EL LADO OCULTO DE LA PAZ


por Markus Schultze-Kraft
Investigador doctoral de la Universidad de Oxford.
Actualmente reside en Nicaragua.


Son tres los procesos macro que estan interactuando en el escenario centroamericano de los años 90: la democratización, la pacificación y la globalización. Como suele suceder, aquellos procesos alimentan esperanzas y abren ventanas de oportunidad pero también albergan desafíos y peligros para el desarrollo de la región. No obstante las dudas, un balance de los últimos diez años debería resaltar sobre todo el hecho - históricamente inédito - de haber alcanzado paralelamente una situación de paz interna y la instalación de regímenes democráticos de corte liberal en todo el istmo.

Esta observación muy general y hasta banal no deja y no debería dejar de sorprender a los politólogos y sociólogos centroamericanos cómo también del extranjero. Las grandes preguntas aquí son: ¿Cómo se dio el paso del autoritarismo y la guerra a la paz y a la democracia?, ¿por qué se dio este desarrollo? y ¿cuál es su significado?. Es decir, más allá del analísis imprescindible de los datos objetivos o hard facts necesitamos elaborar un marco interpretativo de lo ocurrido en la última década para poder decir algo acerca de la naturaleza del presente: Hay que buscar los lados ocultos de la paz, de la democracia y del mundo globalizado.

Un reciente aporte que apunta en esta dirección es el libro "Del autoritarismo a la paz" (FLACSO-Guatemala, 1998), elaborado por dos destacadas autoridades de la politólogia centroamericana: Edelberto Torres-Rivas y Gabriel Aguilera Peralta. El trabajo contiene dos ensayos que tratan del caso guatemalteco y que se complementan mutuamente. En "Construyendo la paz y la democracia: El fin del poder contrainsurgente en Guatemala", Torres-Rivas presenta un resfrescante analisis del surgimiento y de la posterior evolución de un Estado autoritario y militarista en la sombra de la contrarrevolución al proyecto nacional-popular arbencista (1951-54). Después de un denso recorrido que examina la naturaleza, los objetivos y finalmente la descomposición del poder contrainsurgente por un lado y de la insurgencia armada por el otro, termina el ensayo con unas reflexiones acerca de los procesos de democratización y pacificación que la sociedad guatemalteca vivió a lo largo de la última década. El autor se despide del lector sin haber entrado en detaille a la modalidad que se aplicó en Guatemala para alcanzar una solución contractual al conflicto bélico interno - responsabilidad que asume plenamente Gabriel Aguilera en el segundo trabajo titulado "Realizar un imaginario: La Paz en Guatemala".

Lo atractivo del libro reside indudablemente en su espírito crítico, plasmado sobre todo en el ensayo de Torres-Rivas. Sin perderse en señalamientos polémicos de la naturaleza deshumanizante y criminal del Estado o del poder contrainsurgente que reinó en Guatemala durante tres décadas y sin cerrar los ojos frente a las incoherencias y los errores cometidos por los grupos insurgentes a lo largo de su infructuosa lucha militar contra un regímen ilegítimo y débil, esboza un cuadro de una sociedad violentada y aterrorizada que finalmente logra de extraerse de su propio pasado sangriento. Aquel cuadro, alarmante por cierto, contribuye a establecer el trasfondo necesario para poder avanzar en una interpretación equilibrada y realista del nuevo escenario de paz y democracia en Guatemala. Nos permite penetrar más allá, usando las palabras del autor, de la "Guatemala oficial al país profundo"(93).

Probablemente el aporte más interesante del libro reside en el intento de mostrar cómo los dos lados opuestos en guerra llegaron a solucionar el conflicto armado por la vía política y cómo se podría definir el resultado de esta negociación. Aquí resulta ser de suma importancia la afirmación de Torres-Rivas que el escenario conflictivo en Guatemala nunca tuvo los rasgos de una guerra civil propiamente tal (i.e. existencia de "población liberada" por los insurgentes, mando militar unificado, permanencia de actividades bélicas insurgentes en el tiempo y presencia territorial). Tal perspectiva nos obliga a reexaminar nuestra percepción de la guerra cómo también del proceso de pacificación.

En breve, incluso durante los años 1980-82 cuando se dieron los enfrentamientos armados más agudos entre el Ejército y la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG), el Estado guatemalteco nunca se vio enfrentado con una amenaza real a su existencia. Ello quiere decir que la dinámica pacificadora no se inició principalmente por la existencia de una presión militar ejercida por parte de (ámplios) sectores de la población civil organizada y alzados en armas en contra de un Estado militarizado y represor.

Además, y eso los autores no lo dejan claro, tampoco existía una correlación directa entre el surgimiento del poder contrainsurgente y el nacimiento del proyecto revolucionario de la izquierda armada. En forma muy estilizada se puede decir que los dos proyectos políticos, antagónicos por cierto, se establecieron independientemente uno del otro, cada cual evolucionando según su propia lógica. Aparentemente, lo que en Guatemala en un momento determinado después del fin violento del proyecto arbencista se dio era la construcción del "otro" como enemigo en base de dos proyectos político-ideológicos mutuamente excluyentes que se encontraban bajo la fuerte influencia de factores externos y que no correspondían a las realidades existentes en el país. Claro está que en el curso del enfrentamiento y bajo el creciente accionar criminal y genocida del poder contrainsurgente las realidades nacionales se fueron transformando y Guatemala empezó a hundirse en una espiral de violencia entre hermanos que nunca se aceptaron como tal.

Respecto a la clasificación e interpretación de la paz alcanzada a finales del año 1996 estas consideraciones nos llevan a las siguientes observaciones. Por el hecho de que durante la mayor parte de los 15 años entre 1982 y 1996 no exisistía un escenario de guerra interna propiamente tal, ya que el aparato de violencia estatal no se vio enfrentado con otro aparato militar con poder de respuesta, la paz guatemalteca no se firmó entre contrincantes militares. ¿Por qué, entonces, se firmaron acuerdos de paz para terminar una guerra que ya no existía?

La respuesta a esta pregunta paradójica que ofrecen Torres-Rivas y Aguilera es que la paz en Guatemala representa el fin del poder contrainsurgente. En otras palabras, la terminación del accionar genocida y criminal del Estado militarizado y de sus aliados en la sociedad civil se da por causa de un proceso de paulatina descomposición interna de aquel sistema de poder. En este proceso influyen una variedad de factores, entre los cuales se encuentra también el debilitamiento fatal del proyecto político-militar de la izquierda insurgente. Otros factores son el fin de la Guerra Fría a nivel internacional, la profunda penetración del Ejército y de otras instituciones estatales por actitudes y redes criminales, la disolución de la "santa alianza" entre las cúpulas militares y empresariales y los "efectos contingentes" que se derivan de la transferencia del poder gubernamental a manos civiles en 1986 via elecciones libres y limpias.

Este es el lado oculto de la paz en Guatemala: El fin del poder contrainsurgente - by default. Y aunque los acuerdos de paz hablan en términos muy alentadores de democracia política, del rol del Ejército en una sociedad democrática o de la naturaleza pluricultural y multiétnica de la nación guatemalteca, el "país profundo" sigue exhibiendo rasgos que no dejan de recordar de que los legados históricos pesan mucho y de que la democracia no se construye con las armas, aún cuando estos hayan sido silenciados. Por el otro lado, y esto se pierde en el libro de Torres-Rivas y Aguilera, es menester de destacar otro aspecto. Los acuerdos de paz son también resultado de grandes esfuerzos realizados por parte de individuos, organizaciones y grupos de la sociedad civil que alcanzaron un nivel de protagonismo político que coadyuvó establecer y ratificar la agenda de paz más ambiciosa de Centroamérica. Este es otro lado oculto de la paz y sin duda el que más esperanza da: El surgimiento de una conciencia y una voluntad pacificadora y democratizadora en el seno de la sociedad guatemalteca - en oposición a los viejos masters of war.





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