo: Para el análisis del conflicto en el Instituto Salvadoreño del Seguro Social seguiremos este procedimiento: a) Haremos una reconstrucción de la cronología del movimiento del conflicto a partir de las noticias vertidas en tres diarios: El Diario de Hoy, La Prensa Gráfica, y el Diario Co-Latino. En este punto sólo nos interesa dejar en evidencia la secuencia del fenómeno investigado en el tiempo, y destacar los distintos posicionamientos de los actores en el conflicto.
c). Por vía lógica desarrollamos un análisis de la relación que hay entre la cosmovisión neoliberal desarrollada en los hechos por el gobierno, manifestada en la manera como opera realmente el presunto Estado de Derecho de la nación, contrastándola con un enfoque crítico de lo que este debe ser a la luz de la idea de nación moderna presente en la Constitución de la República, y el discurso normativo de la Teoría de la Cultura de Paz. d). Siempre considerando los hechos del conflicto en el ISSS, analizamos la cuestión de la Seguridad Jurídica, como base de la institucionalidad en la cual también se debe expresar el Estado de Derecho y el concepto real de Cultura de Paz que, en los hechos, impulsa tanto el gobierno como los trabajadores. e). Finalmente, siempre yendo de lo abstracto a lo concreto, analizamos la cuestión de la resolución pacífica de conflictos desde la consideración del manejo real por parte del gobierno y los trabajadores del conflicto en el Instituto Salvadoreño del Seguro Social. En todo este proceso investigativo intentamos seguir el método materialista dialéctico, articulando tanto en análisis como la síntesis. II. LA CONCEPCIÓN NEOLIBERAL DEL ESTADO CAPITALISTA.
La concepción moderna del Estado se constituye en el contexto de la ruptura con las estructuras económico-políticas del Antiguo Régimen (el Feudalismo) y el correlativo proceso de constitución del Modo de Producción Capitalista. Es justamente en este marco de transición que da inicio la idea de un Estado como forma social de organización del poder que tiene como tarea fundamental la de conculcar la conflictividad de los sujetos sociales, que movidos por una situación de naturaleza o condición trascendental humana estaban condenados a una especie de canibalismo necesario. Así, en la visión pesimista de Hobbes sobre la naturaleza humana se lo ve a éste sumido en una dinámica fatal en la cual "el hombre es el lobo del hombre"; hay la postulación de una suerte de segunda naturaleza que abocaría a la especie humana a su extinción como producto de la conflictividad propia de la lucha de quienes tienen por propósito fundamental en la vida la salvaguarda de sus intereses privados por sobre los intereses comunes(25). Locke, movido por la misma visión desesperanzada de la naturaleza de los hombres, habrá de postular la necesidad de constituir una institución con el poder suficiente para salvarlos de sus mismas tendencias destructivas(26). Así se justifica la institución del Estado como condición de posibilidad de toda convivencia humana y pacífica. Pero no es sino Rousseau quién habrá de precisar la índole propia del Estado de la modernidad al fundamentar su naturaleza a partir de la inherente libertad de los sujetos viviendo en sociedad: el Estado habrá de presentarse como el resultado de la concurrencia de la libre voluntad de los hombres para entrar en un Contrato Social(27). Pero la constitución del Estado moderno no sólo se da en vista de la fundamentación de su esencia en una condición de naturaleza propia de los sujetos sociales; se la plantea también como parte de la refuncionalización de las estructuras gubernativas frente al poder omnímodo del Absolutismo. En este sentido el Conde de Montesquiau avanza la idea de la división del poder concentrado en el monarca en tres: el legislativo, el ejecutivo y el judicial. Tras esta visión está la idea de que el fundamento último del poder político se lo encuentra en la participación social, en la idea de la representatividad popular por la vía eleccionaria(28). Esta forma de entender la organización social del poder es consecuente con la cosmovisión global propia de la modernidad. Ya sabemos que para la visión moderna la sociedad se presenta como una realidad preñada de sentido, el cual se desarrolla y se expresa de diversas formas en los distintos niveles de la práctica social y en el sistema de objetivaciones que el hombre va creando. En una palabra, para la visión moderna la sociedad es un orden con sentido que camina casi inexorablemente hacia la felicidad humana. Para Hegel, la sociedad no hace sino realizar la realidad ya determinada del Absoluto en un permanente despliegue de determinaciones(29). De tal forma que incluso llega a afirmar que la libertad habrá de consistir justamente en la "conciencia de la necesidad". Para Engels, la societalidad está presidida por la racionalidad propia de las leyes de la dialéctica que mueven la sociedad permanentemente hacia la consecución del Comunismo Científico(30). En el fondo hay una visión esperanzadora de la vida social. Siempre se postula un macro-sujeto garante de la felicidad humana que juega en ocasiones incluso a contrapelo de la individualidad mezquina para sacar adelante los grandes propósitos emancipatorios de la humanidad como especie. También es propio de la condición moderna del Estado la visión de que el poder político es una de las formas en la que se expresa o encarna la razón universal. Esto es importante porque da lugar a toda una corriente que busca fundamentar la dimensión ética de lo político a partir de ése absoluto que es la razón como identidad propia de la condición humana. En este sentido no hay que olvidar que desde que Aristóteles fijó la identidad propia de lo humano en el ejercicio de la racionalidad, se desarrolló una manera de considerar el carácter propiamente humano de la práctica social justamente en el mayor o menor ejercicio de la racionalidad de la que se es capaz en virtud de ser hombre. Así, el Estado habrá de ser, en la visión moderna, como el sumum de la expresión societal de la razón. Esto es de suma importancia si consideramos que la condición moderna preconiza una confianza ciega en la posibilidad del conocimiento racional de la verdad, en la ciencia y en la técnica(31). La visión postmoderna representa un abandono de los ideales emancipatorios de la modernidad(32). Habrá de considerarse que no hay un nomos en la vida social, a la cual se la ve como sujeta a los movimientos azarosos del devenir propio de la inmediatez cotidiana. No hay prognosis de lo social porque todo está sujeto al movimiento discreto y eventual de las cosas. No hay grandes relatos de lo societario, sólo eventos discretos; solo hay la pequeña historia, local y circunscrita. Esto le impone serios límites a los alcances de la razón, la cual, desde la óptica de la postmodernidad, se ve constreñida a dar cuenta sólo de lo inmediato y la brevedad del momento. Se vive la tiranía del "ya". En el horizonte de la visión postmoderna no hay lugar para la consideración de la dimensión axiológica de la vida societaria. Habrá de considerarse que los valores, al no ser sujetos de medición y justipreciación cuantitativa, no pueden ser sometidos al análisis científico, y que por lo tanto caen en el campo de los pseudo-conocimientos, de lo que está allende a la racionalidad de la ciencia. Ya en tiempos de la misma modernidad (siglos XVI-XIX) Maquiavelo postuló la separación absoluta de lo político de todo propósito ético ligado con el ejercicio de la racionalidad para el logro de la felicidad humana. Maquiavelo planteaba que el propósito fundamental de la política debe tener como objetivo absoluto la consecución y el mantenimiento del poder independientemente de la eticidad de los medios utilizados para ello. Así, con Maquiavelo la política aparece como un absoluto cerrado en sí mismo(33). En este contexto hay una refuncionalización del Estado como forma de la organización social del poder. El Estado nos aparece como desligado de los grandes ideales emancipatorios de la ilustración. Queda únicamente constreñido a la función de vehicular las leyes que provienen de la lógica del capital. Es garante del irrestricto juego de la oferta y la demanda. No tiene como cometido expresar ningún interés racional del bien común, sino sólo el de garantizar la operatividad más conveniente de las leyes del mercado. Estas últimas se vienen a presentar como eternas, como el macrosujeto garante de la felicidad del género humano. Aunque en realidad no se considera que hay tal condición humana; sólo hay hombres concretos y determinados vistos desde la óptica recortada de recursos ligados, directa o indirectamente, al mundo de la producción y la circulación de mercancías. La visión postmoderna del Estado pierde el rastro de la raíz ética de la dimensión del poder político. El vertebramiento de la institucionalidad política está en función, tanto de lo que más conviene a la maximización de la tasa de ganancia, así como también de la defensa subrepticia del sistema en tanto que es expresión objetivada de la oferta y la demanda del régimen asalariado. El Estado postmoderno se presenta a sí mismo como la encarnación de los principios fundamentales del liberalismo clásico, cuando en realidad no hace más que trastocarlos en función de los intereses corporativos o, en fin, de las distintas formas orgánicas que cobra el poder del capital. Uno de los elementos con el que más fuertemente rompe el Estado postmoderno respecto del Estado de la modernidad es el que se refiere al fundamento de la legitimidad de la organización del poder. Para la mentalidad política postmoderna el poder político se asienta y fundamenta ya no tanto en la idea de la soberanía popular, sino más bien en las formalidades legales de los ejercicios delegativos del poder por la vía del voto. Para la mentalidad postmoderna no importa tanto la idea de la legitimidad, sino sobre todo el cumplimiento irrestricto del ritual formal de los mecanismos eleccionarios y delegativos sancionados por la ley que el mismo sistema jurídico prescribe para tal efecto. Si algo es legal, es legítimo. La legalidad, definida y tomada como algo absoluto, se constituye en la base de la legitimidad. Los clásicos de la economía, Smith y Ricardo, habían identificado por lo menos dos límites estructurales del capitalismo como ideal civilizatorio: por una parte, el desempleo crónico y, por la otra, la concentración y centralización creciente de la riqueza social. Como lo hace notar H. Samour, había en el planteamiento moderno del liberalismo una dimensión ética en el sentido de que la propuesta económica del capitalismo como modelo civilizatorio se la hacía honradamente creyendo que era el mejor modo posible de salvaguardar los altos intereses del hombre como especie(34). Poco tiempo pasó para que se percataran de la contradictoriedad intrínseca del capitalismo. Ningún autor, pasado o presente, ha puesto de manifiesto en forma tan cruda y científica la veta absurda del régimen del capital como C. Marx. La contradictoriedad del capital se hizo sentir de manera brutal tanto en la primera como la segunda guerra mundial. Tanto la primera como la segunda eran expresión de que el sistema como tal se hallaba irremediablemente sumido en una crisis de realización de plusvalía de la cual no podía salir sino era forzando las condiciones mundiales de tal manera que los factores de producción de capital pudieran, de nueva cuenta, asumir su normal funcionamiento. Como lo hace notar Hinkelammert(35), desde el punto de vista de los clásicos de la economía, ésta debería ordenarse en función de garantizar las condiciones necesarias para la reproducción de los factores de producción de capital; por supuesto incluyendo ahí a la fuerza de trabajo. Pero la aplicación ortodoxa de los principios del liberalismo económico hicieron olvidar la perspectiva de la reproducción de los factores de capital y se adoptó otro punto de vista como criterio de cientificidad económica: la mayor eficiencia en la asignación de los recursos. El caso es que este sólo cambio de perspectiva en el manejo macroeconómico precipitó la contradictoriedad del capitalismo mundial que desembocó, al fin, en los horrores de la segunda guerra mundial. Keynes habría de proponer hacia los años 50’s la idea de que para salir de la crisis del sistema era necesario impulsar un modelo de economía mixta, en el cual pudiera intervenir activamente el Estado en la gestión económica. De tal suerte que el Estado, que en la doctrina ortodoxa del liberalismo quedaba totalmente al margen del terreno de la producción y la circulación de mercancías, tenía ahora que cumplir ciertas funciones para dinamizar los procesos de la lógica del capital. El Estado debería intervenir tanto directa como indirectamente en el mundo de la economía para reactivar la demanda social por la vía de la generación de empleo y así contribuir sensiblemente a la formación del mercado interno. Además, según la revolución económica keynesiana, el Estado debería jugar un rol protagónico como satisfactor de la demanda social a través de la prestación de servicios públicos como los de salud, educación, vivienda, etc. También, era consecuente con esta manera de analizar la relación Estado-Mercado, la fijación de precios y el planteamiento de medidas proteccionistas de las economías nacionales a través del levantamiento de barreras tanto arancelarias como no arancelarias. En el marco de este concepto keynesiano se inscribe la estrategia que la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) intentó implementar a partir de los años 60’s en nuestra región. La nueva receta para el desarrollo ideada por sus estrategas fue la que dieron en llamar modelo de sustitución de importaciones. También de acuerdo con esta estrategia desarrollista de las Naciones Unidas los Estados nacionales habrían de jugar un papel de primera línea en la reactivación de las economías. Así, se propuso que los gobiernos tenían que adoptar toda una serie de medidas para la formación del mercado interno y la reactivación de la demanda social; fue prioridad el involucramiento del Estado en la satisfacción de la demanda social. Se previó que los Estados nacionales habrían de colaborar facilitando lo necesario para asegurar la inversión extranjera y nacional. En nuestro país, el modelo económico desarrollista se hizo acompañar de una reforma educativa(la benekiana) que pretendía incentivar la necesaria cualificación de la fuerza de trabajo para catapultar el supuesto proceso industrializador. Ya conocemos los resultados. Es importante hacer notar que el móvil último de este modelo de desarrollo no fue evidentemente la búsqueda sincera del desarrollo ni la superación de los álgidos problemas de marginalidad y pobreza. El propósito fue más bien de naturaleza contrainsurgente. El avance mundial de los modelos civilizatorios que se presentaban a sí mismos como alternativos al capitalismo, tales como el régimen cubano, el de Vietnam, el de Corea, etc. dieron el campanazo para que los estrategas del imperialismo norteamericano, en particular, y los potentados económicos de la trilateral, en general, llegaran a considerar el carácter auto- contradictorio del capitalismo; eso mismo que ya habían señalado los economistas clásicos. Entonces de lo que se trataba era de buscar la manera de bajar la intensidad de las contradicciones sociales que el mismo régimen asalariado genera por virtud propia, y que naturalmente conjunta las bases materiales para el desarrollo de las mas variadas formas de organización popular. Como decimos, tras la propuesta Keynesiana, pero sobre todo en el modelo de sustitución de importaciones, había un propósito contrainsurgente. Y eso fue precisamente el principio de su fracaso estrepitoso. Jurgen Habermas ha escrito un interesante artículo titulado justamente "La crisis del Estado de Bienestar y el agotamiento de las Energías Utópicas"(36). De acuerdo con la perspectiva de Habermas el fundamento de la crisis del Estado de Bienestar (la refuncionalización Keynesiana del Estado) se lo encuentra en el permanente proceso de burocratización e hiperpolitización del Estado como organizador de la vida social. De tal suerte que a este proceso no ha escapado ni siquiera el tipo de Estado de los llamados regímenes del socialismo real. La crisis del Estado de Bienestar habría que buscarla en la capacidad de la institucionalización de los procesos de la praxis política para expresar la dimensión socio-histórica de la vida por la vía de la solidaridad, como dice Habermas. Pero no podemos hacer de la necesidad virtud. Evidentemente, cuando se suele hablar de la crisis de este tipo específico de Estado capitalista siempre se tiene en mente los modelos de las sociedades ricas europeas, como la alemana o la propia de los países bajos. Evidentemente los procesos de creciente burocratización y su consecuente distanciamiento de la vida de los ciudadanos, que dejan de serlo en la práctica para constituirse en meros objetos espectadores, son un mal necesario e intrínseco a la misma lógica del capital. Habermas llega a plantear que la salida de la crisis de semejante modelo de Estado se la encuentra en la manera como se puede construir una hegemonía cultural como fundamento de la solidaridad(37). El pequeño detalle está en que esto no se puede hacer en el tegumento de la organización del poder del capital que implica, de manera inexorable, tanto la explotación como la dominación. La razón honda de la crisis del Estado de Bienestar está en el cambio de la bipolaridad mundial por la unipolaridad luego del descalabro de los llamados modelos de socialismo real, y de manera mas patente y patética, por la crisis de la ex Unión Soviética. Como diría Ronald Reagan en 1989, al finalizar su mandato, "Gracias a Dios, ganamos la guerra fría". Con la nueva situación no había por que continuar manteniendo un tipo de Estado que cosméticamente se ocupara de la suerte de los desarrapados de la tierra. Ahora la bestia podía darse el lujo de mostrar su real y verdadero rostro. 3. El Asalto Neoliberal de la Estructura Económico-Social.
No consideramos que el fenómeno de la globalización sea algo nuevo e inédito. Es algo intrínseco a los procesos de reproducción ampliada de la lógica del capital. Ya los clásicos del marxismo habían denunciado el proceso progrediente del avance del capitalismo a escala planetaria llamándole fase imperialista del capitalismo. Marx y Engels en El Manifiesto del Partido Comunista plantean que "Merced al rápido perfeccionamiento de los medios de comunicación, la burguesía arrastra a la corriente de la civilización a todas las naciones, hasta a las más bárbaras. Los bajos precios de sus mercancías constituyen la artillería pesada que derrumba todas las murallas de China y hace capitular a los bárbaros más fanáticamente hostiles a los extranjeros. Obliga a todas las naciones, si no quieren sucumbir, a adoptar el modo burgués de producción, las constriñe a introducir la llamada civilización, es decir, a hacerse burgueses. En una palabra: se forja un mundo a su imagen y semejanza"(38). Lo que de hecho ha habido es un proceso de profundización de esa lógica expansiva de un capital que ciertamente es apátrida y tiene como fin la acumulación por la vía de la explotación y la dominación de hombres y naciones. El proceso de globalización se corresponde con un proceso creciente de desnacionalización de la vida y las economías de los pueblos pobres y dependientes(39). Ello explica porque según los manuales de la más rancia ortodoxia neoliberal el responsable fundamental de la crisis civilizatoria es justamente la ineficiencia y la corrupción intrínseca de todo Estado posible. El neoliberalismo preconiza una especie de antiestatismo metafísico en el sentido de descalificar a priori todo Estado como ineficiente, tanto para la generación de riqueza como para su distribución. En un agudo análisis de Héctor Samour titulado "Crítica Radical del Neoliberalismo"(40), identifica por lo menos nueve características fundamentales del proceso constitutivo de este nuevo paradigma civilizatorio, a saber:
En suma, el Neoliberalismo es una cosmovisión que intenta totalizar todos los ámbitos de la existencia social e individual y que pretende presentarse, por ahora, como el único ideal civilizatorio posible. 4. Perfil Básico del Estado en la Cosmovisión Neoliberal. Es de la evidencia que en la cosmovisión neoliberal de la sociedad hay una ruptura con el perfil del llamado Estado de Bienestar que arrancó con la revolución económica keynesiana en los años 50s. Pero también hay una ruptura más profunda que apunta al desdibujamiento de la idea de lo político que se constituyó en la modernidad. El carácter Neoliberal del Estado conecta mas bien con las líneas fundamentales de la visión post-moderna(41). Era propio de la visión liberal clásica del Estado la idea de que la racionalidad de la organización social del poder debería estar en función de la salvaguarda de la societalidad amenazada permanentemente por una especie de "darwinismo social" en el cual los intereses individuales podían dar al traste con la vida social misma. Pero el Estado estaba ahí justamente para expresar de forma eminente la liberalidad racional de los sujetos que producían, en virtud de un contrato social, esa forma organizativa llamada Estado(42). Con el Neoliberalismo el Estado se presenta no ya como expresión de la libertad de los sujetos, sino justamente como una amenaza de esa libertad que se vería constreñida y limitada por el ámbito de lo político. El Estado amenaza y limita abusivamente la esencia mas patente del hombre: la libertad. Por otra parte, la legitimidad del Estado, según la perspectiva Neoliberal, proviene no de la mayor o menor capacidad que tenga para expresar la soberanía del pueblo, la voluntad popular. Ahora se considera que el fundamento de la legitimidad del Estado se la encuentra en el cumplimiento de los requisitos formales de una democracia delegativa. Para el neoliberalismo, el Estado debe desentenderse de la suerte de las gentes; para el logro del bienestar social y la felicidad humana está en el mercado(43). Precisamente por ello se considera que la gran función del Estado, y el criterio de su excelencia, es la de velar por el irrestricto cumplimiento de las leyes todopoderosas del mercado. Se postula con el Neoliberalismo un nuevo macrosujeto que habría de llevarnos de la mano por las calzadas anchas de la dicha y la felicidad: el mercado. Hay una especie de puesta al día de la famosa tesis de A. Smith de la "mano invisible", según la cual, la lógica del mercado es tan perfecta que buscando cada cual su provecho personal hay una suerte de fuerza misteriosa que logra obrar por encima de esa guerra de uno contra todos y sacar adelante el interés de la comunidad. Por ello el Estado no debe intervenir en la gestión económica; a no ser para velar por el libre juego de la oferta y la demanda. Entonces, el Estado tiene que olvidar sus funciones tradicionales como reactivador de la demanda social, como satisfactor de las necesidades sociales, como instancia que busca la formación de mercado interno, etc. Se trata únicamente de un Estado gendarme al servicio de las libres leyes del mundo de la producción y de la circulación de mercancías. Positivamente, el Neoliberalismo le asigna al Estado la tarea de generar las condiciones materiales y espirituales necesarias para la globalización, la apertura total de los mercados, para mantener políticas de arancel cero, para impulsar la dolarización, y la conformación de bloques económicos que, en todo caso, habrán de beneficiar los intereses de la clase dominante en cada uno de los países(44). No hay que olvidar que el capital no tiene patria. Paradójicamente, la lógica Neoliberal obliga a los Estados, que son como la expresión mas acabada de la nacionalidad, a desnacionalizarse en función de una lógica globalizadora omnímoda y pluriforme.
III. NOTAS ESENCIALES DEL TIPO DE ESTADO EN EL SALVADOR. Más allá de una definición instrumental del Estado, habría que afirmar con Poulantzas(45) que el Estado es, en su esencia, la organización social del poder. Ya sabemos que la función general del Estado, por lo menos del Estado capitalista, es la de favorecer las condiciones para la producción y la reproducción ampliada, tanto de las relaciones propicias para la explotación de la fuerza de trabajo, así como también para garantizar las condiciones, objetivas y subjetivas, para la reproducción de las relaciones de poder. El poder, desde la lógica del capital, es la capacidad que tiene una clase o fuerza social (pero siempre con una sustancia clasista) para conformar (bien por la vía del consenso, o bien por la vía de la coerción) a la sociedad entera según sus intereses dominantes. Así las cosas, habría que considerar que, aunque no hay que confundir Estado con gobierno, la cuestión del poder social es algo que no hay que reducir a las formas estructurales a través de las cuales el Estado se realiza como tal. Cuenta asimismo el poder socialmente organizado que puede vertebrarse desde los críticos o contradictores del Estado: todos aquellos que padecemos el ejercicio de la naturaleza dominante y deshumanizadora por parte del Estado. Hay que caer en la cuenta que la naturaleza opresiva del poder socialmente organizado no es algo que reposa sobre sí mismo. El fundamento del carácter opresivo del Estado capitalista se lo encuentra en la naturaleza propia de las relaciones a través de las cuales se producen y reproducen las condiciones materiales de la vida de los hombres. De tal forma que, aunque no hay una solución mecánica de continuidad a la manera de una lógica de causa a efecto entre sustancia opresiva del Estado y naturaleza explotadora del régimen económico y tipo de sociedad, suele ocurrir una correspondencia dinámica entre ambas, entre régimen político y lógica económico. Todo esto rayaría en la aburrida obviedad sino fuera porque actualmente tenemos en nuestro país que la democracia neoliberal (un tipo de régimen político), que supuestamente habría de favorecer la construcción de formas y niveles de poder real por parte de la sociedad, se ha constituido en un inmenso narcótico que inhibe, desnaturaliza, o dificulta la construcción del poder real por parte de la sociedad civil. ¿Cómo nos explicamos que entre más se avanza en la conformación de las formalidades de la democracia neoliberal, se dificulta, de hecho, la participación real de la ciudadanía en la vida nacional?. Tanto para Hobbes como para Rousseau la naturaleza del Estado se constituye a partir de la consideración de los hombres como sujetos de suyo libres, y en ambos casos la organización social del poder tiene como propósito posibilitar la societalidad, misma que se vería amenazada por la dinámica propia de los intereses materiales de la vida en una sociedad conflictiva. Claro que para ambos pensadores la conflictividad social se fundamenta en la tendencia centrífuga de la individualidad, la cual tiende, por sí misma, a la autorrealización egoísta; de ahí que siguiendo su pensamiento se podría decir que habrá conflicto mientras haya individuos. Con Marx sabemos que el fundamento de la conflictividad societal no se lo encuentra en la existencia de una supuesta naturaleza humana puesta al margen de la vida social. Para Marx, el hombre no es, como para Hobbes, el lobo del hombre. Es, más bien, el conjunto de sus relaciones sociales. En Marx, hay una cosmovisión más esperanzadora de la vida social. Para él la vida no se resuelve en la contradicción (como para Locke, Hobbes, o Rousseau), sino en una unidad al superar el reino de la necesidad por el reino de la libertad en el comunismo científico. En todo caso, es propio de la visión de la modernidad la consideración del Estado como instancia garante de la societalidad. Para la modernidad, la función básica del Estado es hacer posible la societalidad. Por ello se podría avanzar la tesis de que el fundamento de la sociedad no es tanto la familia, sino más bien el Estado. También el economista Minor Keynes, entendiendo la raíz conflictiva que parte de la lógica de la acumulación capitalista (concentración y centralización de la riqueza) habría de proponer la intervención del Estado como reactivador de la demanda social, todo con el propósito último de garantizar la vida social burguesa. Es de la evidencia que el Estado no es una estructura neutral con una función arbitral situado por encima de la conflictividad clasista. El Estado tiene, como lo dijimos arriba, una función clasista general que cumplir. No es casual que en este momento, el mismo Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial estén recomendando el fortalecimiento del Estado para palear los efectos subversivos de las medidas neoliberales privatizadoras. En fin de cuentas, el asunto es que la tesis del afincamiento de las formalidades de la democracia neoliberal ha conducido a una desmovilización generalizada por parte de la sociedad civil. Nadie, en su sano juicio, se atrevería a negar cierto efecto narcotizante por parte de las estructuras y la funcionalidad de la democracia neoliberal sobre las dinámicas y estructuras de la participación real de la sociedad civil. La ambigüedad de la democracia neoliberal promueve la confusión y la idea de una función delegativa del poder y la gestión política. Se nos ha logrado vender la idea de que el fundamento de la democracia consiste meramente en la participación ciudadana a través de los mecanismos y procesos que la misma clase dominante ha diseñado para tal efecto. La democracia vendría a ser algo así como el efecto necesario del respeto de la institucionalidad burguesa. De tal forma que se ha producido entre nosotros una especie de sentido común que entiende por democracia la participación en los procesos delegativos del poder a través de los eventos electorales. Hay fenómenos de desmovilización, de desmembramiento, y de anomia de la gestión ciudadana. Cada vez somos menos pueblo, para venir a ser simple público (en el sentido de la mercadotecnia). Resulta paradójico que los niveles de la organización y gestión popular en este país hayan crecido tanto y de tan diversa manera en un momento cuando la forma de gobierno era altamente represiva (dictaduras militares fascistoides) y cuando los niveles de contradicción social eran prácticamente explosivas (el modelo agro-exportador fundamentado en la matriz económica del café). Quizá a ello se refería Paul Swizzy cuando advertía que la democracia burguesa es el tipo de Estado que mejor salvaguarda los intereses estratégicos del capital(46), contrariamente a los regímenes abiertamente dictatoriales. Las fuerzas sociales de raíz popular han caído en la trampa de jugar a la democracia neoliberal. Trampa, por lo siguiente:
En conclusión, la democracia neoliberal, que es nuestro tipo de Estado, mediatiza las formas, la dinámica, y la intensidad de la participación real ciudadana. Adormece el carácter popular de la lucha popular. Si esto no fuera así, entonces, ¿por qué la izquierda ha gastado sus mejores energías en la carrera electorera descuidando la organización popular?. En tal sentido, Héctor Nassim, analista político, asegura que nadie habría creído que "la revolución salvadoreña no habría sido derrotada por la derecha (sea esta política, económica o militar) ni por el imperialismo yankee, sino que desde dentro del mismo heroico y genial FMLN habrían surgido las ideas y las acciones para su mediatización como fuerza garante del cumplimiento del Acuerdo de Paz y guía en el pleno logro de la Revolución Democrática (...) En términos conceptuales, el haber elevado el pragmatismo político por sobre los más nobles principios que orientaron toda la fase de la lucha, ha conducido a un acomodamiento al sistema que se combatió y al impulso de grupos de poder en donde afloran aquellos intereses personales que desnaturalizan la esencia del Partido Revolucionario para caer en los tradicionales estandartes de la politiquería"(47). Es la hora de reivindicar la bandera del carácter popular de la democracia y de acumular fuerzas por la vía de la organización y la lucha popular para tener poder real; poder que no proviene necesariamente de manejar cargos gubernativos. Nuestro tipo de Estado es Capitalista, dependiente y subdesarrollado, en el cual la clase fundamental ha intentado desarrollar un régimen político de democracia restringida, delegativa, eleccionaria. Y la manera como el gobierno concreto del Presidente Francisco Flores ha manejado el conflicto en el sistema de salud nos demuestra que no hay transición posible a la democracia plena si no es a partir de la ruptura del tegumento neoliberal que el capitalismo globalizado nos ha impuesto.
Tanto el concepto de cultura como el concepto de paz sufren la situación de parecer ideas evidentes en sí mismas. Pero no podemos partir del inveterado prejuicio de que al hablar nos entendemos. Sobre todo en consideración del carácter social de los procesos de construcción conceptual de los diversos modos como conocemos, sentimos, valoramos y hacemos la vida. Somos, esperamos que más para bien que para mal, educadores, y por ello quizá la mejor manera de ensayar una aproximación crítica a lo que haya de entenderse por la relación que de hecho hay entre paz, cultura, y educación, sea la de analizarla en su articulación con lo que es el hecho educativo. En un primer momento, la referencia al hecho educativo, como una forma de la praxis social, puede parecer un molesto rodeo por la irrealidad. Sin embargo, miradas las cosas más de cerca, resulta que la dimensión estrictamente educativa es intrínseca al carácter cultural de la práctica humana por la paz. Hacia ello apunta Celestino del Arenal, teórico de la Cultura de Paz, cuando afirma que "Hoy, investigar por la Paz, educar para la paz, y actuar para la paz, constituyen sin lugar a dudas las tareas más decisivas del quehacer de los hombres"(48). De modo que quisiéramos se nos permitiera referirnos al hecho educativo para elucidar de mejor manera la identidad propia de la naturaleza de lo que hayamos de proponer por cultura y por paz. Al final, esperamos, se verá la riqueza insospechada que puede tener el trabajar el concepto de cultura de paz teniendo en cuenta la acción propiamente educacional. Para intentar un primer abordaje de la relación dinámica entre la práctica educativa y la cultura de Paz habría que empezar precisando, en la medida de lo posible, los elementos esenciales de lo que haya de ser tanto el hecho educativo como la cultura de paz. Para nosotros el hecho educativo tiene por lo menos 5 notas esenciales:
Así se expresaba Marx en la obra que los especialistas consideran justamente como la que deslinda al Marx Joven del Marx Maduro: la Ideología Alemana (l845). Sin embargo, en una de las obras consideradas dentro del período de plena madurez de Marx, las Tésis Sobre Feuerbach, precisa aún más el asunto. "La esencia humana no es algo abstracto e inmanente a cada individuo. Es, en su realidad, el conjunto de las relaciones sociales"(51). Claro que no se trata en Marx de una especie de disolución de la subjetividad individual en el caldo de las formas estructurales de la existencia social. El marxismo no es un estructuralismo porque la motivación última de la obra teórica y sobre todo práctica de Marx es cabalmente el ser humano. Erich Fromm ha logrado precisar este aspecto de la cosmovisión de la teoría social de Marx al señalar que "El fin de Marx era la emancipación espiritual del hombre, su liberación de las cadenas del determinismo económico, su restitución a su totalidad humana, el encuentro de una unidad y armonía con sus semejantes y con la naturaleza. La filosofía de Marx fue, en términos seculares y no teístas, un paso nuevo y radical en la tradición del mesianismo profético; tendió a la plena realización del individualismo, el mismo fin que ha guiado al pensamiento occidental desde el Renacimiento y la Reforma hasta el siglo XIX"(52). Metodológicamente, el pensamiento de Marx tampoco es un empirismo positivista. "El problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva no es un problema teórico –dice Marx-, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. El litigio sobre la realidad o irrealidad de un pensamiento que se aísla de la práctica, es un problema puramente escolástico"(53). La articulación dialéctica de teoría y acción es colocada por Marx en el centro de los procesos por los cuales el hombre se construye humanamente. En la Tésis 3 Sobre Feuerbach, Marx señala que "La teoría materialista de que los hombres son productos de las circunstancias y de la educación, y de que, por tanto, los hombres modificados son producto de circunstancias distintas y de una educación modificada, olvida que son los hombres, precisamente, los que hacen que cambien las circunstancias y que el propio educador necesita ser educado"(54). Por ello ha dicho el Dr. Adolfo Sánchez Vázquez, maxólogo mexicano, que una de las categorías centrales del Marxismo es la praxis(55). Antonio Gramsci, siguiendo las mismas razones, ha sintetizado la orientación teórica de Marx como Filosofía de la Praxis(56). Lo propiamente educativo de la acción social sólo se da cuando el hombre logra hacer que la realidad sea realmente suya. El filósofo vasco Xavier Zubiri ha dicho que el hombre es la única estructura sustantiva que posee la realidad en propio; esto es, para la que lo real es reduplicativamente suya(57). Así, educación plenamente tal se da cuando hay una real apropiación de la realidad que desborda los límites de lo que podríamos conceptuar como propiedad jurídica. La apropiación de lo real es consciente y crítica cuando, en primer lugar, conozco la estructura esencial de la realidad que me apropio, en segundo lugar, ésa apropiación es crítica en la medida que mueve a la transformación (no mera modificación) de esa realidad; de ahí que el conocimiento al que aludimos no es sólo cuestión de esclarecimiento intelectual, sino fundamentalmente de transformación efectiva y eficiente de las condiciones de lo dado.
En suma, ya de manera sintética, podemos afirmar que educación es todo proceso de enseñanza-aprendizaje que realiza el hombre concreto interactuando con la realidad a través de la praxis, en donde esta interacción práctica es consciente y crítica guiada por la intencionalidad de transformar la realidad a favor de la humanización del hombre. La misión de los procesos de institucionalización de la práctica educativa y los propios de la organización social del poder (Estado), no necesariamente tienen por qué desnaturalizar el carácter propiamente educativo de la acción social; sin embargo, cuando estos procesos responden más a la divisa del mantenimiento de la seguridad nacional, o bien al propósito de la defensa de un sistema determinado de objetivaciones, entonces el carácter educativo de la praxis social pierde su esencia. En tal sentido, nos parece que, en concreto, el sistema educativo nacional está pagando tributo a su naturaleza de ser uno de los aparatos ideológicos del Estado. El sistema educativo y la Reforma Educativa tienen serios amarres con la lógica neoliberal, como expresión cultural del capitalismo tardío, esto es, globalizado. En tal sentido tenemos serias dudas de que esté educando; más bien consideramos que está indoctrinando y domesticando, o bien simplemente instruyendo. Por ejemplo, en el terreno de la educación en valores, lo que en la práctica está haciendo el Ministerio de Educación es simplemente instruir sobre la necesidad de practicar una serie de valores liberales impuestos y aceptados irreflexivamente por la población docente y estudiantil. Jamás se ha discutido qué es un valor, y cuál es la dinámica de construcción de valores para fortalecer una sociedad fundamentada en la justicia y la paz. Justamente el tema de la Cultura de Paz es uno de los grandes vacíos del Modelo Curricular de la Reforma Educativa. Cuando se habla de cultura de paz normalmente se parte del supuesto de que todos entendemos del mismo modo aquello a lo que nos referimos. No obstante hay distintas maneras de entender este concepto. Al decir esto sólo estamos señalando un hecho; no significa ni que no pueda haber un concepto rigurosamente científico de paz, ni, peor aún, que no deba haberlo. La idea de paz es una categoría histórica que se sustantiva en y desde el carácter concreto de la existencia pluridimensional del hombre. Pero ello no implica la caída en una especie de relativismo existencial que olvida la trascendentalidad de la vida humana. No se trata de avanzar la tesis según la cual lo que haya de ser la paz está sujeta de manera exclusiva a los cambios de la existencia. Hay una dimensión trascendental de la vida del hombre que se historiza desde la praxis. Somos de la idea de que la paz, como realización plena del hombre, constituye una nota esencial de la condición humana, la cual naturaleza está articulada dialécticamente a las formas concretas de la existencia tanto individual como colectiva. De ahí que podamos hablar, con Celestino del Arenal, de la superación de las nociones tradicionales de paz(58). Parece contradictorio entonces que el mismo Autor, teórico de la Cultura de Paz, afirme que "... en la propia noción de paz, respecto de la cual no hay un concepto universal y preciso de lo que es y significa"(59). En realidad, si lo que Del Arenal está haciendo es una afirmación constatativa, señalando un hecho, podría ser que coincidamos con él; pero si lo que está planteando es una tesis de alcance epistemológico en el sentido de que no es posible alcanzar una noción científica de la paz tendríamos que recusarlo. La elaboración de un concepto científico de paz es un reto que habremos de asumir. Hablamos de un concepto con rigor lógico y validez universal. A este respecto intentaremos una aproximación por la vía negativa (como recurso meramente metodológico) planteando primero algunas aproximaciones que históricamente han mostrado ser limitados, para, finalmente, arribar a una proposición positiva, concreta (en el sentido de ser síntesis de múltiples determinaciones). Celestino del Arenal, teórico de la Cultura de Paz, propone que toda aproximación al concepto de paz debe tener en consideración las siguientes determinaciones: "En primer lugar –dice-, la paz es un valor a alcanzar, un ideal, respecto del cual nadie afirma estar en contra (...) y dado que la paz, entendida en este sentido estricto, nunca se ha alcanzado en la historia de la humanidad y que, por lo tanto, no tenemos una imagen real y definible, en relación a una realidad histórica concreta, de lo que es el estado de paz, como ideal o valor a alcanzar, puede ser objeto de manipulación, tanto en cuanto a lo que es un estado de paz, como en cuanto a las vías para su realización"(60). En síntesis, en un enfoque de tipo empirista, Del Arenal considera que, como todo conocimiento proviene de la experiencia, y como el hombre no tiene referente empírico del estado de paz, entonces no se puede conocer ni definir dicho estado y por ello abre el terreno justificado para la especulación y la manipulación. Celestino del Arenal pasa por alto que la experiencia que entra a jugar en la construcción del conocimiento no es aquella que sólo proporciona una copia fiel de la realidad. Olvida el papel activo de la razón, la capacidad prefigurativa del intelecto, que puede, siguiendo las leyes lógicas, proyectar, generalizar la experiencia, y crear, legítimamente, conceptos válidos universalmente y con rigor lógico. Sin caer en una situación platónica, podemos decir que, aunque no existe empíricamente la esfera perfecta ello no obsta para que la razón pueda construir el concepto matemático perfecto de esfera. Hay un sentido en el cual la razón puede lógicamente ir un paso delante de la realidad empírica. De acuerdo a los análisis de Johan Galtung, uno de los investigadores contemporáneos de la Cultura de Paz, se pueden establecer dos tendencias en la conceptualización de la paz; ambos conceptos habrían de ser propios de las ideas grecorromanas de eirene y de pax: "Una, la tendencia a definir la paz como la unidad interior contra una amenaza exterior, de lo que se deduce que la amenaza exterior fomenta la unidad interior, de la unidad política o Estado, se entiende. Surge, así, la idea de ‘nosotros contra ellos’, que es la razón de ser de la defensa armada. El si vis pacem para bellum se transforma en el punto de referencia para lograr la paz y en la razón justificadora de las fuerzas armadas y el armamentismo, cuya misión y razón de ser es la paz, en una doble dimensión. De un lado, a través de la defensa frente al exterior, lo que supone el desarrollo del armamentismo y del militarismo, que busca defender al Estado. De otro, a través del mantenimiento del orden y unidad en el interior. La paz es, de otra forma, simplemente la ausencia de conflicto o violencia externa e interna, transformándose el Estado en el elemento definitorio de la noción de paz"(61). La segunda tendencia que destaca Galtung tiene solución de continuidad con la anterior. En ella se "define la paz en función de un universo que nace y tiene su centro en occidente. Esta tendencia presente desde el imperio romano, se materializa en una universalización de la idea de paz, como ley y orden interno(...) De nuevo es el Estado el elemento básico para la noción de paz (...) la paz es competencia exclusiva de los Estados"(62). G. Pardesi, otro teórico de la cultura de paz, nos llama la atención sobre la existencia de dos escuelas en la conceptualización del fenómeno de la paz. La primera, que él llama americana, para la cual los problemas de la guerra y de la paz pueden separarse de otros problemas sociales, como la explotación, el neocolonialismo, el imperialismo, etc. La segunda, la escuela europea o radical, que enfatiza los problemas de la explotación y opresión entre los Estados y dentro de los mismos(63). Esta cosmovisión norteamericana, que tiende a reducir la cuestión de la paz a la mera ausencia de guerra y que la define negativamente como algo que atañe de manera casi exclusiva a una cuestión inter-estatal dejando de lado toda la dimensión intra-estatal y los problemas de la realización humana, como la justicia, la participación, el desarrollo con equidad, etc., como decimos, quizá esta visión es la que está presente en la clase fundamental de nuestro país. En esta última línea argumentativa, hay que tener en cuenta que, más allá de la obvia incidencia del ideal civilizatorio que impone Estados Unidos, incluso está el hecho de que buena parte de los funcionarios de la actual administración gubernativa han sido formados en las universidades norteamericanas. En todo caso, esta conceptualización de la paz también ha sido puesta en evidencia por A. Eide, teórico de la Cultura de Paz, para quien la paz, desde este enfoque, quedaría reducida a una perspectiva minimalista en términos de mera ausencia de guerra, dejando de lado otro tipo de conflicto y de violencia(64). Celestino del Arenal indica que "hay que señalar el carácter marcadamente conservador y de mantenimiento del orden internacional de esta concepción"(65). Claro que también es parte de la traducción sociológico-política de esta interpretación restringida de la paz un conservadurismo del orden establecido muy similar a los principios teóricos de la Doctrina de Seguridad Nacional que aún vivimos, aunque sofisticados, en nuestro tipo de Estado. Muy ligado con este enfoque que podríamos llamar minimalista de la paz, hay otro abordaje, que si bien es cierto es menos burdo y reduccionista, en el fondo deja intacto el problema de una conceptualización positiva de la paz, y, por tanto, subrepticiamente, mantiene un sesgo conservador del orden establecido. Así, Del Arenal afirma que "Para la corriente intermedia (...) la paz no es sólo la ausencia de guerra, sino también la ausencia de un sistema de amenazas, es decir, la ausencia de instrumentos e instituciones de guerra (...) la noción de paz sigue siendo exclusivamente negativa, sin plantearse, por lo tanto, la necesidad de cambio de las estructuras sociales, como forma de avanzar realmente hacia la paz"(66). En Abril de l999, los Licenciados Gilberto Arturo Cortés Estévez, José Antonio Guzmán Cardona, y Cesar Emilio Quinteros Martínez presentaron un sugestivo trabajo de Tésis para optar al grado académico de Maestro en Derechos Humanos y Educación para la Paz; dicho trabajo se titulaba "Percepciones Sobre La Paz de la Población Salvadoreña Durante el Período de Transición 1998-1999". En la parte dedicada a las conclusiones de la investigación, luego de asegurar que "El planteamiento de Paz positiva puede parecer utópico ante las limitaciones fácticas para la concreción de la misma, así como ante la carencia de un procedimiento o programa determinado para la construcción de la Paz Positiva"(67); proponen una perspectiva de análisis que, según ellos, habría de enrumbarlos en la dirección correcta para no caer en la deseperanza/deseperación, y alentarlos en el trabajo por la paz positiva. En sus palabras, "A fin de no incurrir en el inmovilismo resultante de la no concreción de la PAZ positiva, o no ser víctimas de la desesperanza por la misma razón, se propone como línea de análisis la PAZ imperfecta, que como anteriormente se indicó asume la existencia de formas de conflicto al interior de la sociedad, pero estos son administrados de tal forma que no ponen en peligro la existencia coherente de la sociedad en su conjunto" –subrayado nuestro-(68). Se advierte en esa línea de análisis un intento de realismo que se aproxima demasiado, de hecho, al abandono de la dimensión utópica por la absolutización subrepticia de cohesión de la societalidad dada. La identidad propia de la imperfección de la paz no se alcanza desde una posición que "asume la existencia de conflictos al interior de la sociedad, pero estos son administrados de tal forma que no ponen en peligro la existencia coherente de la sociedad en su conjunto". No creemos que sea nota esencial de la paz imperfecta la adopción de un realismo de bajo perfil, que encuentra en la existencia de la conflictividad social el horizonte pragmático de lo posible, que se revela como tal porque celebra que la conflictividad es administrada de tal forma que se mantiene la existencia coherente de la sociedad. No podemos aceptar esta manera de conceptuar la imperfección de la paz porque considera como nota esencial suya la mera administración de la conflictividad social en función del mantenimiento de una coherencia o cohesión social dada. No se percata que:
Tampoco podemos celebrar como propio de la paz imperfecta la búsqueda de la "existencia coherente de la sociedad", de este tipo de sociedad. La única forma de hacer esto es haber renunciado a la construcción de un tipo de sociedad y un régimen político radicalmente alternativo al presente. La imperfección de la paz que nosotros aceptamos, como un hecho a superar, supone lo siguiente:
En síntesis, hasta aquí hemos intentado una aproximación del fenómeno de la paz por la vía negativa. Es evidente que no puede conceptualizarse la paz como la mera ausencia de conflicto armado. Positivamente la paz tiene que ver con los procesos de humanización integralmente entendidos. El punto es comprender que hay una especie de reduccionismo del concepto de cultura de paz. Sentimos que con este concepto ha habido una semantización que está demasiado relacionada con el reduccionismo referido al concepto de conflicto pensado este como algo que se da primariamente como guerra armada. Pero esta es sólo una de las formas del ejercicio de la fuerza. No es casual que los acuerdos firmados entre el gobierno salvadoreño y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional se llamen "Acuerdos de Paz". Entonces, hay un primer reduccionismo que pone la carga semántica del concepto Cultura de Paz en el hecho de la finalización de la guerra armada. Cultura de Paz sería el estado social de ausencia de guerra armada-militar. Hay un segundo reduccionismo que conceptúa la paz como un estado pasivo de ausencia de contradicción, como la vuelta a una especie de existencia inorgánica en donde no hay ruptura ni crisis. Ello implica la unión del concepto Cultura de Paz a la deslegitimación de cualquier dinámica que mueva a la contradicción, a la ruptura, a la crisis. |