Novela En Progreso.

 
Manuel García
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El problema, según Alejandro García, era que tenía dinero, pero no en líquido, sino en propiedades que él y su esposa no podían deshacerse fácilmente. Se consolaba diciendo que era meramente un problema de caja, y que podría solucionarlo sin vender sus propiedades. Los pocos amigos que le habían quedado decían que Alejandro García tenía suficientes enchufes para colocarse con el gobierno, aunque nunca había pertenecido al partido gobernante, es más, hizo campaña proselitista en contra de Emilio Fuentes. Es verdad que él le dijo a Emilio Fuentes que la campaña no era en contra de su persona, sino en contra del sistema, y que tenía que luchar por sus propias convicciones políticas, y que esperaba que le entendiera, al menos que no lo tomará muy a mal, porque de todas maneras, Emilio Fuentes iba a ganar la Presidencia, según todas las encuestas. Emilio Fuentes, un empresario a quien Alejandro García conocía desde joven, y que él mismo le dio trabajo cuando estaba en la cima del poder, entendía bien el problema de su amigo. A toda vista, Alejandro García no aprovechó su estadía en el poder para no andar mendigando en el umbral de la vejez. Pero comprendía también que Alejandro García tuvo la mala suerte de ser acusado de corrupción y enjuiciado por su propio suegro, quien gobernaba el país en medio de una tormenta que amenaza con derrumbar al mismo gobierno.

El país había entrado en una crisis total. Los grupos guerrilleros tenían de rodilla al gobierno interino encabezado por Roberto Villanueva, a quien el mismo ejército había montado en el poder como última alternativa para apaciguar la furia de las masas que demandaban reformas políticas y económicas. Roberto Villanueva había encabezado marchas pacificas para pedir reformas en el sistema. Varias veces fue encarcelado por el mismo ejército, y estuvo a punto de ser ejecutado por desobediencia civil. Sin embargo, el ejército sabía que asesinar a Roberto Villanueva suponía arrojarle gas al fuego, y era incendiar más al país.

Los grupos guerrilleros tenían control del campo, casi absoluto, y los enfrentamientos eran cada día más sangrientos. Las bajas iban en aumento. El reclutamiento militar forzoso se había implementado en todo el país. El gobierno militar tenía problemas para cubrir las necesidades básicas de la población. Escaseaba la gasolina, el agua, y debido que los grupos guerrilleros dinamitaban la red eléctrica, los apagones eléctricos eran la regla del día. En realidad, estaba el país entrando en una crisis total porque era una guerra civil como nunca se había visto en el país. La fuerza militar de los grupos guerrilleros era abrumadora, y el ejército no podía ni proteger al campesino que quería trabajar las tierras. El país empezaba a experimentar una escasez de alimentos, y como siempre, era la gran mayoría de pobres que sufría las consecuencias, y el ejército sabía que un pueblo con hambre es muy peligroso, y se le tenía que mantener la panza llena mientras lograba aniquilar a los revoltosos guerrilleros. El ejército sabía que era una apuesta difícil de lograr, pero poniendo a Roberto Villanueva como presidente interino mientras hacían “ajustes” para convocar elecciones generales, daba tiempo para perseguir y aniquilar el liderazgo guerrillero. En otras palabras, prolongar la guerra hasta poder vencer al enemigo.

Así fue como Alejandro García llegó al poder. Su suegro, Roberto Villanueva necesitaba alguien de confianza para que fuese su secretario privado. Alejandro García tenía 35 años de edad, y tenía seis años de casado con Lorena Villanueva, única hija de Roberto Villanueva. La conoció por casualidad en el Club de Campo. Alejandro García no era miembro del Club de Campo, pero conocía suficiente gente en el mundo de los negocios quienes eran miembros fundadores, o sea la flor y nata del país. Alejandro García era alto, esbelto, y tenía unos ojos color turquesa, de piel clara y pelo castaño. Había aprendido a comportarse en la gran sociedad, y ese don le había permitido escalar rápidamente en su trabajo como asistente a la Presidencia del Banco de Comercio. Fue ahí donde Alejandro García se hizo de amigos influyentes, quienes movían la economía del país, y dejaban que el ejército administrará la política, o sea el orden social. Era una sociedad que se limitaba a aumentar su capital económico y por nada en el mundo iba a invertir su esfuerzo para cambiar el rumbo del barco. Así lo entendía Alejandro García, y él se limitaba a aprender. Era joven y tenía mucho tiempo por delante para contribuir al cambio político que tanto necesitaba el país.

Alejandro García sabía quien era Roberto Villanueva. Su jefe, Eugenio Gallardón, Presidente del Banco de Comercio, afirmaba que era otro revoltoso como los estudiantes, campesinos y sindicatos que se habían tomados las armas. Sin embargo, Roberto Villanueva era respetado por la alta sociedad, talvez porque era el único que estaba dispuesto a dialogar para hacer las reformas políticas que necesitaba el país. O sea, él era alguien con quien el poder se podía entender. Según Eugenio Gallardón, Roberto Villanueva era un miserable intelectual que una vez estuviese en la silla del poder le iba a dar vergüenza haber marchado por las calles pidiendo justicia. Así son todos estos intelectuales, una vez en el poder, ponerse una camisa del Che Guevara les da pena, sostenía Eugenio Gallardón. Lo sabía bien, porque en sus años de juventud también se había unido a las marchas estudiantiles pidiendo justicia. Pero hoy, especialmente por el poder e influencia que tenía como Presidente del Banco de Comercio, se ruborizaba que una vez pudo haber sido parte de esos revoltosos. Le había tomado mucho cariño y aprecio a Alejandro García, y una vez mientras se preparaba para salir del banco, un viernes por la tarde, le dijo a Alejandro García-quiero que me acompañes al Club de Campo. Hay una persona que quiero que conozca-lo dijo de tal manera que a Alejandro García le pareció que tal vez se tratase de uno de los clientes más importante del banco.

Eugenio Gallardón había arreglado para que la señorita Lorena Villanueva fuese invitada al Club de Campo. Según sabía, los Villanueva no eran miembro del Club de Campo, por una parte porque no podían pagar el alto precio para ser socio, y por otra porque los miembros del club eran las personas a las cuales Roberto Villanueva acusaba por los problemas del país, por la intransigencia de ellos para promover y implementar las reformas políticas que el país necesitaba.

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