Novela En Progreso. |
Manuel García mgarcia408@yahoo.es |
Se encontraba Alejandro García sentado en el sofá revisando lo que había sido de su vida. Se halla solo en casa. Tenía una botella de whisky escocés medio vacía y hace rato que había cargado su revólver 38. Caminaba de un lado a otro, mientras encendía el último cigarrillo de la cajetilla. Sentía que las puertas se le habían cerrado. Sus amigos, quienes lo vieron crecer y llegar hasta la cúpula del poder, hoy se escondían de él. Los acreedores le habían estado fustigando para que pagase sus deudas. Alejandro García no sabía cómo había llegado a estar en tan mala situación económica. Los negocios y los proyectos se le habían venido abajo. Mientras fumaba, unas lágrimas silenciosas se le escapaban de sus ojos. Muchas veces había jugado con la muerte. Se le había escuchado decir que era de mala educación morirse en navidad o fin de año. Se imaginaba su propia esquela fúnebre de la siguiente manera- La Presidencia de la República lamenta el sensible fallecimiento de Alejandro García, ilustre hijo de la patria, padre y amigo... (Q.D.D.G).
Había hipotecado su casa, y tenía deudas pendientes con su propia familia, la cual había llegado ser un banco informal. Le debía a su cuñado, Jaime Suárez, quien criticaba arduamente a su hermana, Margarita Suárez, por haberse casado con un irresponsable quien había tenido la audacia de divorciarse y poner públicamente en vergüenza a la hija del Presidente en plena guerra civil. Había nacido en el barrio más pobre de la ciudad, y nunca conoció a su padre. Su primer recuerdo es cuando su madre, de veinte años de edad, tuvo que llevarlo al orfanato de las monjas Clavelitas, porque Ofelia García no estaba en condiciones financieras para cargar con su único hijo, el cual tenía tres años de edad. Las monjas Clavelitas aceptaron a Alejandro García porque su madre se comprometió a donar parte de su mísero salario de costurera para sufragar los gastos de su educación y manutención.
Mientras inhalaba el último hilo de humo de su cigarrillo, Alejandro García hubo de recordar su último cumpleaños celebrado por su esposa Margarita Suárez, cinco años menor que él, quien invitó a cenar a los pocos amigos con los cuales ellos podían contar. Eran amigos que nunca les habían abandonado, y quienes no les importaba si se ponía la ropa interior a secarse públicamente al sol. En verdad, eran los mejores amigos, pero con pocas influencias políticas y económicas, no podían hacer mucho para ayudar a mejorar la apretada situación financiera de la familia. Margarita Suárez, como de costumbre, quería ponerle la mejor cara a la situación económica.
-El Presidente sabe de tu situación económica y tú eres amigo de él, no creo que vaya a abandonarte-dijo a su esposo con el cual se había casado hace veinte años. Mientras rellanaba su vaso con el resto de la botella del whisky escocés, prosiguió ella-Además el Presidente te regresó tu llamada, aunque sea por dos minutos, y te dijo que no te preocuparas, que hará lo posible para colocarte en algún puesto para que podamos solucionar nuestro problema financiero. No es fácil que el Presidente te dé un puesto de confianza porque su mismo partido jamás lo permitiría. Ni siquiera a podido conseguirle trabajo a la gente que le ayudó en su campaña presidencial-sentenció Margarita Suárez a su esposo, quién había empezado a pensar que las promesas de su amigo Emilio Fuentes durante la campaña presidencial eran solamente promesas. Alejandro García sabía muy bien que en la política se hacen promesas sabiendo bien que nunca se podrían cumplir. Y aunque Emilio Fuentes era amigo, o mejor dicho, conocido, hoy como presidente era otra cosa. Una cosa es hacer campaña para llegar al poder, otra es cuando se está en el poder: Emilio Fuentes sabía muy bien que aunque fuese su amigo, él tenía que regirse por las leyes de su partido clientelista al cual Alejandro García había rechazado una y otra vez porque no estaba de acuerdo con sus doctrinas políticas y económicas. El partido oficialista era de derecha, y había surgido durante la guerra civil que azotó el país. Muchas veces Margarita Suárez le había dicho a su esposo que uno no come de la ideología, y tiene que tragarse el orgullo para alimentar la tripa. Sin embargo, Alejandro García sostenía que iba a morir de pie y no iba a comprometer sus ideales por un puesto de trabajo que él no pudiese conseguir por sus propios méritos.
Alejandro García estaba buscando trabajo. Tenía acreedores en las narices, y tenía que conseguir dinero rápido para sufragar sus deudas monetarias sin tener que despojarse de los pocos inmuebles que había logrado adquirir después de haber descendido súbitamente del poder 20 años atrás cuando el país vivía una de sus guerras más sangrientas. Tenía la casa en la cual vivía él con su esposa, pero la había hipotecado un sin fin de veces, que había estado a punto que se la embargaran de una vez por todas. Sin embargo, su cuñado, Jaime Suárez, le había ayudado a salir del apuro prestándole el dinero para pagarle al banco. Todavía le quedaba la deuda informal con su cuñado, quien había prestado el dinero por su hermana Margarita Suárez, a la cual le reprochaba una y otra vez el que ella se hubiese casado con él. Alejandro García tenía que tragarse el orgullo, y recurrir a su cuñado las veces que fuesen necesarias, pero quería por todos los medios lograr poner en orden a su situación financiera.
Difícil era adivinar que Alejandro García tenía problemas de dinero. Vivía en el barrio más exclusivo de la ciudad, y tenía una casa en la playa, aunque fuese dueña su esposa. No tenían un coche del año, pero era relativamente nuevo, y había podido enviar a sus tres hijos de su primer matrimonio a los mejores colegios del país. Los tres eran ya mayores, graduados y con buenos trabajos, pero no ayudaban a Alejandro García; ni él que les pedía ayuda, por una parte por su orgullo, pero por otra, porque la madre de estos los había alejado de él. Le daba vergüenza hablar de dinero con sus tres hijos, los cuales estaban empezando a crear sus propios nidos, y no quería que arrastraran con su carga.