LA SOCIEDAD LATINOAMERICANA FRENTE A LA VENTANA DEL SIGLO XXI


Robinson Salazar P.
Sociólogo Investigador y docente en la
Universidad Autónoma de Sinaloa, México
Comentarios y sugerencias
Robincea@data.net.mx

Sobre el conjunto de cambios que se vienen presentando en la sociedad latinoamericana, son muchos los análisis que existen; no obstante, hasta el momento, no se ha trazado un eje conectivo entre los cambios que se suscitan en la sociedad y su efecto generador de fuerza sobre la nación de hoy, la cual se resiste a cambiar su estructura organizacional de Estado-Nación decimonónico y monolítica, despreciando la oportunidad para enlazarse en la dinámica abarcativa e incluyente que requiere la sociedad contemporánea.

Ante la disociación que se presenta entre sociedad y nación, ésta última se ha visto presionada por dos polos de atracción, por una parte, la mundialización, cuya manifestación en el campo económico y político, medra el tradicional entramado institucional del Estado-Nación, mismo que se sustenta en el individualismo universalista, que más tarde tomó forma y cuerpo en un orden político que privilegió la libertad, el interés privado y las garantías individuales, donde todos las personas son iguales ante la ley, excluyendo de esta manera a los sectores minoritarios y a los que demandaban un trato específico.

La forma en que está organizado el Estado-Nación en América Latina, y que sigue fiel a los legados que sembraron los libertadores, no sirve de mucho a la sociedad reclamante de hoy; menos a los desafíos que enfrenta a diario el Estado por los embates de la mundialización, donde la soberanía, las decisiones en el terreno económico y la manera de atender los reclamos nacionales, tienen un ingrediente internacional que fisura el ordenamiento autónomo y las decisiones exclusivas de los gobiernos nacionales.

Ante ello, la nación debe atender, con entusiasta prioridad, una readecuación de su andamiaje institucional, sus ordenamientos jurídicos y reposicionamiento en el ambiente mundial.

Por otro lado, en el ámbito interno, la sociedad ha evolucionado, en los últimos 25 años, con una velocidad indescriptible, pues sus tejidos han sido atrofiados por la caducidad de algunos actores y por la emergencia de otros; por la amplitud de los reclamos populares y la extensión del espacio público, entre otras manifestaciones del orden social; hoy son resarcidos por acciones inéditas que los nuevos agentes y actores sociales trazan sobre el escenario de cada nación del mosaico latinoamericano.

La unidad cultural y la lealtad a la nación que pregonó el Estado-nación, han sido desplazadas por una multiculturalidad que se encontraba en el subsuelo de la nación y que había sido callada por muchos años, a través de la represión institucional, la defensa de la soberanía y la unidad nacional; hoy día resurge la diversidad y rompe el zócalo de la opresión, reclaman su espacio y lugar dentro del mosaico de la nueva nación, demostrando que en una nación existen múltiples proyectos de nación, distintas percepciones sociales e innumerables utopías que hacen de ella una unidad diversitiva.

En esta parte pretendemos reflexionar con mayor detenimiento, puesto que la discusión que aborda los temas sobre la vigencia o no del Estado - Nación está bastante tratada con objetividad por distintos analistas, entre los que destacan Anthony Smith, Touraine, Roland Robertson, John Rex, Michael Billig y Roland Beiner, entre una pléyade de pensadores que tratan, con sus estudios, de dibujar la futura nación del tercer milenio.

Lo que pretendo en esta tarea discursiva es exponer cuales son los nuevos ingredientes que se combinan e interrelacionan en la sociedad latinoamericana que abre las puertas de año 2000; asimismo, poder confrontar el cuerpo social con la estructura que tiene la nación, en el orden cívico, político y étnico, hasta encontrar las limitantes que posee el cuerpo jurídico-político de la nación ante las demandas incluyente de la sociedad de hoy.

Sí la sociedad de hoy está siendo alterada por un conjunto de actores sociales, donde sobresalen aspectos de autonomía locales, formas organizacionales híbridas que entrelazan lo tradicional con la modernidad; identidades que se redefinen, otras se reafirman; las minorías étnicas reclaman un espacio en el concierto nacional y se insertan en las coordenadas de la democratización de la política; el espacio público se extiende a lo largo y ancho del país, incorporando nuevos agentes y actores para decidir sobre el rumbo de la nación; los derechos especiales se van acomodando en el conjunto de demandas hasta convertirse en derechos o ciudadanías específicas que no lesionan a los derechos universales, pero de igual manera se posicionan a la par o en el mismo escalafón que éstos ocupan, debido al crecimiento actoral de los indios, las mujeres, los homosexuales entre otros más.

Asistimos a un evento magno, donde los múltiples actores sociales que viven dentro de los pueblos de América Latina, tiene como holograma distintivo una multidiversidad de acciones, una pluralidad de ideales y un arcoiris multicultural, dando a entender que nos asomamos a la ventana de una nueva nación, que rompe los estrechos marcos de la homogeneidad, de la verticalidad de la unidad política y la singularidad de la cultura nacional. Se aproxima el proceso que deseclipsa una nación y que abreva en la nueva sociedad en construcción; lee las nuevas lecciones que escriben los actores emergentes e insumisos y trata de incorporar en ella a todos las naciones que viven dentro de la macro nación.



La molecularización social y la ampliación de la red actoral

En la medida que avanza inexorablemente el proceso de mundialización, son cada día más los aspectos económicos, políticos, culturales y sociales que se involucran en esta fuerza interconectiva, haciendo que lugares, grupos humanos e individuos, se asomen a la ventana del mundo y se den cuenta de lo que está aconteciendo; algunas veces descubren cosas nuevas; en otras ocasiones solo llegan a reafirmar su convicción o sus demandas, dado que en otras latitudes, se encuentran otros grupos o franjas sociales luchando por lo mismo o enfrentando una situación similar de adversidad.

Este fenómeno social de fin de siglo, ha servido para que autores como Giddens hayan incursionado en las pesquisas que lo orienten a descubrir las singularidades que afloran en la sociedad cuando es envuelta en la globalidad y, sin menospreciar los embates negativos que genera esta mundialización, descubra, entre las capas interconectivas, nuevos acontecimientos y expresiones que van cambiando, poco a poco, el rostro de la sociedad.

Una de las caras, de las múltiples que tiene la sociedad, es la molecularización, cuya esencia es la ruta de la reestructuración social que va encaminada hacia el tejido de una enorme sábana que se compone de redes asociativas que funcionan en forma de lazos, conectes, de enlaces químicos entre una comunidad molecular y otra, hasta armar convergencias de acciones ante una demanda común o problema que atañe a todos.

Expliquemos mejor este proceso de aglutinación social

La sociedad que fue golpeada y desestructurada, en algunos tejidos, por la globalización, ha ido abandonando, poco a poco la etapa de atomización social, donde por doquier se observaban individuos aislados, desconectados entre sí y envueltos en una acción segregada y sin asomo de una asociación colectiva. Ante este espectro newtoniano, tomo cuerpo una teoría de la fatalidad y del caos, misma que intentaba dar cuenta de lo que acontecía en la sociedad.

Desmontar esa mentalidad newtoniana ha sido difícil, pues los portadores de la estafeta atomizadora no logran leer, de manera intersticial, que grandes segmentos sociales se asocian, interactúan en ámbitos de la vida familiar, laboral, recreativa, política y cultural. La multidimensionalidad de las relaciones, hace del hombre y la mujer un ser de enlace, de comunicación permanente que teje acciones, arma demandas y le da sentido a su comportamiento individual y colectivo.

En el marco de los intercambios, el hombre y la mujer organiza la vida social, el lenguaje se desarrolla y el vínculo de los afectos crece, constituyéndose de esta manera los sujetos sociales.

¿Cuándo un hombre o mujer, lo mismo una comunidad o localidad se constituye en sujeto? Al momento que es capaz de objetivar, de convenir, de acordar en el seno de la comunidad y de producir un imaginario común y, por tanto, de construir su realidad (Najmanovich, 1995)

Cuando una comunidad o localidad se conecta, ya sea vía intersubjetiva, a través de los medios, por las imágenes o por los relatos de sus protagonistas, vehiculizan las relaciones del sujeto con el mundo y a la vez amplía el acervo cultural y de conocimiento, mismo que entra en el laboratorio de la creatividad, el análisis y la cogitación en forma de insumo, que al ser procesado y comparado con su entorno, aumenta la capacidad de reflexión.

La capacidad de reflexión es el acto en que los hombres y mujeres seleccionan la información, la codifican, y la ponen en circulación, a fin de ampliar el marco de sociabilidad y forjar nuevas subjetividades sobre el mundo, la sociedad y la política. Al momento que cierran el círculo de la sociabilidad, se pone sobre la mesa del diálogo, el intercambio de hábito, las distintas apreciaciones, experiencias y alternativas que serán su égida para acciones futuras.

Así nacen las redes asociativas, como un ámbito de las interacciones humanas, con la peculiaridad de que en un mundo heterogéneo la interacción se finca sobre el diálogo, el respeto y la tolerancia y, en medio de esa diversidad, construir alternativas incluyentes que satisfagan las aspiraciones de todos los involucrados.

La lógica explicativa que tenemos a la mano es la de una célula embrionaria, que para el caso de la sociología sería un sujeto insumiso que se ha revelado contra el estado de cosas adversas y, al interconectarse por cualquiera de las vías que hemos reseñado, genera un sin número de células que se esparcen por distintos rincones y lugares del mapa latinoamericano, posicionándose en lugares estratégicos, con la singularidad de que se van diferenciando en el transcurso del crecimiento hasta especializarse como células urbanas, rurales, étnica, de género, defensora de los derechos humanos, pro dignificación de los jubilados, entre otras.

Las relaciones intersubjetivas son similares a los mensajes intercelulares, que se dan gracias a un proceso llamado fosforilación, que no es otra que la transmisión de una experiencia, una demanda o una acción entre un sujeto social y otro.

Los estudios sociales que se abocan a este género de la reestructuración social, no son estudios eminentemente sociológicos, pues las herramientas teóricas no son suficientes para descubrir y analizar esas tendencias que se manifiestan no continuas, sino fracturadas, bifurcadas y transversales, por lo que hay que echar mano a la antropología, a la biología y la filosofía, tratando con ello de captar cómo entra una señal, comunicación o interrelación entre dos o más comunidades y a la vez dar seguimiento a la propagación del mensaje.

Cuando se va formando la red asociativa entre comunidades o sujetos colectivos, a través de la comunicación y en busca de organizar una acción colectiva, se observa, no de manera explícita, la voluntad de argüir, deducir, inferir, probar, demostrar, descubrir y oponer argumentos que desembocan en la alternativa diseñada colectivamente; Hay que tener en cuenta que el proceso de intercomunicación es inacabado, pues su fuente permanente de enlaces simbólicos los lleva a configurar una ecuación algebraica donde la constante es el mensaje y las incógnitas son los nuevos signos que se incorporan en el lenguaje intersubjetivo.

El papel que desempeña el fósforo en los enlaces intercelulares, para nosotros es los traslapes identitarios, los cuales no se erigen sobre la similitud en los principios doctrinarios entre una organización y otra; por el contrario, se edifican sobre la obligación que se asume frente a un problema determinado; en la naturaleza multidimensional que tiene los problemas; en la semejanza que adquieren sus luchas; en el cuadro de demandas que enarbolan para movilizarse; en la actitud y resistencia para aceptar una situación adversa, sabiendo que puede modificarse a través de una acción conjunta.

Entonces, lo determinante en los traslapes identitarios es la comunicación, pues, entre comunidad y comunidad existe un puente que permite el paso de un fragmento de identidad que se traduce en un objetivo común o en una meta parcial que deben recorrer juntos. En esa coyuntura de traslape identitario se manifiesta una reacción de transferencia que implica enzima de insumisión, activando la capacidad de reacción y movilización de otra comunidad, desatándose de esta manera una cadena de acciones insumisas que conforman la acción colectiva revolucionaria.

Indudablemente, la transferencia de insumisión ayuda a eliminar la incertidumbre, transmite fuerza, confianza, lealtad, solidaridad y estructura la base de una acción conjunta inter-comunitaria, o sea, la antesala de una fuerza convergente.



DE LA MOLECULARIZACIÓN COMUNITARIA A LA REDEFINICIÓN DE LA NACIÓN

La sociedad latinoamericana no es monolítica como se hizo saber en la interpretación social del Estado-nación; es un amplio mosaico multicolor de grupos y comunidades que tienen sus propios proyectos de nación, sus particularidades culturales, sus elementos simbólicos que se desprenden de acciones específicas y de sus códigos de lenguaje singulares que hacen que la connotación social de la nación sea distinta a la definición de nación territorial y política.

Por lo anterior, la nación social es amplia, diversa y relacional, de ahí que sea necesario que la veamos como un nicho articulado de pertenencias, símbolos y mitos que la hacen compleja, pero relacional en tanto se encuentran puntos convergentes al interior de ella, donde preocupaciones, referencias y búsquedas comunes se aglomeran en un mismo lugar imaginado.

El lugar imaginado no es lo mismo que la realidad imaginada de la que nos habló Anderson, pues en él la comunidad imaginada estaba sobre las identidades étnicas y los pueblos históricos, que al desintegrarse por las transformaciones que se presentaron en las sociedades agrarias, al transitar a su etapa industrial, perdieron su referencia grupal, local y comunitaria, por lo que hubo la necesidad de inventar una asociación más amplia, con un arcoiris de valores artificiales que remodelaron el pasado y prefiguraron un futuro ajeno a los proyectos específicos.

Sobre esa comunidad imaginada se levantó el Estado-Nación, mismo que fue descongelándose con el advenimiento de la globalización, hasta descubrir en las aguas que se desprendieron del hielo, el volver de nuevo a las comunidades, a lo local y a lo singular, como una forma de recobrar vida la sociedad y de vestirse de nuevo del multicolor étnico y cultural.

Entonces se observa que el lugar imaginado, para nosotros, es el reconocer que al igual que yo, existen muchos actores más demandando un espacio, construyendo una acción colectiva y recuperando una identidad que por mucho tiempo nos obligaron a esconderla, pero que en medio del despertar comunitario, nos damos cuenta que hay espacio para todos y que nos invita a reflexionar con la famosa frase de Touraine que intituló su último libro ¿podremos vivir juntos?

¿Podremos vivir juntos? Es el mayor reto que los actores interesado en reconstruir la nación asumen y lo tejen con el cuadro de su cotidianidad, porque se han dado cuenta que las identidades particulares que se están redefiniendo, no tienen una referencia directa con el Estado-Nación, puesto que éste se encuentra en crisis, pero sí están íntimamente conectadas con sus códigos y símbolos que son parte de su entorno inmediato o de su marco de acción específico.

La suma de lo específico, aunada a la convivencia respetuosa, la tolerancia frente al otro y la colaboración entre ellos, serán la ruta menos conflictiva para rearmar la nación del tercer milenio; claro está que todo este espectro relacional de grupos y organizaciones distintas, va a necesitar de un recurso simbólico universal que será la matriz democrática de la nueva nación, sin que ello borre o atente contra el acervo individual o las características particulares de cada etnia o minoría social.

Esta nación imaginada comportará a su interior un tejido molecular, donde cada quién es indispensable, pero sólo no podrá contener la esencia de la nación, porque juntos y sólo así, apuntan a la recomposición de la nación. Ahora bien, la rearticulación de la nación y el reequilibrio de lo social conlleva a la revalorización de lo político, que no es otra cosa que reconocerle un valor especial a la política, a pesar de los esfuerzos que hacen la globalización y el mercado por hacer de lo político algo des-significado en la sociedad contemporánea.

Cargar de significado a lo político y a la política en sí, posibilitaría que la sociedad en su conjunto se extienda sus anchas, sin encontrar obstáculo alguno que le impida su desarrollo para expresar, cada cuadrícula de la nación, sus valores, su pertenencia, su singularidad, sin ningún asomo de mezquindad, ni de neutralizar al otro, porque la ampliación del espacio público será mayor en la medida que cada grupo, comunidad y localidad, llene de contenido su espacio recuperado.

Entonces se podrá ver un horizonte nuevo, articulador, que despunta en el alba la recuperación de la política y lo político a través de la ventana de la democracia, cuyos ejes constitutivos son:

Primero, recuperar el contenido de los grupos sociales y que éstos a su vez vivan en su organicidad una conversión de lo social en lo político, donde ONG, movimientos cívicos, asociaciones vecinales, minorías sociales y grupos étnicos entre otros, presionen, demanden y actúen en dirección a recomponer la nación, ampliar el espacio público y reconfigurar el poder dentro de la sociedad; todo ello bajo una eticidad responsable, que tenga presente que la reforma del Estado pasa por la galería de los distintos proyectos que portan cada uno para redefinir la nación.

El segundo eje, es la recuperación del diálogo como forma de convivencia y camino para la construcción de acuerdos, dado que la amplitud y lo diverso de lo social, debe ser compensado con la claridad en los acuerdos y los compromisos para llevarlos a cabo.

El diálogo como elemento simbólico que perpetúe la convivencia dentro de las diferencias, es uno de los elementos indispensable que debe ocupar un sitial en la organicidad de la nueva sociedad en estructuración.

Por último, el consenso,como la posibilidad más cercana para construir el nuevo paradigma organizacional de la nueva sociedad, pues a través de él, los distintos actores políticos y sociales obtienen licencia para discutir y participar en escenarios locales, regionales y más amplios, como los de carácter nacional.

El consenso es la construcción permanente de acuerdos, mismos que deberán ser las respuestas a las múltiples demandas y necesidades que la sociedad pone sobre la mesa para que sean resueltas, entre ellas, las ciudadanías de género, homosexuales, étnicas y, los derechos especiales de actores marginados, como son los discapacitados, las sexoservidoras, niños de la calle y minorías sociales.

Si se llegase abrir las puertas de la política, bajo los tres ejes antes mencionados, se estaría empatando la reorganización de la nación, la reforma del Estado y la activación de la democracia en un solo proceso, el cual puede desbordar las maquinarias burocráticas de la decisión vertical y destruir la vaga idea de que la globalización y el mercado ha des-significado lo político.

La interrogante que nos asalta en el camino de la reflexión es, ¿qué papel desempeñaría el Estado en la etapa transicional, mientras lo diversitivo se acomoda en la unidad nacional?

Un primer paso, es abandonar paulatinamente su configuración reduccionista, puesto que los nudos conflictuales le están avisando que no puede seguir permaneciendo impávido ante lo que acontece en la sociedad; que debe ser más sensible a lo social que es a quien de debe y, por tanto, retomar los hilos de conducción política, sin caer en el paternalismo, pero si con la capacidad de ejercer el control de la creación de normas colectivas que sensibilicen y comprometan al conjunto de la sociedad con los cambios que se pretenden construir.

El Estado en esta fase, deberá ser capaz de penetrar una sociedad heterogénea, sin ser susceptible a ser controlado por un segmento de ella, sino que debe estar por encima de todo lo diverso, a fin de que se le facilite el dominio para crear y buscar asociar las normas necesarias para una convivencia plural, tolerante, en un espacio público donde sea posible articular representaciones legítimas y democráticas.

A un Estado con estas características, le corresponde crear los espacios para la representación, y es la sociedad quien se ve obligada a llenar de contenido esos espacios; es decir, construir actores que le van a dar vida a la política y a la convivencia democrática; para ello el Estado tendrá que asumir el papel de promotor en la formación de interlocutores autónomos, garantizando las condiciones de seguridad y respeto de derechos y libertades civiles; asimismo, deberá permitir la supervivencia individual y colectiva en condiciones de no-exclusión, o sea, recuperar su capacidad redistributiva para contrarrestar la lógica depredadora del modelo neoliberal.

Así como lo concebimos, el Estado podría afrontar las amenazas de las que nos habla Villoro (Villoro 1998), (la resurrección de conflictos atávicos entre etnias y nacionalidades) puesto que estaría por encima de todos; además, sería dinamo de la fuerza dialoguista. Pero si el diálogo se empantana en una situación conflictual, entonces si tendrá que asumir un papel más activo el Estado, incluso con la posibilidad de hacer uso de la fuerza, si ve que la equidad se diluye al intentar un grupo imponerse sobre otro.

¿Por qué tendría que echar mano al recurso de la violencia?

Si la principal preocupación y ocupación del Estado es, en esta etapa, la de garantizar la igualdad de oportunidades y cooperación entre todas las culturas, grupos, comunidades e individuos que componen el país, como el verdadero signo de la justicia y la equidad, la vulneración de estos dos principios obliga restablecerlos por la vía de la fuerza.

En síntesis apretada, la redefinición de la nación pasa por el zaguán de la reforma del Estado, tarea que invita e involucra a todos los actores políticos y sociales, y no exclusiva de los partidos políticos, puesto que si sólo son los sujetos políticos estructurados los que llevan a cabo esa iniciativa, el mosaico nacional quedaría con muchos vacíos, y se repetiría la historia de negarle un Estado a las muchas nacionalidades existentes.

Si todas las piezas de la nación se ven envuelta en el proceso reconstructivo del Estado, estamos seguros que la política regresará a tomar su sitial, no para estar por encima de la sociedad, sino para ser parte de la urdimbre social y a través de ella, los distintos actores vehiculizan el diálogo, desactivan los conflictos, arman los consensos y coadyuvan en la toma de decisiones en la cosa pública, lo cual revitalizaría y ampliaría el espacio público. Esta tarea está a la orden del día, iniciémosla.



Bibliografía

ANDERSON BENEDICT. Comunidades Imaginadas; F.C.E. México, 1993

DABAS ELINA y DENISE NAJMANOVICH. Redes: el lenguaje de los vínculos; Paidós,

Argentina 1995

GIDDENS ANTHONY. Más allá de la izquierda y la derecha; Cátedra, España, 1996

TOURAINE ALAIN. ¿Podremos vivir juntos?; F.C.E. Argentina, 1997

VILLORO LUIS. Estado plural, pluralidad de culturas; Paidós/UNAM, México, 1998





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