Adiós a la época contemporánea.

En rigor, todavía no es posible hacer tales confrontaciones globalizantes entre los contenidos ideológicos y culturales significativos de las restantes categorías de periodización y la noción "edad contemporánea". Esto se comprende porque la noción categorial que nos interesa, en tanto enuncia un hito que no posee una demarcación cronológica de cierre, en la práctica de los cometidos historiográficos, es como si no tuviera fondo. Y al ser justamente la última y no estar totalmente decantada, se produce una curiosa paradoja: por un lado, sucede que justamente en esta Era se ha logrado la máxima capacidad de dominio sobre la naturaleza y acerca de la comprensión de los fenómenos del universo, que el hombre ha alcanzado. Y corresponde también, a un hito en que se cuenta con infinitos recursos científicos y tecnológicos para recabar información, que van desde las fuentes bibliográficas tradicionales hasta los documentos, las imágenes, los discursos y los medios propios del mundo virtual y cibernético abierto a partir de los ordenadores. Así, este hito histórico, es también el período en que se dispone de más y mejor información respecto a los eventos que conforman el objeto de estudio de la historia; empero, lamentablemente, en tanto somos actores insertos en el mismo corte que queremos tipificar, como historiadores; no podemos encontrar la ordenación integradora, la comprensión global del marco político, social, espiritual y axiológico a que alude al hito que nos interesa.

Con razón algunos historiadores, entre estos Almagro; estiman que actualmente no sabemos cómo escribir la Historia Universal Contemporánea porque el enfoque racionalista tradicional que se ha estado empleando hasta ahora, no permite abordar adecuadamente el universo axiológico, el substrato espiritual para llegar a una comprensión de nuestro propio período histórico.(4)

Así, aunque se formulen desde el presente, nuevas teorías sobre las causas o consecuencias de uno o más acontecimientos relevantes que quedan insertos en tal o cual hito histórico -salvo el que denota la categoría "edad contemporánea"- nuestro intelecto percibe dicha etapa histórica como irreversiblemente detenida en el pasado. Lo propio acontece si se llegan a descubrir pruebas de la participación de nuevos actores sociales vinculados a una gesta en particular; o si se adquiere algún conocimiento de eventos acaecidos en las anteriores etapas de la marcha histórica; o incluso, si se realizan audaces interpretaciones sobre una consecuencia específica de un hito evolutivo previo a la categoría histórica que nos interesa. Siempre, en todos estos casos, nuestra percepción intelectual incorpora estas adquisiciones cognoscitivas como algo perteneciente a universos ya fenecidos; como algo propio de un pasado irreversible. Y es entonces, a partir de este operación, que internalizamos las nuevas estructuras explicativas.

Dicha característica corresponde a un factum inevitable del análisis histórico, porque la explicitación como expresión cognoscitiva en ciencias sociales y humanas, se hace desde un presente; por ende, en este tipo de discursos se busca el desenvolvimiento histórico y social desde la perspectiva en que está inmerso el investigador. La instancia en que inevitablemente el historiador se lanza al ámbito de los hechos registrados y previamente acotados por él; es pues, el propio marco cultural existente; el aquí y el ahora del autor. Esto es, un punto de partida específico considerado siempre desde dentro del peculiar bagaje cultural predominante y del nivel de desarrollo en que se encuentra el estado de la cuestión que motiva su investigación; aquí quedan incluidas, por cierto, las últimas interpretaciones, los modelos explicativos vigentes y los conceptos categoriales en boga. Únicamente inserto en este marco teórico, el historiador logrará dar el sentido y la coherencia esperada a su relato y podrá traer a presencia lo vivido por otros hombres o por otros pueblos, o mostrar el sufrimiento y el placer de los mismos.

Por otra parte, al historiador le pesan también, tanto el factum de la inconmensurabilidad como el de la finitud; el primero, toda vez que no puede cubrir la universalidad del accionar humano, y por ende, debe limitarse a una selección. La visión de una forma historiográfica omniabarcadora, que dé cuenta de todos los fenómenos en que ha participado el hombre es una ilusión y un imposible lógico; esto, porque no tenemos ni la capacidad necesaria para cubrir tal derrotero, ni contamos con las fuentes documentarias para dar cuenta de los sucesos de muchos estadios de la marcha histórica. E incluso, en el supuesto extra-histórico de que existiera tal acopio de material y se contara con una meganarración que explicitara todo lo acaecido; tampoco estaríamos en condiciones de leerla, conocerla, o internalizarla conscientemente; ni siquiera en varias generaciones; éste es el otro factum, el de la finitud, porque los avatares del ser humano continúan y éste, en tanto es un ser histórico y temporal, no puede pasarse siempre únicamente en la mera contemplación del pretérito, sino también en vivir, en hacer historia en el presente, o acerca de lo presente, pues no es eterno ni puede trascender el tiempo en términos físicos. En este sentido, Karl Jaspers es muy sabio cuando señala que: "La totalidad de la historia, en suma, no se presenta verazmente en una visión ni como realidad ni como sentido."(5) La salida está pues, en la delimitación, en la selección; con ello se mantiene el eterno diálogo del hombre con otros tiempos, y por tanto, consigo mismo. Así, en esta continua tarea de traer una y otra vez nuevas reconstrucciones históricas, se va uniendo el pasado y presente y se hace posible la comprensión de la gesta histórica; empero ello no puede hacerse alejado totalmente de lo real, de lo concreto, y debe contar con conceptos generalizadores. Y entre estos, las categorías de periodificación.

Para alcanzar una mayor eficacia explicativa sobre la realidad social y las formas de vida del pasado, estamos obligados a recurrir a nociones, a categorías de diversa índole metodológica o narrativa; como por ejemplo las nociones categoriales de periodización o las intuiciones generales de tiempo y espacio. "De ahí provienen las desgracias del historiador: el conocimiento histórico es conocimiento de lo concreto, que es devenir e interacción, pero tiene necesidad de conceptos".(6) En este sentido, las categorías de división histórica, o el marco de intuiciones generales como las de tiempo y espacio, nos proporcionan el substrato teórico para poder determinar la sucesión de los eventos en los que ha participado el hombre; "nos permiten descomponer y ordenar la suma de todos los fenómenos".(7)

En historiografía, los conceptos categoriales de "tiempo" y "espacio", han resultado imprescindibles y muy convenientes para servir como ejes teóricos que permitan ir vertebrando los distintos acontecimientos. Sin ellos, prácticamente resultaría imposible la determinación de la circunstancia histórica que precede usualmente a la acción o va junto con ésta. Así, el leit motiv de la historiografía: la reconstrucción histórica, se sustenta operativamente en ellos; también las distintas categorías históricas de periodificación quedan subordinados a los mismos. Justamente estas últimas, descansan a su vez en la línea de ubicación temporal y espacial y coadyuvan para que inmediatamente nuestra inteligibilidad aprehenda los distintos períodos históricos diferentes al que comentamos, como algo fuera del presente, como algo fenecido. Es el factum de la temporalidad, nuevamente, traído a presencia cada vez que nominamos los períodos históricos. Con razón, el trabajo del historiador es considerado una suerte de diálogo con lo temporáneo, una eterna reconstrucción del pasado para ser esclarecido y comprendido en el presente. La narración histórica es pues, la interpretación de las creaciones de los seres humanos frente a un tiempo y un espacio cambiante, entrelazados entre sí por un cúmulo de factores peculiares que determinan cada circunstancia histórica.

 

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