Novela En Progreso. |
Manuel García mgarcia408@yahoo.es |
Era un viernes cálido de verano, ideal para salir por la noche con los amigos. Alejandro García no tenía planes para esa noche. Usualmente su agenda estaba completa los fines de semana. Era un soltero codiciado. Además de tener unas cualidades físicas muy apreciadas por las señoritas del Club de Campo, era muy inteligente. Con gusto aceptó la invitación del señor presidente del Banco de Comercio.
En cierta medida, Lorena Villanueva no había logrado asimilar la extrema situación de violencia que vivía su país. Iba distraídamente conduciendo su Toyota Corolla año 1980, pensando en sus últimos años de estudios en Barcelona. Había terminado la carrera en Ciencias de la Educación, y Lorena Villanueva había regresado a El Salvador para “revolucionar” la enseñanza de su país. Tenía grandes expectativas, igual que su padre, ella también vivía de ensueños revolucionarios. Su madre, Hortensia Villanueva, obligó a su esposo para que consiguiera una beca de estudios para que su hija saliera al extranjero y no estuviese expuesta a la fatídica guerra civil. Fueron 5 años que ella vivió en Barcelona, años en los cuales, de vez en cuando, escribía a su angustiada madre para contarle de aquel novio catalán, de la sociedad española, de los muchos amigos que había hecho en la ciudad condal. A pesar que fue feliz en Barcelona, su cara radiante llena de optimismo decía que estaba contenta de haber regresado a casa con sus padres y reencontrarse con sus amigas de infancia. A su corta edad tenía toda la vida por delante. Era una mujer hermosa e inteligente. Se podría decir, sin malicia, que de todas las flores que pudo haber dado el jardín, Lorena Villanueva era la más bella. Su belleza no solo consistía en su físico, sino también en su alma. Era una mujer comprometida con el prójimo, y en verdad creía en lo que su padre le había enseñado desde niña. Leía todo lo que su padre le ponía en sus manos, y cuando su padre sostenía reuniones en su casa, ella siempre trataba de estar presente, sin embargo, no se lo permitían, alegando que esas reuniones no eran para niñas. De vez en cuando, su padre aprovechaba una ponencia en el exterior para llevarse a su familia de vacación. Fue así como Lorena Villanueva conoció la Ciudad de México, y hasta pudo visitar Buenos Aires. Su padre era considerado un intelectual muy importante en Latino América quien abogaba por un acuerdo político para resolver “el problema” de las mayorías. Era invitado a exponer sus ideas en diferentes congresos en Latino América y Europa. Admirado en círculos académicos por su agudeza intelectual, no obstante, sus ideas eran tan repulsivas para la oligarquía nacional y la jerarquía militar no podía ni siquiera escucharlas, se estremecían como el diablo se estremece al escuchar el nombre de Dios.
En el Colegio de Santa Gertrudis, Lorena Villanueva hizo pocas amigas, las cuales vivían en el mismo barrio que ella. Por lo general, las chicas del Colegio de Santa Gertrudis eran solamente conocidas de ella. Por eso fue que se sorprendió cuando Isabel Rodríguez le llamó a su casa dos días después de su regreso de Barcelona. Isabel Rodríguez probablemente era la más representativa de los estudiantes del Colegio de Santa Gertrudis. Provenía de una de las familias más adineradas del país, su padre era accionista mayoritario del Banco de Comercio, y una vez había conocido a Alejandro García, en una de esas reuniones de fin de año cuando el patrón se acuerda del empleado, y le hace una fiesta para recordarle que aprecia muchísimo el sacrificio y lealtad hacia su empresa.
Lorena Villanueva le relató los pormenores de su estadía en Barcelona, y le dijo que con gusto aceptaba la invitación al Club de Campo el día siguiente. Estaba muy sorprendida de haber recibido una invitación por parte de Isabel Rodríguez. La conocía, pero nunca la consideró su amiga. Isabel Rodríguez sabía que Lorena Villanueva era hija del revoltoso Roberto Villanueva, quien a menudo aparecía en televisión atacando vilmente el sistema de vida que ella creía tan natural como el aire que respiraban sus pulmones. Sabía que no todo mundo podía respirar el aire que ella respiraba, porque la vida es así, y opacaba cualquier remordimiento de conciencia apoyándose en la teoría de evolución de Charles Darwin que su profesor le enseñaba en la clase. En su casa, estaba acostumbra a escuchar a su padre disertar que la pobreza era una cuestión de opción, que el pobre es pobre porque quiere. Además, ya era mucho lo que ellos hacían por los pobres del país. La familia Rodríguez había fundado escuelas en zonas marginales, y apoyaba el deporte nacional como ningún otro. Una vez le escuchó a su padre decir que si Roma le daba pan y circo a sus ciudadanos, El Salvador les daba una selección nacional de fútbol, que aunque perdiera todo el tiempo, los pobres podían embriagarse hasta las narices y olvidarse de sus penas. Era un país libre dónde el ciudadano se podía gastar todo su salario de un mes en alcohol y no preocuparse por sus hijos. Que necesidad tiene Juan o Pedro de educarse, decía el padre de Isabel Rodríguez, si ellos son felices con su propia ignorancia. Además, estamos entrando en guerra, y es mejor tener a Juan y Pedro listos para defender la patria con un fusil en mano. Así creció Isabel Rodríguez, por eso, ella miraba a todas las chicas quienes no fuesen socias del Club de Campo como el soberano miraba a los hijos de los esclavos. No eran parte de su mundo, y Lorena Villanueva sabía que nunca fue considerada parte del círculo de amigas de Isabel Rodríguez.
Como era de esperar, también Roberto Villanueva estaba sorprendido que su hija hubiese recibido una invitación al Club de Campo por parte de la señorita Rodríguez. Había estado toda la mañana en su oficina, ya hablando por teléfono, ya escribiendo algunas cartas a sus correligionarios. Su oficina, la cual estaba instalada en su propia casa, era muy acogeroda. Tenía una máquina de escribir de la marca Brothers, color negro, sobre un escritorio de madera caoba. Una variada colección de libros, de Economía y Política, estaba expuesta detrás del escritorio, contra la pared, pintada de un color amarrillo claro. Una fotografía, en blanco y negro, estaba colgada al lado izquierdo de la oficina. Era la fotografía de un fotógrafo anónimo, que bien podría haber estado entre las fotografías más importantes del Siglo XX. En el trasfondo, se ve un niño descalzo en una plaza llena de palomas. El niño, sin camisa, y con un pantalón oscuro, tiene un pedazo de pan en la mano, y camina con una mirada triste. A pesar que es de color moreno, el niño se mira pálido y su pelo va adquiriendo un tinte amarrillo. Su cuerpo arrugado por la desnutrición, le da la apariencia de un anciano. Difícilmente el niño podría llegar a los 9 años.